El rugido del motor de la embarcación rompió la armonía de la tarde como un tajo en un lienzo de seda. Era una lancha de diseño agresivo, de un blanco tan gélido que hería la vista bajo la luz del atardecer. Mateo sintió cómo la mano de Mirjana se tensaba entre las suyas. El abuelo Esteban, que un segundo antes parecía un hombre en paz, ahora apretaba el borde de su mesa de trabajo con tanta fuerza que sus nudillos se volvieron blancos.
—¿Quién es, abuelo? —preguntó Mateo, sintiendo que el cronómetro en su bolsillo comenzaba a vibrar con una frecuencia baja y alarmante.
—La ambición que nunca duerme —respondió Esteban sin apartar la vista del barco—. En vuestra otra vida, ella era un fondo de inversión. En esta, es parte de la familia. Es Sofía, tu prima, Mateo. Pero su alma sigue perteneciendo a la misma sombra.
Mateo recordó el nombre. En la estructura de su memoria recién reconfigurada, Sofía era la hija de un hermano de su padre que se había marchado a la capital hacía años. Pero el tono de Esteban sugería que los lazos de sangre eran menos fuertes que los de la codicia.
La lancha atracó en el muelle del faro con una precisión arrogante. De ella bajó una mujer joven, de una belleza afilada y gélida, vestida con un traje sastre que gritaba poder y asfalto. Subió las escaleras del faro sin pedir permiso, sus tacones golpeando el metal con el ritmo de una sentencia. Cuando llegó a la cámara de la linterna, su presencia pareció absorber todo el oxígeno del lugar.
—Vaya, la reunión familiar que me perdí —dijo Sofía, su voz era un terciopelo envenenado—. Abuelo, sigues perdiendo el tiempo con tus frascos de luces. Y tú debes de ser Mateo. Y la fotógrafa... Mirjana, ¿verdad?
Mirjana dio un paso al frente, levantando su cámara casi como un escudo.
—¿Qué haces aquí, Sofía?
—Vine a recoger lo que es mío por derecho —respondió ella, caminando hacia el centro de la sala y señalando el cronómetro que Mateo aún sostenía—. El pasado podrá haber cambiado, el taller podrá estar a salvo, pero el contrato de propiedad de esta torre sigue bajo la firma de mi constructora. Los Varga son expertos en arreglar relojes, pero son pésimos leyendo la letra pequeña de los testamentos.
Mateo dio un paso adelante, interponiéndose entre Sofía y su abuelo.
—Este faro no es un activo inmobiliario. Es el corazón de Puerto Esmeralda.
—Para ti es un corazón —rio Sofía con una frialdad que hizo que el cristal de la linterna vibrara—. Para el mundo exterior, es el terreno perfecto para el resort que va a poner a este pueblo en el mapa. Mañana a primera hora, las máquinas empezarán a limpiar la colina. A menos, claro...
—A menos que qué —interrumpió Mirjana, su voz cargada de una extraña autoridad.
Sofía se giró hacia ella, sus ojos escaneándola con desprecio.
—A menos que el "eco" sea tan fuerte como decís. El abuelo dice que este faro guarda la luz de la verdad. Pues bien, mañana hay una gala en el ayuntamiento. Si lográis que el pueblo elija la nostalgia sobre el progreso, me marcharé. Pero si no podéis probar que este lugar tiene un valor que el dinero no pueda comprar, el faro caerá.
Sofía se dio la vuelta y bajó las escaleras con la misma seguridad con la que había llegado. El silencio que dejó atrás era amargo.
—No podemos dejar que lo haga —dijo Mateo, mirando a Esteban—. Abuelo, dinos qué hacer.
El anciano suspiró, volviendo a su asiento. Parecía haber envejecido diez años en un minuto.
—No puedo ayudaros esta vez. La magia de los Varga y los Soler solo funciona si el amor es compartido por los que viven en el ahora. Mirjana, tú eres la lente. Mateo, tú eres el mecanismo. Tenéis una noche para capturar el alma de Puerto Esmeralda.
Mirjana miró su cámara y luego a Mateo. La luz del sol ya casi había desaparecido, dejando paso a una "hora azul" profunda y mágica.
—Mateo, necesito que me lleves a los lugares del mapa. No para buscar puertas en el tiempo, sino para buscar a la gente. Si quiero salvar este lugar, tengo que fotografiar lo que no se puede ver: los sentimientos que dejaron vuestros abuelos en cada rincón.
Esa noche, Puerto Esmeralda se convirtió en su estudio. Mateo la guio por los callejones, el muelle y el viejo café. Mientras ella disparaba su cámara, él le contaba las historias que su abuelo le había susurrado entre engranajes. Ella capturaba el brillo del rocío sobre las redes de pesca, la sombra de un abrazo en un banco vacío, el reflejo de la luna en los ojos de un gato callejero.
En el proceso, la distancia física entre ellos se acortó hasta desaparecer. No eran solo dos personas cumpliendo una misión; eran dos almas fundiéndose en una sola visión del mundo. Cada clic de la cámara de Mirjana parecía un latido del cronómetro de Mateo.
—Mira esto —susurró ella bajo un farol de luz ámbar, mostrándole una imagen en la pantalla de su cámara.
En la foto, Mateo aparecía desenfocado en primer plano, pero detrás de él, las luces del pueblo formaban un corazón de fuego que parecía protegerlo.
—Es la foto más hermosa que me han tomado —dijo él, girándose hacia ella.
Sus rostros estaban a centímetros. El aire olía a mar y a la promesa de un futuro que pendía de un hilo. Mateo tomó la cámara con suavidad y la dejó colgar del cuello de Mirjana. Luego, con una lentitud que desafiaba al tiempo mismo, acarició su mejilla.
—Si perdemos el faro mañana —susurró él—, al menos habré encontrado mi norte contigo.