El Eco de tu Primer SÍ

Capítulo 30: El coleccionista de instantes

La renuncia a la omnipotencia trajo consigo una calma de una textura distinta: más terrenal, más cálida, impregnada del aroma del serrín y el té de jazmín que Mirjana preparaba cada mañana. El taller de los Varga ya no era un epicentro de tormentas temporales, sino un hogar donde el tiempo se deslizaba con la suavidad de la seda sobre el cristal. Sin embargo, en un pueblo donde las leyendas respiran bajo los adoquines, la quietud suele ser el preámbulo de una nueva revelación.

Mateo trabajaba en la limpieza de un reloj de cuco de finales del XIX, sumergiendo los diminutos piñones en un baño de bencina, cuando la campanilla de la puerta anunció una visita. No era el tintineo alegre de los vecinos, sino un sonido seco, casi metálico, que hizo que los péndulos de la pared oscilaran levemente fuera de ritmo.

En el umbral apareció un hombre cuya presencia parecía absorber la luz del mediodía. Vestía un abrigo de loden gris a pesar del calor del verano y sostenía un maletín de cuero desgastado que parecía contener el peso de una biblioteca entera. Su rostro era una red de arrugas finas, y sus ojos, tras unas gafas de montura de carey, poseían la fijeza de un búho.

—Señor Varga —dijo el hombre, con una voz que recordaba al crujido de un pergamino seco—. He cruzado tres fronteras y dos décadas para llegar a este mostrador. Mi nombre es Silas, y soy un coleccionista de instantes.

Mateo dejó las pinzas y se secó las manos en el delantal. Mirjana, alertada por la extraña vibración, bajó del estudio con su libreta de bocetos.

—¿Un coleccionista de instantes? —preguntó ella, apoyándose en el mostrador—. En Puerto Esmeralda tenemos muchos recuerdos, pero no solemos venderlos.

Silas esbozó una sonrisa que no llegó a sus ojos.

—No busco recuerdos comunes, señorita Soler. Busco el "Instante Cero". Aquel que ocurrió en este taller antes de que el primer reloj de este pueblo diera su primera campanada. He seguido el rastro de la pluma de plata por toda Europa, y mis cálculos me dicen que el capítulo que están escribiendo ahora requiere una pieza que yo poseo.

El hombre abrió el maletín y extrajo un pequeño objeto envuelto en seda negra. Al desenrollarlo, reveló una ampolla de vidrio soplado que contenía un humo de color ámbar, absolutamente inmóvil. En su interior, flotaba una minúscula viruta de metal que parecía hecha de luz sólida.

—Es el segundero del primer reloj del mundo —afirmó Silas con una gravedad que heló la sangre de Mateo—. Fue forjado en el mismo fuego que la pluma que tienen ahí. Pero le falta su motor. Le falta el cronómetro de plata que ustedes custodian.

Mateo sintió que el reloj de su bolsillo quemaba. Sacó el cronómetro transparente, aquel cuyos engranajes se habían vuelto de cuarzo.

—Este reloj ya no necesita piezas mecánicas, Silas. Se mueve por la voluntad de este pueblo y por la paz que hemos construido.

—Esa es una paz frágil, joven Varga —replicó el coleccionista—. Ustedes han decidido "no editar" la realidad, y eso es noble. Pero la Sombra del Arrepentimiento no se ha disuelto; simplemente se ha fragmentado. Cada pequeña duda de sus vecinos, cada pequeño rencor que decidieron dejar existir, se está acumulando en el "Instante Cero". Si no reintegran este segundero al mecanismo original, la presión de todo lo que han "dejado suceder" terminará por estallar.

Mirjana miró a Mateo. Recordó la imagen de la madre riñendo al niño en la plaza. ¿Acaso esas pequeñas sombras eran más peligrosas que las grandes?

—¿Qué nos pide a cambio? —preguntó Mirjana, desconfiando de la generosidad de un hombre que coleccionaba trozos de tiempo.

—Solo una cosa —dijo Silas—. Quiero estar presente cuando el reloj marque la Hora de la Verdad. Quiero ver, solo una vez, cómo se siente el tiempo cuando no está dividido en pasado y futuro. Quiero un instante de vuestra eternidad.

Mateo tomó la ampolla. Al tocarla, el humo ámbar empezó a girar lentamente. El cronómetro de plata en su mano emitió un sonido que no era un tic-tac, sino un lamento, una llamada hacia su parte perdida. Comprendió que Silas tenía razón: el mecanismo estaba incompleto. Habían reparado el espíritu, pero habían olvidado la raíz física de su conexión.

—Sube al estudio, Mirjana —dijo Mateo—. Prepara la placa de colodión más grande que tengas. Si vamos a abrir el Instante Cero, necesitaremos que alguien lo registre, o se perderá de nuevo en el olvido.

Subieron los tres a la estancia superior. El aire allí arriba estaba saturado de los químicos de revelado de Mirjana, creando un ambiente que parecía una antesala del más allá. Mateo colocó el cronómetro en el centro de la mesa y, con una precisión que desafiaba sus propios nervios, rompió el sello de la ampolla.

El humo ámbar no se dispersó; envolvió el reloj como una enredadera de luz. La viruta de metal saltó por sí sola hacia el interior del mecanismo, encajando en un hueco infinitesimal que Mateo nunca había notado.

De repente, el taller desapareció.

No estaban en Londres, ni en el desierto, ni en el faro. Estaban en un espacio grisáceo y silencioso donde miles de figuras de ceniza permanecían inmóviles. Eran todas las decisiones que los habitantes de Puerto Esmeralda no habían tomado. Los besos no dados, las palabras calladas, los negocios que nunca se cerraron. Era el vertedero de lo que "pudo ser".

—Este es el Instante Cero —susurró Silas, con los ojos llenos de una codicia melancólica—. Aquí es donde se guarda el peso de la humanidad.

En el centro de ese cementerio de posibilidades, una figura empezó a cobrar forma. Tenía el rostro de Esteban, pero también el de Mateo, y el de mil hombres más. Era el Relojero Primordial. En su mano derecha sostenía la pluma de plata, y en la izquierda, un martillo de cristal.




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