El Eco De Tus Pasos

Capítulo 4 — Nunca fuiste mío

Capítulo 4 — Nunca fuiste mío

Rinaldi no se movió. Las heridas, el rencor y los sentimientos que había intentado mantener enterrados durante todos esos años parecían haberse instalado de golpe en aquel pequeño apartamento.

Las palabras de Allison rebotaban contra la puerta blanca, contra la corona de flores secas y contra el vaso que ella todavía mantenía lleno, intacto sobre la mesa.

Vine para ver si todavía podría usarte para no acabar sola.

Acababa de decírselo sin temblar, sin bajar la cabeza y sin mostrar el menor arrepentimiento.

Rinaldi soltó el aire lentamente. Metió una mano en el bolsillo de la chaqueta y sintió el frío del metal redondo. El anillo seguía allí, pero no lo sacó.

Durante años había conservado aquel anillo dentro de su caja azul, guardada en el cajón de su escritorio. Más de una vez había estado a punto de tirarlo a la basura. Nunca encontró el momento adecuado para hacerlo o, quizá, nunca encontró el valor suficiente.

Dio un paso hacia ella y el suelo de madera crujió bajo sus zapatos. El Chanel N.º 5 se mezclaba con el olor del whisky y, ahora que estaba tan cerca, podía ver su propio reflejo en los ojos de Allison.

—Lo que más me dolió no fue que murieras, porque estás aquí delante de mí y muy viva —dijo, bajando la voz—. Lo que más me dolió fue saber que desapareciste, que te fuiste y que después de aquello no quedó nada.

Allison no respondió. La máscara fría seguía en su rostro, aunque la cicatriz de la ceja parecía haberse marcado un poco más, blanca contra la piel, y aquella pequeña cicatriz le pareció más vulnerable que ella.

—Fuiste amante de Dante durante tres meses…

Allison parpadeó una sola vez. Fue suficiente para que Rinaldi comprendiera que aquel nombre todavía tenía peso.

Ella no retrocedió. Permaneció frente a él sin esconderse detrás de aquella seguridad que tantas veces había utilizado como armadura.

—¿Y qué querías que hiciera, Rinaldi? —preguntó—. Lo tenías todo levantado. Los contratos, las nuevas propiedades, las llaves de media Montego Bay. Estabas en el apogeo, en lo más alto.

Hizo una pausa antes de volver a mirarlo directamente a los ojos.

—Y también lo tenía todo —continuó—. Tu dinero, tus viajes, tus mimos cuando conseguías sacar un rato para mí. Me llevabas a cenar, me comprabas vestidos y me besabas en la frente o en los labios antes de salir corriendo a una reunión. —Se encogió de hombros con un gesto casi imperceptible.

—Pero no te tenía a ti, no al cien por cien. Y yo quería el cien por cien, Rinaldi. Quería cada minuto, cada pensamiento y cada noche. Tú no podías dármelo. No porque no quisieras, sino porque estabas construyendo un imperio, tu imperio, y lo último que necesitabas era tenerme a mí exigiendo más mientras tú cargabas con toda aquella presión.

Esta vez no hubo dedo en el pecho ni rabia. Tampoco apareció aquella arrogancia con la que siempre había escondido sus grietas. Solo quedó una confesión que parecía costarle más de lo que estaba dispuesta a admitir.

—Así que fui a buscarlo en otro —admitió—. Esa atención, ese cien por cien, la tuve con mi ex, incluso con tu gran amigo Dante. Pero ninguno consiguió dármelo de verdad, porque el único que me lo dio, aunque fuera a medias, fuiste tú.

Rinaldi sostuvo su mirada durante unos segundos. Habría querido creerla. Ocho años atrás lo habría hecho sin dudarlo.

Ahora ya no sabía si Allison acababa de abrir una herida que nunca había terminado de cerrar o si simplemente había encontrado la forma más elegante de volver a clavársela.

—Sí. Te usé. A ti, a Dante y a mi exmarido. Porque tenía todo menos lo único que quería. Y ahora no tengo nada, así que he venido a comprobar si todavía queda algo de ti para mí, aunque esté roto, aunque solo pueda tenerlo a medias.

Rinaldi soltó una risa seca, sin una pizca de humor.

—¿Y ahora vuelves? ¿Ahora soy bueno otra vez?

Allison no respondió enseguida; sus dedos buscaron la copa de whisky que descansaba sobre la mesa. La sostuvo entre las manos, pero tampoco llegó a beber.

Y por un instante, Rinaldi tuvo la sensación de que aquella mujer, que había pasado media vida convenciendo al mundo de que nada podía romperla, tampoco sabía qué respuesta darle.




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