El Eco de tu Primer SÍ

Capítulo 13: Bajo el faro

El aire de Puerto Esmeralda ya no pesaba con la humedad del abandono, sino que vibraba con una frescura renovada, como si el pueblo entero hubiera pasado por un proceso de restauración profunda. Mientras Mateo y Mirjana caminaban hacia la colina del faro, el silencio entre ellos no era de incomodidad, sino de una asombrada reverencia. El suelo bajo sus pies se sentía más firme, y el aroma a salitre y hortensias parecía contar una historia de continuidad, no de pérdida.

Mateo sostenía la llave de bronce en su mano derecha y el cronómetro en la izquierda. Sus dedos no dejaban de rozar la inscripción del bisel. El hecho de que las manecillas estuvieran retrocediendo no le producía el pánico de antes; ahora entendía que el tiempo, para los Varga y los Soler, era un mapa que podía leerse en ambas direcciones.

—¿Sientes eso? —preguntó Mirjana, deteniéndose a mitad del sendero.

—¿El viento? —respondió él, observando cómo el cabello de ella se agitaba con una gracia cinematográfica.

—No. Es como si el aire tuviera memoria. Como si cada paso que damos ya hubiera sido dado por alguien que nos amaba —ella señaló hacia la torre de piedra que se alzaba contra el cielo azul—. En Nueva York, yo buscaba la luz para mis fotos. Aquí, siento que la luz me busca a mí.

Llegaron a la base del faro. En esta realidad, la estructura no mostraba signos de ruina. La piedra estaba limpia de escarcha negra y la puerta de madera de roble lucía un barniz reluciente. Mateo introdujo la llave de bronce en la cerradura. El mecanismo giró con una suavidad aceitosa, un sonido que para los oídos de un relojero era música celestial.

Al entrar, la temperatura descendió ligeramente, pero no era un frío hostil. El interior del faro estaba lleno de estanterías que contenían cientos de pequeños frascos de cristal. Dentro de cada frasco, una diminuta luz blanca pulsaba suavemente, como luciérnagas atrapadas en el tiempo.

—¿Qué es todo esto? —susurró Mirjana, acercándose a una de las baldas.

—Son momentos —respondió una voz desde la penumbra de la escalera.

Mateo se tensó por instinto, pero al ver quién bajaba los peldaños, sintió que el corazón se le ensanchaba. No era una sombra, ni un doble, ni un fantasma. Era una mujer de unos ochenta años, con el cabello blanco recogido en un moño elegante y la misma cámara Leica de Mirjana colgada al cuello.

—Abuela… —el aliento de Mirjana se escapó en un suspiro.

La anciana Mirjana Soler sonrió con una dulzura que parecía contener todos los atardeceres del mundo. Se acercó a su nieta y le tomó el rostro entre sus manos, unas manos que olían a revelador fotográfico y a mar.

—Esteban y yo sabíamos que vendríais hoy —dijo la abuela—. El cronómetro solo empieza a retroceder cuando el heredero está listo para entender que el amor no es un destino, sino el combustible del tiempo. Estos frascos contienen los "síes" que el pueblo ha pronunciado durante décadas. Nosotros los protegemos aquí, en la linterna del mundo.

Mateo dio un paso adelante, mostrando el cronómetro cuyas manecillas seguían girando hacia atrás.

—¿Por qué retrocede el reloj ahora que todo parece estar bien? —preguntó.

La abuela Mirjana miró a Mateo con una chispa de picardía en sus ojos oscuros.

—Porque habéis arreglado el pasado, Mateo, pero el presente todavía es una página en blanco. El reloj retrocede para daros tiempo. Tiempo para que os conozcáis sin la presión de las sombras. Tiempo para que vuestro propio "sí" sea tan puro como el que nosotros nos dimos en el acantilado.

La anciana señaló hacia la parte superior del faro.

—Subid. Esteban os espera arriba. Tiene algo que devolverte, Mateo. Algo que te pertenece desde antes de que nacieras.

Mirjana y Mateo comenzaron el ascenso. Esta vez, los escalones no cambiaban de época; eran sólidos, reales, bañados por la luz que se filtraba por las aspilleras. Al llegar a la cámara de la linterna, encontraron a un Esteban anciano, con las manos manchadas de aceite y una lupa de relojero sujeta a su frente, trabajando sobre una mesa de madera frente al inmenso mar.

Esteban se puso en pie con dificultad, pero su mirada era la de un hombre que ha vivido cada segundo de su vida con propósito. Sin decir palabra, tomó el cronómetro de manos de Mateo y, con una herramienta minúscula, presionó un resorte oculto en la base.

Una pequeña compuerta se abrió y de ella brotó una melodía suave, una caja de música integrada que tocaba la canción que Mateo y Mirjana habían escuchado en el Café de las Horas.

—No es solo un reloj —dijo Esteban, entregándoselo de nuevo—. Es un diario sonoro. Cada vez que os digáis algo importante, el cronómetro lo guardará. Y cuando seáis viejos, como nosotros, podréis abrirlo para recordar por qué valió la pena cada sacrificio.

Mateo sintió la calidez del objeto en su palma. Miró a Mirjana, que observaba el horizonte donde el sol empezaba a descender hacia la hora dorada. La tensión de los días anteriores se había disuelto, dejando paso a una vulnerabilidad nueva y hermosa.

—Mirjana —dijo Mateo, dando un paso hacia ella—. No sé qué pasará mañana, ni si el tiempo volverá a romperse. Pero sé que ahora mismo, en este segundo, no quiero estar en ningún otro lugar.

Mirjana se giró hacia él. El reflejo del sol en sus ojos la hacía parecer una criatura de luz. Ella tomó el cronómetro, cerró la tapa y lo guardó entre sus manos y las de Mateo, entrelazándolas con fuerza.

—Es un buen momento para empezar la cuenta —respondió ella con una sonrisa.




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