La mañana en San Juan despertó con el rugido lejano del viento Zonda, ese aire cálido y seco que baja de los Andes y que en esta región de Argentina siempre parece traer consigo las voces de lo que está por venir. Mateo se encontraba en el taller, observando cómo las cuatro piedras de cuarzo, convertidas ahora en dijes de plata, vibraban sobre el mostrador al compás de las ráfagas que golpeaban los postigos de madera. El ambiente estaba cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de sus brazos se erizara y que los relojes de pared emitieran un brillo tenue, como si el tiempo mismo se estuviera friccionando contra la realidad.
Mirjana bajó del estudio con una expresión de intensa concentración. Traía consigo la cámara Leica y una serie de negativos que acababa de revelar usando el agua del aljibe, la cual seguía conservando la pureza de la "memoria líquida" descubierta días atrás.
—Mateo, el viento no solo mueve el polvo hoy —dijo ella, extendiendo una fotografía sobre la mesa de trabajo—. Mira los árboles en el patio.
En la imagen, las ramas de los algarrobos no estaban simplemente dobladas por la fuerza del aire; estaban tejidas. El viento había entrelazado las hojas de tal manera que formaban patrones geométricos, similares a los engranajes translúcidos del cronómetro de plata o a las rutas trazadas en los mapas mudos que habían dibujado juntos.
—Es un telar —murmuró Mateo, acercándose a la ventana—. El Zonda está intentando escribir en el espacio. Mi abuelo Esteban decía que cuando el viento sopla así en San Juan, es porque el destino está buscando un hilo para coser el mañana con el hoy.
Mateo tomó la pluma de plata y sintió que el metal estaba casi incandescente. Sabía que este capítulo exigía un acto de fe mayor: ya no se trataba solo de observar la herencia, sino de empezar a tejerla activamente. Salió al patio interior, donde el viento soplaba en remolinos, levantando hojas y pétalos de jazmín en una danza frenética.
Mirjana lo siguió, protegiendo su cámara del polvo con el cuerpo. Vio a Mateo colocarse en el centro del patio, sosteniendo la pluma de plata en alto como si fuera un pararrayos para la voluntad del universo.
—¿Qué vas a escribir en el aire, Mateo? —preguntó ella, gritando para hacerse oír por encima del silbido del Zonda.
—No voy a escribir palabras —respondió él, con la mirada fija en el cielo turbio—. Voy a escribir conexiones.
Mateo empezó a mover la pluma con gestos amplios y seguros, trazando líneas invisibles en el aire cálido. A medida que lo hacía, el viento empezó a obedecerle. Los remolinos de hojas se organizaron siguiendo sus movimientos, creando cuatro grandes espirales de luz y sombra que correspondían a cada una de sus futuras hijas.
En el centro de cada espiral, uno de los dijes de cuarzo que Mateo había dejado en el mostrador salió volando por la ventana del taller, atraído por la energía del ritual. Las piedras quedaron suspendidas en el aire, girando a una velocidad vertiginosa, cada una emitiendo su color característico: verde esmeralda, azul cobalto, violeta y ámbar.
Mirjana disparó el obturador una y otra vez, capturando el momento en que el tiempo dejaba de ser una línea para convertirse en un tejido tridimensional. Vio cómo las cuatro luces se entrelazaban con los vientos de San Juan, creando un nudo de luz que se hundió directamente en la tierra del patio, justo debajo del algarrobo más antiguo.
En ese instante, el viento Zonda cesó de golpe. El silencio que siguió fue tan profundo que Mateo pudo escuchar de nuevo el latido de la esfera de metales nobles en la plaza del pueblo.
Caminaron hacia el lugar donde las luces se habían enterrado. Allí, donde antes solo había tierra seca, brotaron cuatro pequeñas vides de cristal, cuyas hojas eran transparentes y cuyos racimos parecían estar hechos de gotas de rocío eterno.
—Son las raíces de su historia —dijo Mirjana, arrodillándose para tocar las plantas milagrosas—. Han pasado de ser visiones en el agua a ser vida en nuestra tierra.
Mateo regresó al taller y abrió el cuaderno de bitácora. Tomó la pluma de plata y, con la mano todavía temblando por la descarga de energía, escribió el cierre del capítulo 36:
"El viento Zonda ha dejado de ser un mensajero de arena para convertirse en el tejedor de nuestra estirpe. En el patio de este taller en San Juan, hemos plantado la eternidad; cuatro vides de cristal que crecerán al ritmo de nuestro amor, asegurando que el tiempo de nuestras hijas esté siempre regado por la luz de la verdad".
Mirjana guardó su cámara y se acercó a Mateo, rodeándolo con un abrazo que sellaba el compromiso con el futuro. Afuera, la esfera en la plaza emitió un tono armonioso, una nota de bienvenida para las almas que, en algún lugar del gran reloj del universo, ya habían empezado a descender hacia su hogar. El taller de los Varga y los Soler volvía a la calma, pero bajo el suelo de San Juan, el tiempo ya estaba creciendo con una fuerza imparable.