La caída a través del rayo violeta no se sintió como un impacto, sino como el desvanecimiento de un sueño febril. El frío del eclipse y el rugido del viento desaparecieron, sustituidos por un silencio absoluto y el penetrante aroma a madera de sándalo y aceite de lavanda. Mateo abrió los ojos y lo primero que vio no fue la lente del faro, sino un techo de vigas de roble que conocía mejor que su propio rostro.
Estaba tendido en el suelo de su taller en Puerto Esmeralda. Pero no era el taller frío y embargado de hacía unos minutos. La luz que entraba por el ventanal era cálida, de un tono meloso que solo se ve en los atardeceres de verano de los años cincuenta. El aire estaba saturado de un polvillo dorado que danzaba en los rayos de sol, y el sonido... el sonido era una orquesta perfecta. Cientos de relojes latían al unísono, creando un corazón mecánico que hacía vibrar el suelo con una vitalidad asombrosa.
—¿Mirjana? —llamó Mateo, con la voz quebrada.
—Estoy aquí.
Ella estaba a pocos pasos, sentada contra la estantería de las bitácoras. Su ropa moderna —la chaqueta técnica y los jeans— parecía un anacronismo violento en aquel entorno. Mirjana sostenía su cámara con fuerza, mirando a su alrededor con una mezcla de reverencia y terror.
—Mateo, mira la puerta —susurró ella, señalando hacia la entrada.
Mateo se puso en pie y caminó hacia el frente del taller. A través del cristal limpio y sin carteles de embargo, vio la plaza de Puerto Esmeralda. Pero no era la plaza que él conocía. Los coches eran modelos antiguos de líneas curvas y colores pastel; las mujeres paseaban con faldas de vuelo y los hombres llevaban sombreros de paja. El tiempo no se había detenido; simplemente se había desplazado.
—Estamos en el "entonces" —concluyó Mateo, sintiendo un nudo en la garganta—. El faro no nos salvó, nos envió al origen del nudo.
En ese momento, la puerta del taller se abrió. Mateo se tensó, esperando ver a su abuelo, pero quien entró fue una mujer joven que le cortó el aliento. No era la abuela de Mirjana; era una mujer de mediana edad, con una elegancia serena y unos ojos que destilaban una sabiduría triste. Llevaba un sobre amarillento en la mano, el mismo sobre que Mirjana había recibido en Nueva York.
La mujer se detuvo al verlos. No pareció sorprendida por sus ropas extrañas ni por la presencia de dos desconocidos en su taller. Caminó hacia la mesa de trabajo principal, donde el cronómetro de plata —el original, aún sin el anillo fundido— descansaba sobre el terciopelo.
—Habéis cruzado el puente de luz —dijo la mujer, y su voz sonaba como el susurro del mar en una cueva—. Mi nombre es Elena, y soy la que escribió las notas.
Mirjana se levantó, acercándose con cautela.
—¿Tú nos trajiste aquí? ¿Por qué?
Elena dejó el sobre sobre la mesa.
—Porque el tiempo es un reloj que se ha quedado sin cuerda en mi época, y solo el amor de los que vienen después puede darle la fuerza necesaria para volver a marchar. Vuestros abuelos dijeron "no" porque les faltó la valentía de ser vulnerables. Pero vosotros... vosotros habéis dicho "sí" en medio de la oscuridad.
La mujer señaló hacia el fondo del taller, donde una pesada cortina de terciopelo ocultaba una estancia privada.
—Detrás de esa cortina, Esteban está esperando para tomar la decisión que marcará vuestra existencia. Si él firma el contrato de la gran relojería de la capital, nunca irá al acantilado esta tarde. Si no va al acantilado, tu abuela, Mirjana, se marchará en el último tren de la noche y el hilo se cortará para siempre.
Mateo sintió el peso del cronómetro en su bolsillo. Al sacarlo, notó que el anillo fundido en el metal brillaba con una intensidad febril.
—¿Qué quieres que hagamos? —preguntó Mateo.
—No podéis hablar con ellos —advirtió Elena con gravedad—. El contacto directo desharía vuestra propia existencia. Debéis ser el eco. Debéis colocar el objeto adecuado en el momento justo para que el corazón venza al miedo.
De repente, desde detrás de la cortina, se escuchó el sonido de una pluma estilográfica rascando el papel. El sonido era lento, deliberado, cada trazo acercando a Esteban Varga a una vida de éxito profesional y soledad emocional.
Mirjana miró a Mateo. En sus ojos vio la comprensión de la tarea. No estaban allí para ser protagonistas, sino para ser los engranajes invisibles de un milagro.
—El anillo —susurró Mirjana—. Mateo, el anillo tiene que estar en la mesa de Esteban antes de que termine de firmar. Es la única forma de que recuerde lo que realmente importa.
Pero para llegar a la mesa de Esteban, debían cruzar la habitación sin ser vistos, en un momento donde el tiempo mismo parecía estar observándolos con mil ojos de cristal.
Mateo tomó la mano de Mirjana y, juntos, se deslizaron hacia la cortina. El segundero de un gran reloj de pared comenzó a ralentizarse, como si el taller mismo estuviera conteniendo el aliento.
Justo cuando Mateo iba a apartar la tela, un ruido de pasos pesados se escuchó en la calle. Un hombre de negro, con el rostro oculto por un sombrero de ala ancha, se detuvo frente al escaparate y miró fijamente hacia el interior. No era un cliente; era la Sombra del Arrepentimiento, que había logrado seguirlos a través del rayo violeta y no estaba dispuesta a dejar que el pasado fuera reparado.
La Sombra levantó una mano y el cristal del escaparate empezó a cubrirse de una escarcha negra que devoraba la luz del verano.