Capítulo 3 — Volver sin volver
El vaso de Rinaldi estaba vacío. El de Allison seguía lleno; ni siquiera lo había tocado. Las femmes fatales no beben mientras negocian. Beben cuando ya han ganado.
El problema era que, por primera vez en su vida, Allison no sabía si aquella partida podía ganarla.
Ahora, sentada en el sofá del pequeño apartamento, parecía más decidida y segura que nunca, aunque todavía no podía decirse que hubiera ganado la batalla.
—No me mires así —dijo, cruzando las piernas—, como si fuera un bicho raro.
—Es que lo eres —respondió Rinaldi mientras se pasaba una mano por la cara. Las horas de insomnio se le marcaban bajo los ojos. —Desapareces, después me entero de que te has muerto y, por arte de magia, resucitas. Y lo primero que haces es llamarme para… ¿qué? ¿Para qué te pago tus caprichos o el alquiler?
Allison soltó una risa breve, sin alegría, como la de una muñeca a la que se le escapa el aire.
—Soy propietaria de este apartamento; lo pagué con mis ahorros, sobre todo con las joyas y el dinero que pude sacarle al viejo —dijo, mirando sus manos vacías—. Todavía me quedan algunos anillos de diamantes. Cuando se acaben… no sé, Rinaldi. Supongo que sí te llamaré para que me ayudes.
La mirada de Rinaldi recorrió el salón por segunda vez. Nada parecía barato, pero tampoco caro. Todo estaba elegido con el cuidado de quien había aprendido a disimular las pérdidas. Allison seguía necesitando que el mundo creyera que vivía mejor de lo que realmente vivía.
Rinaldi se levantó y se acercó a la ventana. Hell’s Kitchen, a esa hora de la noche, era feo. Casi tanto como sus proposiciones.
—¿Por qué yo? —dijo volviéndose hacia ella y dando un paso en su dirección.
Era la pregunta que llevaba clavada desde que aquel número desconocido había aparecido en la pantalla de su móvil. De todos los hombres que Allison había conocido en Jamaica, de todos los que seguramente habría conocido después, ¿por qué Rinaldi De Luca?
Ella no respondió enseguida. Bajó la vista hacia la copa intacta que descansaba sobre la mesa y la hizo girar entre los dedos, observando cómo el cristal atrapaba la luz.
—Porque todavía contestas cuando te llamo —susurró.
Él frunció el ceño.
Una sonrisa apenas insinuada cruzó sus labios.
—Antes de que aprendiera que una mujer bonita nunca pasa hambre.
El silencio se hizo pesado.
—Mi padre solía decirme que, con una cara como la mía, jamás tendría que trabajar en un supermercado. Que los hombres harían cola para mantenerme. Yo tendría catorce o quince años… y él lo decía como quien habla del tiempo.
Rinaldi no apartó la mirada.
—¿Y tú le creíste?
—Al principio, no. Después… fue la única idea que me quedó cuando mis padres murieron y acabé en un centro de acogida. —dijo encogiéndose de hombros con una indiferencia demasiado ensayada.
—Allí aprendí algo muy sencillo. Algunas chicas tenían talento. Otras tenían estudios. Yo solo tenía una belleza de cara. Así que convertí mi belleza en seguridad y buena vida. —Le sostuvo la mirada—. Y funcionó.
Rinaldi no respondió.
Desde que había cruzado aquella puerta, no encontró una réplica preparada. Quería creer que aquella era la primera verdad que Allison le había contado en años, pero precisamente por eso desconfiaba. Ella siempre había sabido escoger la parte de la verdad que más daño hacía… o la que más compasión despertaba.
No había orgullo en su voz, pero tampoco vergüenza. Solo una verdad dicha con una tranquilidad inquietante.
—Era entonces una adolescente —continuó ella —. Las muñecas, cuando se rompen, no lloran. Se agrietan. Desde ese día entendí que yo no era una persona. Era un plan de pensiones con piernas.
Allison se levantó despacio y acortó la distancia entre ambos hasta quedar muy cerca. No lo tocó todavía; simplemente dejó que su perfume volviera a envolverlo.
Olía a Chanel y a derrota. A un juego del que ella había sido toda una maestra.
—Y funcionó —dijo con una sonrisa que dolía—. Cuando cumplí los dieciocho años y salí del centro de acogida para menores, fui la mejor. Tuve todo, pero el tiempo parece jugarme una mala pasada. En algo he tenido que fallar.
Rinaldi sostuvo su mirada sin apartarse.
—No sé si acabas de contarme tu historia… —La observó durante unos segundos— o la historia que sabías que necesitaba escuchar.
Ella sonrió apenas, sin responder, y aquel silencio le hizo más daño que cualquier mentira.
—No —dijo finalmente, y la máscara volvió a colocarse en su sitio, fría y perfecta—. No lo soy. Soy la que entra en una habitación y hace que todos los hombres se callen. Soy la que se casó una vez, tuvo varios amantes y no quiso a ninguno. Soy la que vino hasta aquí, hasta ti, para comprobar si todavía podía usarte y no acabar sola…
Rinaldi sintió cómo la mandíbula se le tensaba hasta dolerle. Cerró la mano despacio, clavándose las uñas en la palma para contener un impulso que ni siquiera supo identificar.
Marcharse habría sido lo sensato y quedarse era exactamente el tipo de error que Allison siempre había conseguido que cometiera.
Ella sostuvo su mirada durante unos segundos más y después sonrió con aquella seguridad que siempre había utilizado como escudo.
—Aunque todavía no he decidido si sigues siendo una buena inversión.
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Editado: 08.09.2026