La tranquilidad que se había instalado en el taller tras la partida de la niña era una sustancia casi tangible, una calma que no era vacío, sino plenitud. Mateo observaba sus herramientas, aquellas que habían pertenecido a su abuelo y que ahora parecían poseer una pátina de luz propia. Cada pinza, cada destornillador y cada lupa no eran solo instrumentos de trabajo; eran extensiones de una voluntad que había aprendido a dialogar con lo invisible.
Mirjana se había sentado en el taburete alto junto a la ventana, revisando las últimas fotografías en la pantalla de su cámara. La luz de la mañana le daba un perfil etéreo, y Mateo no pudo evitar detenerse a admirarla. En esa vida, en ese cuerpo, ella era su mayor misterio y su certeza más absoluta.
—¿En qué piensas? —preguntó ella sin levantar la vista, aunque una sonrisa delataba que sentía su mirada sobre ella.
—En que hemos pasado vidas enteras intentando llegar a este preciso martes por la mañana —respondió Mateo, acercándose—. Y en que, a pesar de recordar tanto, nada se compara con el calor real de tu mano hoy.
Mirjana dejó la cámara sobre la mesa y se giró hacia él.
—Es curioso. Al recordar nuestras otras vidas, siento que este amor no es algo que estamos construyendo, sino algo que estamos redescubriendo. Pero hay algo que me inquieta, Mateo. Elena dijo que el Arrepentimiento es astuto. ¿Crees que Sofía fue solo una manifestación momentánea o que la sombra buscará otra forma de entrar en este presente?
Mateo se apoyó en la mesa, su mirada volviéndose seria.
—El Arrepentimiento se alimenta de lo que dejamos a medias. Ahora que el pasado está en paz, la sombra no tiene de qué agarrarse en Puerto Esmeralda. Pero nosotros... nosotros tenemos un conocimiento que nadie más posee. El riesgo ahora no es que nos quiten el faro, sino que nos olvidemos de vivir la sencillez de este tiempo por estar pendientes de la eternidad.
En ese momento, un sonido rítmico, distinto al de los relojes, empezó a filtrarse desde la plaza. Era el sonido de un violín, una melodía que parecía nacer de la propia niebla que aún se aferraba a los rincones sombríos de las calles. Era una música antigua, cargada de una nostalgia que no pedía perdón, una canción que Mateo reconoció de inmediato, aunque no sabía de cuál de sus vidas provenía.
Salieron a la puerta del taller. El pueblo estaba despertando, pero la gente se detenía, cautivada por la música. En el centro de la plaza, junto a la fuente de piedra, un músico callejero que nadie había visto antes tocaba con una intensidad febril. Era un hombre joven, vestido con ropas que parecían una mezcla de épocas: una chaqueta de terciopelo desgastada, pantalones de lino y botas de cuero que habían caminado mucho más allá de las fronteras de ese siglo.
Mirjana levantó su cámara por instinto, pero se detuvo antes de disparar.
—Ese violín... Mateo, mira la madera. Tiene grabada la rosa de los vientos. La misma que en la bitácora de tu abuelo.
Mateo sintió un tirón en el pecho, una resonancia que hizo que el cronómetro de plata en su bolsillo vibrara suavemente.
—No es un músico cualquiera. Es un mensajero.
Caminaron hacia él. Al acercarse, el violinista abrió los ojos. Eran de un azul tan profundo que parecían contener el océano entero. Al ver a la pareja, dejó de tocar de forma abrupta, pero la música pareció quedar suspendida en el aire, como un eco que se negaba a morir.
—Varga y Soler —dijo el músico, con una voz que sonaba como el crujido de las velas de un barco—. El tiempo ha vuelto a latir en este pueblo, pero la música necesita un nuevo instrumento. El diapasón que usasteis en el faro ha cumplido su función, pero ahora debéis encontrar la "Nota del Olvido".
—¿La Nota del Olvido? —preguntó Mirjana—. ¿No se supone que ya habíamos vencido al olvido?
El músico sonrió con una tristeza que parecía milenaria.
—El olvido no es un enemigo, señorita Soler. A veces es una piedad. Hay cosas en el tejido del tiempo que no deben ser recordadas por todos, o el peso de la historia aplastaría el presente. Vosotros recordáis demasiado. Para que Puerto Esmeralda siga siendo un hogar y no una cárcel de memorias, debéis sellar la brecha que abristeis en el faro.
—¿Cómo? —preguntó Mateo, sintiendo que la paz de la mañana empezaba a desvanecerse.
—Buscad el piano que naufragó —respondió el violinista, guardando su instrumento en un estuche de madera vieja—. Está en la gruta que solo aparece cuando la marea está en su punto más bajo y la luna todavía se ve en el cielo de la mañana. Allí, la música del mar ha guardado la única melodía capaz de equilibrar lo que habéis despertado.
Sin decir más, el hombre se dio la vuelta y empezó a caminar hacia el puerto, desapareciendo entre la bruma con una rapidez que desafiaba la lógica.
Mirjana miró a Mateo.
—El piano que naufragó... Mi abuela me habló de él. Decía que un gran barco mercante se hundió frente a la costa en 1890, y que los pescadores juraban escuchar música saliendo de las cuevas durante las tormentas. Siempre pensé que eran leyendas para turistas.
—En este pueblo, las leyendas son solo noticias con retraso —dijo Mateo, mirando el reloj de la torre de la iglesia—. La marea baja es en dos horas. Y la luna todavía es visible. Tenemos que ir a la Gruta de los Suspiros.
Caminaron hacia los acantilados del sur, una zona donde las rocas eran negras y afiladas, y donde el mar golpeaba con una furia contenida. El descenso fue difícil; la humedad hacía que las piedras fueran resbaladizas y el viento intentaba empujarlos hacia el vacío. Pero Mateo y Mirjana se movían con una coordinación perfecta, sus manos encontrándose en cada apoyo, sus cuerpos confiando el uno en el otro de una forma que solo miles de años de amor podían enseñar.