El Eco De Tus Pasos

Capítulo 6 — Sin manual de instrucciones

Capítulo 6 — Sin manual de instrucciones

El silencio volvió a instalarse en la casa poco después de las ocho. Allison permaneció unos minutos junto al ventanal, con una taza de café entre las manos, observando cómo el coche de Rinaldi desaparecía calle abajo, y solo entonces recordó sus palabras.

El despacho está abierto. Si te aburres mañana, puedes ir.

Si me aburro.

Dejó la taza sobre la mesa y el pequeño golpe contra la madera la hizo sobresaltarse. Aquel lugar era demasiado grande para una sola persona y demasiado silencioso para alguien acostumbrada a llenar cada espacio con su presencia.

Se duchó, se vistió, volvió a desvestirse y terminó cambiándose una vez más. El vestido rojo gritaba demasiado. El blanco tenía algo de viuda que no estaba dispuesta a admitir.

A las 07:40 de la mañana eligió el negro, sencillo y peligroso.

A las 10:17 empujó la puerta de cristal del edificio donde Rinaldi tenía sus oficinas. Todo parecía más grande allí dentro: más gente, más ruido, más movimiento. Sin embargo, seguía siendo el mismo edificio desde el que él había empezado a construir su imperio. Solo que ahora parecía pertenecerle por completo.

Rinaldi había crecido y ella no pudo evitar preguntarse cuánto de aquel hombre había dejado de conocer mientras perseguía una vida que, durante tantos años, había creído mejor.

El despacho de Rinaldi olía como siempre: cuero, café de máquina y ese aroma indefinible de un hombre que apenas dormía.

Él ni siquiera levantó la vista cuando entró.

—El café está en la barra. Si necesitas algo, díselo a Marlene.

Marlene.

La asistente personal de Rinaldi. Su brazo derecho. Delgada, siempre subida a unos tacones impecables, con una carpeta bajo el brazo y aquella expresión que parecía decir que allí dentro las cosas se hacían como ella decidía.

La miró de arriba abajo y después esbozó una pequeña sonrisa.

—Buenos días, señora Hamilton. ¿Café?

Señora Hamilton.

Como si fuera una visita. Estaba claro que su belleza no funcionaba allí, y aquella era una sensación completamente nueva para Allison.

Se sentó en una de las dos sillas libres frente al escritorio de Rinaldi y cruzó las piernas, dejando que el silencio se instalara entre ambos. Mientras tanto, Rinaldi firmó dos documentos sin prestarles demasiada atención.

Con el humor tampoco parecía tener demasiado que ofrecer.

—¿Así es como se trata a las visitas? —preguntó ella al cabo de unos minutos—. ¿Firmando papeles y fingiendo que no estoy aquí?

—Estoy trabajando, Allison.

Y con aquella respuesta comprendió que la nostalgia también podía equivocarse. Se levantó y caminó hasta una de las grandes ventanas, quedándose de espaldas a él.

—Antes tenías una oficina más pequeña. ¿Te acuerdas?

Rinaldi levantó la mirada del documento que estaba revisando y la sostuvo durante un instante.

—Me acuerdo. Han cambiado muchas cosas desde entonces, Allison, y tengo una junta a las once.

Allison cerró los ojos durante un instante. Nunca había necesitado improvisar con un hombre. Siempre había sabido qué decir, cuándo sonreír y cómo conseguir que alguien quisiera seguir mirándola. Pero allí no conocía a nadie, no tenía a quién sonreírle ni con quién intercambiar un comentario sobre la gente que entraba y salía de aquellas oficinas.

Antes entraba en cualquier lugar y se convertía en el centro de atención. Ahora era simplemente la mujer que había venido con Rinaldi… Así que hizo lo único que le quedaba.

Merodear.

Salió del despacho con aparente tranquilidad y recorrió el largo pasillo, rodeada de hombres con corbatas, arquitectos inclinados sobre planos y empleados que caminaban con la prisa de quienes tenían algo que hacer.

Ella avanzó sobre sus tacones con aquel vestido negro, sencillo y peligroso. Y su belleza seguía teniendo algún efecto.

Un arquitecto giró la cabeza al verla y estuvo a punto de tropezar con una silla. Otro levantó la vista de sus planos durante unos segundos más de lo necesario. Incluso la secretaria de recepción siguió sus pasos con la mirada.

No era poder, pero era algo.

Cuarenta y cinco minutos después regresó al despacho y encontró a Rinaldi de nuevo frente a su escritorio. Y entonces hizo lo único que no había planeado hacer.

Improvisó. Caminó hasta él, apoyó ambas manos sobre la madera y se inclinó ligeramente.

—Basta.

Rinaldi levantó por fin la mirada.

—Dime entonces cómo se hace ahora —dijo ella. Su voz salió más baja de lo que había pretendido. —Porque todos mis viejos trucos han dejado de funcionar contigo. Si vas a dejarme entrar en tu vida, al menos deja de tratarme como si fuera un cuadro colgado en la pared.

El reloj marcaba las 12:32 cuando Rinaldi dejó la pluma sobre el escritorio y la estudió durante unos segundos.

—¿Y si no quiero tenerte de verdad?

—Entonces no entiendo por qué me dijiste que viniera. —respondió Allison sosteniéndole su mirada

Rinaldi señaló la silla que tenía delante.

—Siéntate. Marlene te explicará lo de los proveedores de Santa Fe. Son los del mármol, el vidrio y los acabados. Siempre se retrasan. Si vas a estar por aquí, será mejor que aprendas algo.

Allison frunció el ceño.

—¿Me estás ofreciendo un puesto de trabajo aquí?

Rinaldi se encogió de hombros.

—Te dije que la oficina estaba abierta. Nunca dije para qué.

Allison volvió a sentarse y, por primera vez en varios meses, sonrió de verdad. No sabía qué iba a ocurrir después. Y eso, tratándose de Rinaldi, era algo completamente nuevo.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.