El Eco de tu Primer SÍ

Capítulo 19: El eco de las vidas cruzadas

El pasillo de terciopelo rojo parecía estirarse más allá de las leyes de la perspectiva, como si cada paso que daban Mateo y Mirjana no los alejara de la realidad, sino que los sumergiera en el núcleo mismo de una verdad olvidada. El aire allí no se movía; era denso, dulce y cargado de una vibración que Mateo sentía en la punta de sus dedos, la misma frecuencia que emitían los relojes más antiguos cuando lograba devolverles el latido. Elena los observaba desde el final del corredor con una serenidad que desafiaba la comprensión humana. Su vestido de gasa no ondeaba con el viento, sino con el flujo de los recuerdos.

—Bebe —dijo Elena, ofreciéndoles las copas de cristal tallado—. No es vino. Es claridad. Para entrar en el Hotel del Tiempo Detenido, el alma debe deshacerse del peso de la cronología.

Mateo miró a Mirjana. Ella asintió, su rostro iluminado por una luz que no provenía de ninguna lámpara, sino de su propio asombro. Bebieron al unísono. El líquido sabía a la primera lluvia de primavera y al calor del sol sobre la piel en una tarde de infancia. Al instante, las paredes del pasillo se disolvieron y se encontraron en el vestíbulo de un hotel que desafiaba cualquier arquitectura conocida.

El techo era un mapa estelar en movimiento, donde las constelaciones giraban al ritmo de una música inaudible. Las columnas eran de mármol translúcido, y a través de ellas se podían ver escenas de ciudades que ya no existían y de otras que aún no habían sido construidas. Era el nexo, la sala de máquinas de la existencia, donde cada habitación guardaba una versión de su historia.

—¿Por qué estamos aquí, Elena? —preguntó Mateo, sintiendo que su voz resonaba en mil ecos distintos—. Ya salvamos el faro. Ya recuperamos el presente.

—Habéis salvado el escenario, Mateo —respondió Elena, caminando hacia una de las puertas de roble con el número 101 grabado en oro—. Pero la obra es mucho más profunda. En Puerto Esmeralda, lograsteis el "sí" de esta vida. Pero para que vuestro amor sea verdaderamente transformador, debéis recoger los fragmentos de los "síes" que se perdieron en el camino. Aquellos que la Sombra del Arrepentimiento logró robaros en otros tiempos.

Elena abrió la puerta 101.

—Entrad. Esta es vuestra primera parada. Londres, 1888.

Al cruzar el umbral, el aroma de la lavanda fue sustituido por el olor a carbón, niebla y caballos. Mateo se encontró vestido con un abrigo largo de lana oscura y un sombrero de copa. En su mano no llevaba el cronómetro de plata, sino un reloj de bolsillo de oro macizo que pesaba como un secreto. Mirjana estaba frente a él, junto a una farola de gas que parpadeaba con una luz amarillenta. Llevaba un vestido de seda verde esmeralda y un velo que ocultaba parcialmente su mirada, pero sus ojos... sus ojos eran los mismos que lo habían cautivado en el café de Puerto Esmeralda.

—Mateo —susurró ella, y en su voz había una urgencia que trascendía los siglos—. El barco sale a medianoche. Si no entregamos el mecanismo ahora, el bloqueo nunca se levantará.

Mateo comprendió de inmediato. En esta vida, él era un ingeniero naval y ella era la hija de un astrónomo que poseía las cartas de navegación prohibidas. Eran fugitivos de un sistema que quería controlar el tiempo para dominar los océanos. El "primer sí" de esa vida dependía de su capacidad para confiar el uno en el otro en medio de una conspiración que amenazaba con separarlos para siempre.

Caminaron por los muelles de un Londres sumergido en la oscuridad. La niebla era tan espesa que parecía tener manos, intentando tirar de sus ropas. Mateo sentía la presión del reloj en su bolsillo; no era solo un cronómetro, era el dispositivo que permitiría a los barcos navegar sin depender de las estrellas fijas, una revolución que el Arrepentimiento —personificado en aquel entonces por un gremio de mercaderes sin rostro— quería destruir.

—¡Allí están! —gritó una voz desde las sombras.

Hombres con capas oscuras emergieron de la bruma. Mirjana tomó el brazo de Mateo.

—No dejes que se lo lleven. Si el mecanismo cae en sus manos, el tiempo será una cárcel.

Mateo no peleó con armas. Usó el reloj. Abrió la tapa y activó una frecuencia que generó una distorsión en la luz de las farolas. Los perseguidores se detuvieron, desorientados por un tiempo que empezaba a correr más lento para ellos que para los amantes. Corrieron hacia la pasarela del barco, pero justo antes de subir, Mateo se detuvo.

—Mirjana, si subimos a este barco, no habrá vuelta atrás. Perderemos nuestros nombres, nuestras familias... todo lo que conocemos.

Ella lo miró bajo la lluvia londinense.

—Ya te dije que mi hogar no es una dirección, Mateo. Es el latido que escucho cuando estoy cerca de ti. Sí, mil veces sí.

En el momento en que pronunció la palabra, el escenario empezó a vibrar. La niebla de Londres se convirtió en humo violeta y regresaron al vestíbulo del hotel. Elena los esperaba con una sonrisa. En la mano de Mirjana, un pequeño fragmento de luz verde esmeralda apareció de la nada.

—Uno recuperado —dijo Elena—. Pero el Arrepentimiento es astuto. No solo roba el futuro, también envenena los recuerdos.

Abrió la siguiente puerta. Esta vez, el calor era sofocante. Estaban en un mercado de especias en una ciudad del desierto, rodeados de telas de colores y el sonido de cítaras. Mateo era un buscador de agua y Mirjana una tejedora de alfombras que guardaba el mapa de los oasis ocultos en sus patrones de hilo.

Vida tras vida, escena tras escena, Mateo y Mirjana recorrieron los laberintos de su propia eternidad. Fueron campesinos en la Francia revolucionaria, astrónomos en la antigua China, incluso dos jóvenes en una colonia espacial mirando hacia una Tierra que ya era un recuerdo. En cada una de esas vidas, el conflicto era el mismo: el miedo a la pérdida, la presión de la sociedad, la duda sobre si el amor era suficiente para desafiar al destino. Y en cada una, el "sí" de Mirjana y la determinación de Mateo lograban arrebatarle un fragmento de luz a la sombra.




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