El Eco De Tus Pasos

Capítulo 2— Y ella estaba viva

Capítulo 2 — Y ella estaba viva

La dirección estaba escrita en una servilleta: un apartamento en Hell’s Kitchen, segundo piso, sin ascensor. El edificio no tenía portero, ni mármol, ni un vestíbulo de diseño. Era una construcción modesta de ladrillo visto, con un estrecho recibidor donde el olor a café barato se mezclaba con el detergente de las escaleras.

Nada en aquel lugar encajaba con la mujer que una vez le había hecho creer que vivir por debajo del lujo era una forma de fracaso.

Rinaldi volvió a mirar el papel que llevaba en la mano. Apartamento 28. No iba con ella; Allison Hamilton, la mujer que una vez le había dicho que el infierno debía oler a Chanel N.º 5, vivía ahora en un segundo piso sin ascensor. Y, aun así, allí estaba el nombre de Allison, escrito en una pequeña placa junto al buzón, lo que terminó de confirmar que había llegado al lugar correcto.

Subió los dos pisos hasta detenerse frente a una puerta blanca, recién pintada, con una corona de flores secas que le daba al apartamento un aire acogedor, casi demasiado cuidado para alguien a quien siempre había considerado incapaz de echar raíces en ningún lugar.

Durante unos segundos permaneció frente a ella, observándola como si al otro lado pudiera encontrar todas las respuestas que llevaba ocho años buscando y finalmente levantó la mano y llamó una sola vez; el golpe seco resonó en el silencio del rellano; la puerta comenzó a abrirse.

Y entonces la vio, Allison Hamilton. Ocho años habían pasado, pero aquella mujer seguía entrando en la vida de un hombre como una tormenta.

Llevaba unos sencillos vaqueros y una camiseta blanca que cualquier otra mujer habría convertido en ropa de estar por casa. En ella parecían una elección.

El accidente había dejado una huella casi invisible en una de sus facciones. Tan leve que cualquiera habría dicho que seguía siendo perfecta.

Perio Rinaldi no era cualquiera; él conocía aquel rostro demasiado bien como para no advertirla.

—Rinaldi —dijo ella.

No hubo sorpresa, tampoco miedo, lo miró como si fueran las tres de la madrugada y él acabara de contestar el teléfono.

Rinaldi no respondió; no podía, tenía años atascados en la garganta y un anillo quemándole el bolsillo.

Allison ladeó ligeramente la cabeza mientras estudiaba su rostro, el traje, las ojeras que ni siquiera había intentado ocultar. Después sonrió, pero aquella sonrisa no se parecía a ninguna de las que él recordaba. Había cansancio en ella y algo más que Rinaldi todavía no sabía nombrar.

—¿Vas a quedarte ahí o vas a entrar a pedirme explicaciones? —preguntó—. Porque las dos cosas me parecen bien, pero hace frío en el pasillo.

Rinaldi dio un paso al frente y la puerta se cerró a su espalda. Las apariencias decían que había ido hasta allí para matarla o para besarla y el problema era que él mismo todavía no sabía cuál de las dos cosas quería hacer primero.

El apartamento era pequeño, apenas un salón unido a una cocina abierta. Allison había intentado vestir la modestia con elegancia: un sofá claro cubierto de cojines de terciopelo, una mesa de cristal demasiado delicada para aquel espacio y varias velas perfumadas que parecían luchar por mantener la ilusión de una vida sofisticada.

Todo estaba impecable, como si cada objeto hubiera sido colocado cuidadosamente para impedir que alguien pudiera adivinar cuánto había cambiado su mundo.

Rinaldi volvió la mirada hacia ella.

—¿Por qué ahora?

Tres palabras y esos años reducidos a tres palabras. Allison se apoyó contra la pared y cruzó los brazos, aunque Rinaldi no supo si aquella postura era una defensa o una provocación.

—¿Por qué ahora? —repitió ella, y durante un instante pareció buscar una respuesta que no sonara como otra mentira—. Porque estoy cansada, Rinaldi. Cansada de huir, cansada de ser la mujer que oficialmente murió y, sobre todo, cansada de seguir pagando por cosas que mi querida y estúpida hermanita decidió por mí.

La hermana.

Rachel, la única persona que, a pesar de todo, la había querido incondicionalmente. Y Allison había utilizado aquel amor para destruirlo todo. Rinaldi sintió que la mandíbula se le tensaba.

—Ocho años para cansarte.

Allison dio un paso hacia él y Rinaldi volvió a sentir aquel perfume que habría reconocido entre mil. Chanel N.º 5, recuerdos que no quería tener y la misma sensación de que aquella mujer siempre había sido una de sus peores decisiones… y, quizá, la única de la que todavía no se arrepentía.

Rinaldi hundió las manos en los bolsillos del pantalón del traje, porque no estaba dispuesto a permitir que ella descubriera lo mucho que aquel simple aroma acababa de desarmarlo.

—Ocho años, Allison —dijo con una calma que le costaba mantener—. Y ahora me llamas a las tres de la madrugada porque estás cansada. ¿Cansada de qué? ¿De contar el dinero de quién sabe quién mientras el resto del mundo creía que estabas muerta?

—Me cansé de estar muerta, Rinaldi. —dijo ella sin apartar la mirada. La respuesta salió tan baja que, por primera vez desde que había abierto aquella puerta, él no supo qué decir.

—Me usaste —dijo finalmente, y la palabra le supo a hiel—. Me utilizaste para escapar de todo aquello que ya no te interesaba. ¿Y ahora qué? ¿Quieres que vuelva a fingir que nada ocurrió? ¿Quieres que vuelva a ocupar mi lugar en tu vida? ¿O simplemente has decidido que ya es hora de que vuelva a seguir manteniéndote?

Una sombra de algo parecido a una sonrisa apareció en los labios de Allison antes de que levantara una mano y le rozara la corbata. El gesto fue tan breve que cualquiera habría podido considerarlo accidental, pero Rinaldi sabía perfectamente que no lo era.

Y lo peor de todo fue que no se apartó. Después de todos estos años, seguía siendo demasiado consciente de ella, de su perfume y de la forma en que aquella mujer conseguía desarmarlo con un gesto tan pequeño.




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