El eco de los pasos de los hombres de Sofía rebotaba en las paredes de piedra del callejón, un ritmo metálico y hostil que devoraba el silencio de la noche. Mateo y Mirjana corrían con el aliento quemándoles los pulmones, esquivando sombras y redes de pesca amontonadas cerca del puerto. No era una huida ordinaria; era una carrera contra el olvido que intentaba, una vez más, imponer su ley de cemento y cristal.
—¡Por aquí! —jadeó Mateo, tirando de ella hacia un pasadizo tan estrecho que el aire parecía comprimirse.
Llegaron a la puerta trasera del taller de los Varga. Mateo introdujo la llave con manos temblorosas, escuchando cómo la porra extensible de uno de sus perseguidores golpeaba una papelera metálica a pocos metros. Entraron y cerraron el cerrojo justo cuando un cuerpo chocaba contra la madera desde el exterior. El taller, sumido en una penumbra plateada por la luna, se sentía como una fortaleza antigua protegiendo sus secretos.
—No tenemos mucho tiempo —dijo Mirjana, apoyando la espalda contra la puerta, tratando de calmar su pulso—. Si entran, destruirán el microfilme.
Mateo no perdió un segundo. Se dirigió al fondo del local, hacia un artefacto que parecía un híbrido entre un reloj de pared y un proyector de cine mudo. Era el "Cronoproyector", una de las invenciones más extravagantes de su abuelo Esteban.
—Necesito luz —ordenó Mateo, mientras sus dedos expertos abrían la delicada compuerta del cronómetro para extraer el microfilme—. Mirjana, usa el flash de tu cámara, pero no hacia la lente, sino hacia el espejo reflector de arriba.
Él colocó la cinta de microfilme con la precisión de un cirujano. El objeto era tan frágil que un movimiento en falso podría convertir la historia de Puerto Esmeralda en ceniza. Afuera, los golpes en la puerta se volvieron más violentos. Se escuchó el cristal de una ventana superior rompiéndose. Habían entrado por el piso de arriba.
—¡Ahora! —gritó Mateo.
Mirjana disparó un destello continuo de luz con su equipo profesional. El haz de luz golpeó el espejo, rebotó a través de una serie de lentes de aumento y atravesó el microfilme. En la pared blanca del taller, sobre los retratos de los antepasados, empezaron a danzar imágenes de 1956.
Lo que vieron los dejó paralizados. No eran simples fotos de familia. Era un registro visual del faro emitiendo una frecuencia de luz que alejaba una marea negra —una contaminación química masiva de un carguero que nunca llegó a los libros de historia porque el faro la desvió mar adentro—. El video mostraba a todo el pueblo, unido, operando los espejos de la torre para salvar su costa. El faro no era solo un monumento; era el salvador físico de Puerto Esmeralda.
—Es esto... —susurró Mirjana, conmovida—. El valor que Sofía no puede comprar. Es la deuda de vida del pueblo con este lugar.
De repente, la puerta del despacho de Mateo se abrió de golpe. Sofía entró sola, con una tablet en la mano y una sonrisa de desprecio que se desvaneció al ver la proyección en la pared. Sus ojos se fijaron en las imágenes en blanco y negro del desastre evitado.
—Interesante —dijo ella, recuperando la compostura con una rapidez aterradora—. Un bonito cuento de hadas técnico. Pero, ¿quién va a creer en una película vieja proyectada por un relojero desesperado? Mañana, para cuando la gala termine, el terreno estará legalmente despejado.
—Toda la gente del pueblo lo creerá —replicó Mateo, dando un paso al frente—. Porque sus abuelos están en esta película. Porque la gratitud no tiene fecha de caducidad.
Sofía soltó una carcajada seca.
—Para que lo vean, tendríais que proyectarlo en la plaza. Y mis hombres no van a dejar que salgáis de aquí con ese equipo.
En ese momento, el cronómetro en la mesa de trabajo empezó a emitir un sonido que Mateo nunca había oído. Era un repique constante, como si todos los relojes del mundo se hubieran puesto de acuerdo para dar la medianoche al mismo tiempo. La habitación empezó a vibrar.
Mirjana, con una intuición que solo nace del amor verdadero, tomó el cronómetro y lo unió a su cámara mediante el cable de sincronización.
—Mateo, el manual para detener el tiempo... el abuelo decía que el tiempo se detiene cuando dos voluntades se vuelven una sola.
Ella lo miró a los ojos, y Mateo comprendió. No necesitaban sacar el proyector. Necesitaban usar el "eco". Mateo puso sus manos sobre las de ella, rodeando la cámara y el reloj. Un calor intenso nació del contacto, una luz violeta que empezó a emanar de sus dedos entrelazados.
—Sofía —dijo Mateo con una calma sobrenatural—, no vamos a ir a la gala. La gala va a venir a nosotros.
El destello que salió del taller fue tan potente que iluminó todo Puerto Esmeralda, proyectando las imágenes del microfilme directamente sobre las nubes bajas y la neblina del mar, convirtiendo el cielo nocturno en una pantalla gigante que todo el pueblo podía ver desde sus ventanas.
Sofía retrocedió, tapándose los ojos, mientras el sonido de miles de relojes sincronizados inundaba las calles como una marea de justicia.
Pero en medio del resplandor, Mateo sintió que algo tiraba de él. El precio de proyectar la verdad a través de su propio vínculo emocional estaba agotando su energía. Mirjana empezó a palidecer, sus ojos cerrándose por el esfuerzo.
—No te sueltes —le pidió él, sintiendo que sus cuerpos empezaban a volverse, otra vez, parte del flujo temporal—. Aguanta un segundo más... solo un segundo.
Cuando la luz se apagó, el silencio fue absoluto. Sofía había desaparecido del taller, huyendo ante la evidencia que ya nadie podía ignorar. Pero en el suelo, Mateo sostenía a una Mirjana inconsciente. El cronómetro de plata se había vuelto negro, como si se hubiera quemado por dentro.