La mañana siguiente al "desprendimiento" en el acantilado, el aire en el taller de los Varga había adquirido una cualidad cristalina. Ya no era la densidad opresiva del día anterior, sino una transparencia que hacía que cada objeto —desde el engranaje más diminuto hasta la gran lente de inspección— pareciera vibrar con una luz interna. Mateo se levantó sintiendo una extraña agudeza en sus sentidos; era como si sus manos hubieran desarrollado una memoria propia, una sensibilidad que le permitía sentir la tensión de un muelle real incluso antes de tocarlo.
Mirjana ya estaba despierta. La encontró en el pequeño patio interior, observando cómo las gotas de rocío se deslizaban por las hojas de las hortensias. Llevaba su vieja cámara de fuelle, un artefacto que requería paciencia y una comunión casi mística con la luz.
—Mateo, mira el agua —dijo ella, sin apartar la vista del visor.
Él se acercó. En el centro del patio, una fuente de piedra que llevaba décadas seca había empezado a manar un hilo de agua. Pero no era agua común. El líquido tenía una consistencia metálica, casi como mercurio, pero transparente. Al caer en la pila, no producía ondas concéntricas, sino que formaba imágenes geométricas que permanecían suspendidas durante unos segundos antes de disolverse.
—Es el eco del aljibe —murmuró Mateo, arrodillándose junto a la fuente—. La Nota del Olvido limpió el dolor, pero el conocimiento sigue buscando una forma de emerger. Esta agua es memoria líquida.
Sumergió un dedo en la pila. Al instante, una imagen cruzó su mente: no era un recuerdo de Londres ni de la antigua China, sino una visión de Puerto Esmeralda tal como era antes de que se construyera el primer muelle. Vio a los hombres de mar tallando runas en la madera de sus barcas para pedirle permiso al tiempo antes de zarpar.
—Estamos viviendo en un taller de espejos, Mirjana —continuó Mateo, poniéndose en pie—. Cada cosa que hacemos se refleja en el entorno. Si somos felices, el agua canta. Si dudamos, el aire se espesa.
Mirjana disparó el obturador. El sonido del mecanismo fue seco y rotundo en el silencio del patio.
—He capturado la forma del agua justo cuando tocaba tu dedo, Mateo. En la placa no ha salido el agua, ha salido un mapa. Un mapa de corrientes que no están en el mar, sino en esta casa.
Regresaron al interior del taller. El trabajo del día les esperaba, pero ya no era una carga. Mateo recibió a un pescador que traía un cronómetro de bitácora dañado por el salitre. Antiguamente, Mateo habría tardado horas en diagnosticar el problema; hoy, con solo poner su mano sobre la caja de madera, sintió el lugar exacto donde el óxido había trabado el escape. Era como si el objeto le hablara en un lenguaje de vibraciones.
—No es el óxido lo que lo detiene, Manuel —le dijo Mateo al pescador, con una calma que sorprendió al hombre—. Es que este reloj tiene miedo de la tormenta que pasasteis el invierno pasado. Se quedó atrapado en ese segundo de pánico.
El pescador lo miró con los ojos muy abiertos.
—¿Cómo sabe lo de la tormenta? Casi perdemos el barco en la Punta de las Ánimas.
—Los relojes guardan el miedo de sus dueños —explicó Mateo mientras abría la caja con delicadeza—. Solo necesita recordar que el mar ya está en calma.
Mateo no usó aceite esa vez. Simplemente pasó el diapasón de cristal de roca —que ahora guardaba en un estuche de terciopelo— cerca del mecanismo. El sonido puro del cristal pareció "lavar" los engranajes. El cronómetro empezó a latir con una fuerza renovada, un tic-tac alegre que llenó el mostrador. El pescador se marchó santiguándose, dejando una bolsa de monedas y un par de besugos frescos como pago, pero sobre todo, dejando una estela de gratitud que hizo que la fuente del patio manara con más fuerza.
Mientras tanto, Mirjana trabajaba en su estudio. Estaba experimentando con las placas de "memoria líquida". Había descubierto que si revelaba sus fotos usando el agua de la fuente, las imágenes no eran estáticas. Si uno miraba fijamente el retrato de un anciano del pueblo, podía ver cómo sus arrugas se suavizaban por un instante, revelando al joven que fue.
—Mateo, esto es una responsabilidad inmensa —dijo ella, bajando las escaleras al atardecer—. Estamos creando un archivo de la verdad. Si la gente supiera que sus rostros guardan toda su historia de forma tan nítida, tendrían miedo de mirarse al espejo.
—Por eso somos nosotros los que estamos aquí —respondió Mateo, sentándose a su lado en el banco de madera—. Porque nosotros ya hemos visto todas nuestras versiones y hemos decidido amarnos en esta. El miedo desaparece cuando aceptas que eres la suma de todos tus tiempos.
Tomó la pluma de plata. La tinta para el segundo capítulo parecía estar lista, naciendo de la misma nada que alimentaba la fuente. Mateo sintió que la pluma vibraba, pidiéndole que escribiera no sobre ellos, sino sobre la materia de la que estaban hechos.
Escribió con una caligrafía fluida: "La materia no es sólida, es memoria en reposo. En este taller, aprendemos que un reloj roto es solo un recuerdo que ha olvidado cómo avanzar, y que un corazón triste es solo una historia que ha perdido su ritmo".
Al terminar la frase, el agua de la fuente en el patio emitió un destello violeta que se filtró por las rendijas de la puerta. Mateo y Mirjana salieron al patio y vieron que el hilo de agua se había transformado en una pequeña esfera que flotaba sobre la pila. Dentro de la esfera, se reflejaba todo Puerto Esmeralda, pero con una luz dorada, como si estuvieran viendo la versión "curada" del pueblo.