El frío que emanaba del escaparate era una garra de hielo que intentaba estrangular la calidez del verano de 1956. Mateo sintió cómo el vello de sus brazos se erizaba mientras la escarcha negra, espesa como brea congelada, devoraba la luz del sol. Elena, la misteriosa mujer de las notas, retrocedió hacia las sombras, su figura volviéndose borrosa, como un negativo fotográfico expuesto a demasiada luz.
—El tiempo se defiende, Mateo —susurró Elena antes de desaparecer por completo—. La Sombra no es un enemigo externo; es la duda de Esteban hecha carne. Si él firma ese papel, la oscuridad ganará.
Mirjana tomó la mano de Mateo con una fuerza desesperada.
—No podemos dejar que pase. Si él firma, yo nunca naceré. Tú nunca heredarás este taller. Todo lo que somos se convertirá en humo.
Mateo asintió, su mandíbula apretada. Sacó el cronómetro de plata de su bolsillo. El anillo de oro fundido en el bisel latía con una luz rítmica, un corazón de fuego desafiando al invierno artificial que golpeaba los cristales.
—Tenemos que entrar ahí —dijo Mateo, señalando la cortina de terciopelo—. Pero Elena dijo que no podíamos vernos. Si Esteban nos ve, el choque de realidades destruirá el nudo.
—Usa el sonido, Mateo —sugirió Mirjana, con los ojos brillando por una idea repentina—. Eres un relojero. Conoces la música de este lugar. Si logras que un solo reloj marque el segundo exacto de su corazón, se detendrá.
Mateo comprendió al instante. Se soltó de Mirjana y se acercó a la mesa de trabajo principal. Allí, entre herramientas que él mismo usaría décadas después, encontró un pequeño diapasón de plata y un martillo de precisión. Con la habilidad de quien conoce el alma del metal, Mateo golpeó el diapasón y luego rozó el cristal del cronómetro.
Un sonido puro, una nota cristalina y eterna, vibró por todo el taller. No era solo un ruido; era una frecuencia que parecía ordenar el caos. La escarcha negra en el ventanal se detuvo. Los cientos de relojes en las paredes, que hasta ese momento llevaban ritmos distintos, se sincronizaron en un latido único, potente y ensordecedor.
Tic. Tac. Tic. Tac.
Detrás de la cortina, el rasgueo de la pluma se detuvo. El silencio que siguió fue más pesado que cualquier estruendo. Mateo y Mirjana se deslizaron hacia el borde de la tela, conteniendo la respiración.
A través de una pequeña abertura, vieron a un joven Esteban Varga. Era idéntico a Mateo, pero su rostro estaba marcado por una ambición rígida, una máscara de éxito que ocultaba un vacío profundo. Frente a él, sobre un escritorio de nogal, descansaba el contrato de la capital. Esteban tenía la pluma suspendida sobre la línea de la firma, pero su mano temblaba.
En la esquina del escritorio, oculta entre papeles, estaba la fotografía de la abuela de Mirjana.
—Hazlo ahora —susurró Mirjana.
Mateo deslizó su mano por debajo de la cortina y, con un movimiento preciso, hizo rodar el anillo de oro —que se había desprendido mágicamente del cronómetro al entrar en contacto con la frecuencia del taller— sobre la madera del escritorio.
El anillo rodó con un tintineo musical, cruzando el papel del contrato y deteniéndose justo encima de la fotografía de la mujer del vestido de flores.
Esteban soltó la pluma. Sus ojos se abrieron con una mezcla de horror y maravilla. Al tocar el anillo, un destello de luz dorada inundó la habitación, borrando por un instante la oficina y el taller.
—¿Mirjana? —susurró Esteban, pronunciando el nombre con una devoción que rompió el último rastro de escarcha en el exterior.
El joven relojero se puso en pie, derribando la silla. No miró el contrato. No miró la puerta. Tomó su chaqueta y el anillo, y salió corriendo del despacho hacia la puerta principal del taller, pasando a milímetros de donde Mateo y Mirjana se ocultaban.
Al abrir la puerta, el sol de 1956 regresó con una furia cegadora. La Sombra del Arrepentimiento soltó un alarido mudo y se disolvió en el aire como ceniza al viento. Esteban corría hacia la plaza, hacia el camino que llevaba al acantilado, gritando el nombre que era su destino.
Pero cuando Mateo y Mirjana intentaron seguirlo para ver el final de la historia, el taller empezó a disolverse. Las paredes de madera se convirtieron en hilos de luz violeta y el suelo desapareció bajo sus pies.
—¡Lo logramos! —gritó Mirjana, abrazándose a él mientras caían de nuevo por el túnel del tiempo.
—No lo sé —respondió Mateo, aferrado al cronómetro que ahora estaba vacío, sin anillo y sin lágrima—. El pasado ha cambiado, Mirjana. Y no sabemos qué mundo nos espera al despertar.
Lo último que vieron antes de que la oscuridad los reclamara fue la imagen de Esteban y Mirjana abrazándose en el acantilado, bajo un sol que ya no se ponía, mientras un eco de un "sí" colectivo resonaba a través de los siglos.
¿Despertarán Mateo y Mirjana en un presente donde su amor sea posible, o habrán borrado su propia existencia al salvar la de sus abuelos?