El Eco de tu Primer SÍ

Capítulo 9: La Sombra del Arrepentimiento

La figura que aguardaba en el umbral del faro era un espejo cruel. Vestía la misma chaqueta de lona que Mateo, tenía su misma estatura y la misma mandíbula tensa, pero su mirada carecía de la chispa de esperanza que Mirjana había encendido en él. Era un Mateo estático, un hombre que se había rendido a la soledad del taller, un eco de lo que él habría sido si el cronómetro nunca hubiera llegado a sus manos.

—No puedes entrar —dijo el Doble, y su voz no era un sonido, sino una vibración fría que resonaba directamente en los huesos de Mateo—. Este es el reino de lo que permanece igual. El cambio es ruido. El amor es una avería en el sistema.

Mirjana dio un paso adelante, apretando su cámara contra el pecho. La lente de cristal pareció captar la luz del eclipse, concentrándola en un punto brillante.

—Él no es una avería —desafió ella, su voz firme a pesar del viento que aullaba alrededor de la torre—. Él es el que ha vuelto a poner en marcha el corazón de este pueblo.

El Doble levantó la llave de oro. Al hacerlo, el tiempo alrededor de la entrada del faro se ralentizó tanto que las gotas de lluvia quedaron suspendidas en el aire, como diamantes inmóviles. Mateo sintió que sus propios pies pesaban toneladas. Cada intento de avanzar era una lucha contra una densidad invisible, como si intentara caminar a través de melaza.

—Si pasas esta puerta —advirtió la sombra de Mateo—, dejarás de ser el relojero que lo controla todo. Te convertirás en parte de la historia, y las historias, Mateo, pueden tener finales tristes. ¿Estás dispuesto a perder tu seguridad por un "quizás"?

Mateo miró a Mirjana. Vio en ella no solo a la mujer que amaba, sino la culminación de todas las promesas rotas de sus antepasados que clamaban por ser reparadas. Metió la mano en el mecanismo de la lancha y, con un movimiento brusco, arrancó el cronómetro de plata. Al separarlo del motor de relojería, la lancha soltó un suspiro metálico y empezó a hundirse, pero a Mateo no le importó.

—Prefiero un final triste a una vida que nunca comenzó —rugió Mateo.

En ese momento, el anillo fundido en el cronómetro emitió un pulso de luz cálida. Mateo no atacó al Doble; en lugar de eso, caminó hacia él y le entregó el cronómetro. Fue un acto de rendición absoluta a la verdad. En el momento en que la sombra de Mateo tocó el objeto que contenía el anillo y la lágrima disuelta, empezó a agrietarse.

El Doble no desapareció con violencia; simplemente se deshizo en pétalos de hortensia marchita que el viento se llevó hacia el mar negro. La llave de oro cayó al suelo con un tintineo seco y la parálisis temporal se rompió de golpe.

—¡Mateo, rápido! —gritó Mirjana, señalando hacia lo alto de la torre.

El eclipse era total ahora. El sol era un agujero negro en el cielo y el frío era insoportable. Entraron en el faro y comenzaron a subir la escalera de caracol. Con cada escalón, el tiempo parecía dar saltos. En un peldaño, Mateo se sentía un niño de cinco años de la mano de su abuelo; en el siguiente, sentía el peso de cien años de soledad sobre sus hombros.

Mirjana subía a su lado, pero su figura empezaba a volverse traslúcida de nuevo. Su cámara digital empezó a emitir pitidos de error; la tecnología moderna no podía procesar la presión cronológica de aquel lugar.

—¡No me sueltes, Mirjana! —suplicó Mateo, extendiendo su brazo.

Llegaron a la cámara de la linterna, el punto más alto del faro. Allí, en lugar de una lámpara eléctrica moderna, había una enorme lente de Fresnel que contenía en su centro un espacio vacío, del tamaño exacto del cronómetro de plata. Pero había un problema: la lente estaba cubierta por una capa de escarcha negra, el rastro de la sombra del Arrepentimiento que ya había llegado allí.

Desde las sombras de la torre, la oscuridad que los perseguía empezó a materializarse. No era una mancha de tinta ahora, sino una forma humana encorvada, con el rostro oculto tras un velo de hilos de seda roja.

—Es el final del ciclo —susurró la Sombra—. Ella regresará a su ciudad y tú a tu taller vacío. El "sí" es una palabra que se marchita antes de ser dicha. Entrégame el reloj y os perdonaré la memoria. Podréis olvidar todo este dolor.

Mirjana miró a Mateo. Sus ojos estaban llenos de lágrimas, pero no eran de tristeza, sino de una comprensión profunda.

—Mateo —susurró ella—, el mapa no decía que el nieto escucharía y la nieta vería solo para que nos quedáramos juntos. Decía que estamos aquí para dar testimonio. Para que el sacrificio de ellos no fuera en vano.

Ella tomó la cámara y, en lugar de intentar tomar una foto, giró la pantalla hacia la lente del faro. La imagen de su abuela, que seguía moviéndose en la fotografía borrosa, empezó a emitir una luz propia.

—¡Ahora, Mateo! ¡Coloca el reloj!

Mateo se lanzó hacia el centro de la lente, pero la Sombra del Arrepentimiento se interpuso, rodeando su brazo con hilos de seda roja que empezaron a apretar, quemándole la piel. El dolor era agonizante, como si miles de segundos perdidos le estuvieran cortando la carne.

—¡Dilo! —gritó Mirjana desde el otro lado de la sala, mientras su cuerpo empezaba a desvanecerse en destellos de luz fotográfica—. ¡Mateo, di la palabra que detiene el olvido!

Mateo, con el brazo atrapado y el cronómetro a milímetros del receptáculo, miró a Mirjana, quien parecía estar a punto de convertirse en un recuerdo. En ese momento de agonía pura, Mateo comprendió que no se trataba de reparar un reloj, sino de elegir una verdad.

—¡Sí! —gritó él con todas sus fuerzas, no al vacío, sino a ella—. ¡Sí a todo lo que venga, aunque sea el final!




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