El Eco De Tus Pasos

Capítulo 5 — Como si nada hubiera cambiado

Capítulo 5 — Como si nada hubiera cambiado

Tres días más tarde, con Allison convertida en su invitada más incómoda, Rinaldi abrió la puerta de su ático con su propia llave.

Vestía un traje gris, con la corbata ligeramente aflojada alrededor del cuello, y llevaba en una mano varias bolsas del pequeño restaurante japonés de la esquina.

El de ella.

El de siempre.

Sin pensarlo siquiera, había pedido una bandeja de salmón para Allison y otra de atún para él, exactamente igual que cuando vivían juntos, como durante aquellos años en los que llegar a casa significaba encontrarla esperándolo.

Como si el tiempo no hubiera pasado. Como si entre ellos no se hubiera roto nada.

Al cruzar el recibidor, oyó movimiento en el salón y la vio.

Vestía como solía hacerlo cuando vivían juntos, como pareja. El maquillaje era discreto y elegante, resaltando unos rasgos que nunca había conseguido olvidar. Llevaba el cabello suelto sobre los hombros, exactamente igual que cada tarde en la que sabía que él estaba a punto de regresar.

Durante un instante, la escena fue tan familiar que sintió una punzada en el pecho. Por un segundo pudo engañarse y creer que todo seguía igual, que aquella seguía siendo su vida y que los ocho años transcurridos no habían existido.

La misma revista descansaba sobre sus piernas. El mismo perfume flotaba en el aire. La misma mujer estaba allí, esperando a que él cruzara la puerta.

Solo había un detalle que no encajaba.

Antes, al verlo llegar, Allison siempre sonreía.

Ahora, ella no dijo nada. Permaneció sentada en la misma postura, con una revista de Vogue en el regazo, como si simplemente estuviera esperando.

Rinaldi dejó las bolsas sobre la isla de mármol de la cocina.

—Sushi —dijo—. De tu sitio.

Gracias por acordarte. Gracias por venir. Gracias por no preguntarme dónde estuve.

Ninguna de aquellas palabras cruzó sus labios. Allison lo ayudó a sacar los platos, los palillos y la salsa, y poco después ambos se sentaron frente a frente en la larga mesa de seis sillas.

Solo ellos dos.

El silencio parecía otro comensal sentado entre ambos; Rinaldi empujó la salsa hacia ella sin mirarla.

—El despacho está abierto —dijo de repente—. Si te aburres mañana, puedes ir. Hay café, wifi y planos.

Allison levantó la mirada y frunció ligeramente el ceño.

—¿Me dejas?

Él alzó los ojos del plato por primera vez.

¿Me dejas entrar a tu mundo otra vez? ¿O hay algo más?

—No te lo prohíbo —contestó con indiferencia mientras se llevaba un rollo a la boca y masticaba lentamente, como si estuviera pensando cada palabra—. Esta es tu casa mientras quieras estar aquí. Puedes entrar y salir cuando quieras. No eres una prisionera.

Pero tampoco eres mía. Todavía.

—Solo no quiero… gente, ni dramas, ni explicaciones que no pueda creer.

Allison bajó la mirada hacia el plato y comenzó a juguetear con el arroz.

No quiero gente. Quiero decir, no quiero que me mientas otra vez.

Ni dramas. Quiero decir, no quiero llorar frente a ti.

—Yo no sé hacer otra cosa, Rinaldi —dijo finalmente. —No tengo una profesión en la que pueda apoyarme como tú la tienes. No cocino. Se me da bien estar guapa. Se me da bien conseguir que un sitio huela bien. Se me da bien esperarte.

Aquella última frase le golpeó donde menos lo esperaba.

Esperarte.

La palabra quedó suspendida entre los dos, pesada, cargada de recuerdos y a Rinaldi se le apretó la garganta.

Esperarme.

Como antes. Como cuando eran pareja.

Pero él no respondió. Terminó su rollo y dejó los palillos perfectamente paralelos al plato, como siempre. Como si el mundo pudiera acabar si estuvieran torcidos. Después alineó también la servilleta con el borde del plato y se limpió las manos despacio.

Si me voy rápido, dolerá menos. Si me quedo, terminaré diciendo algo que no debo.

Se levantó y empujó la silla hacia atrás. El ruido de las patas contra el suelo hizo que a Allison se le erizara la nuca. Ella no levantó la vista, simplemente continuó mirando el arroz, que ya empezaba a enfriarse.

Dilo. Pregúntame algo. Discute. Grita. Haz algo.

Pero él no lo hizo; caminó hacia las escaleras que conducían a su habitación y, justo antes de empezar a subir, se detuvo. Una de sus manos quedó apoyada sobre la balaustrada, firme, inmóvil.

Un instante después, Allison contuvo la respiración.

Date la vuelta. Dime que te quedas.

Rinaldi cerró la mano alrededor de la balaustrada con más fuerza; Allison lo observó mientras se alejaba sin apartar los ojos de él. No estaba viendo al hombre que subía aquellas escaleras. Estaba buscando al que, años atrás, habría sido incapaz de marcharse sin volver la cabeza.

—Buenas noches —dijo Rinaldi. Su voz sonó controlada, casi vacía.

Allison tardó unos segundos en responder.

—¿Eso es todo?

Rinaldi se giró hacia ella.

—Eso es todo.

Y siguió subiendo los diez escalones que lo separaban de su dormitorio.




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