Capítulo 1 — La mujer que nunca murió
No durmió. Rinaldi De Luca llevaba años convenciéndose de que había aprendido a vivir con el silencio, con las preguntas sin respuesta, sin rezar, sin soñar y, sobre todo, sin perder el sueño.
Había visto morir a hombres y enterrados secretos más grandes que Nueva York, pero tres palabras pronunciadas a las tres de la madrugada y una voz que conocía mejor que la suya propia lo habían dejado mirando al techo como un maldito novato.
—Hola, Rinaldi…
Conocía aquella voz. Dios sabía que la conocía. La había escuchado reír contra su cuello durante aquellas noches bajo una luna radiante, cuando todavía creía que el mundo podía pertenecerles. La había conocido en Montego Bay, bajo el sol imposible de Jamaica. Allison adoraba aquel mundo de hoteles exclusivos, playas privadas y promesas de un lujo eterno. Él había creído que aquel paraíso sería el comienzo de su vida.
Nunca imaginó que también sería el lugar donde empezaría a perderla.
Rinaldi siempre había tenido un instinto especial para detectar oportunidades, y con firmeza, trabajo duro y dedicación había construido su propio portafolio de clientes hasta hacerse un lugar privilegiado en el mundo de la compraventa de propiedades y la construcción. Su siguiente objetivo había sido conquistar el mercado de Jamaica, y fue allí donde la conoció.
Fue allí donde su vida cambió para siempre.
A las 7:12 de la mañana, Nueva York olía a café quemado y a decisiones equivocadas. La ciudad despertaba como cualquier otro día, indiferente al hecho de que, para él, el mundo acababa de cambiar.
No se había duchado ni afeitado, y todavía sostenía la misma copa de whisky entre los dedos, ya aguada, mientras mantenía la mirada fija en la pantalla del móvil.
Llevaba años ignorando el pasado. Años preguntándose cómo habría sido todo si nunca hubiera dejado Jamaica, si hubiera podido salvarla, si hubiera tomado otras decisiones. Y ahora resultaba que no había nada que salvar. Solo una mujer que había desaparecido de su vida cuando le convenía y que, durante ocho años, había permitido que él creyera que estaba muerta.
Todo aquello que había conseguido mantener enterrado durante tanto tiempo había vuelto a la superficie.
Allison. La mujer a la que había amado más que a nadie y a la que también había llorado como si hubiera muerto. Pero Allison no estaba muerta. Nunca lo había estado, y aquella verdad dolía mucho más que cualquier funeral.
Rinaldi pasó una mano por su rostro cansado mientras el recuerdo de Jamaica regresaba con una claridad insoportable. Ya no sabía qué dolía más: descubrir que Allison había permitido que él creyera que todo había pasado como una historia más o recordar que había sido amante de su mejor amigo y que, tres meses después, ella había acabado precipitándose por un acantilado.
El anillo sin entregar seguía guardado en la caja de terciopelo azul. Y con él, una pregunta que llevaba años quemándole la garganta cada vez que veía a Dante y Rachel junto al pequeño Alexis, formando la familia perfecta que él nunca había conseguido tener.
¿Por qué él sí y yo no?
¿Por qué Dante podía tener una familia mientras él solo podía coleccionar fantasmas?
¿Por qué Dante podía cerrar tratos en Nueva York, volver a casa con los suyos y dejar atrás el trabajo, mientras él se quedaba allí, brindando con recuerdos que se negaban a desaparecer?
La voz del teléfono no le había dado ninguna respuesta. Solo le había devuelto ocho años de golpe.
—Hola, Rinaldi… Ha pasado demasiado tiempo.
Allison Hamilton, aparecía en su vida después de que él hubiera aceptado que perderla había sido su mayor error y, con los años, se hubiera resignado a que jamás tendría lo que Dante tenía.
Ahora sentía el pecho arderle con cosas que ni siquiera sabía cómo nombrar. ¿Era amor por la mujer que nunca había dejado de querer? ¿Era rencor por haberlo dejado creyendo que él había sido el villano, el desgraciado hijo de puta que había destruido aquella historia? ¿O era la esperanza más cabrona de todas, esa que se negaba a morir y le susurraba que quizá todavía no era demasiado tarde para tener una familia propia?
Marcó un número.
No el de ella, sino el de la única persona que podía conocer toda la verdad.
—Dante —dijo cuando descolgaron al tercer tono—. Dime que no lo sabías. —Hubo un silencio. De esos que pesan, de los que confirman algo antes incluso de que llegue la respuesta. —Me llamó.—Rinaldi apretó el teléfono hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—¿Qué?
—Allison. Me llamó hace tres horas. Me dijo «hola», como si no llevara años desaparecida. —dijo Rinaldi cerrando los ojos.
—No estaba muerta —admitió Dante al fin—. Desapareció una vez más la noche en que… la noche en que la verdad salió a la luz. Rachel y yo pensamos que era mejor para todos.
—Rinaldi… yo también la enterré. Me dijeron que había muerto y te conté exactamente lo mismo que yo creía. Nunca supe que seguía viva. Solo estuve con ella tres meses. Tres meses de infierno. Quise terminar aquella historia muchas veces, pero después vino el embarazo y pensé que aquel niño era mío. Cuando me dijeron que había muerto, también la lloré. También me sentí culpable.
Rinaldi se quedó sin aire, más bien esperaba rabia. Esperaba una confesión, una respuesta, cualquier cosa que explicara el vínculo entre Rachel y Allison, pero nunca había imaginado aquello.
Para él, Allison siempre había sido hija única. Nunca había hablado de hermanos, de primos ni de una familia esperándola en algún lugar del mundo. ¿Cómo iba a imaginar que la mujer que había amado había estado tan cerca durante todo ese tiempo? Demasiado cerca. Tanto que había pasado junto a ella sin llegar a verla.
—Entonces los dos fuimos idiotas —murmuró al fin.
—Los dos la quisimos mal —corrigió Dante—. Yo por obligación. Tú… tú de verdad.
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Editado: 08.09.2026