Capítulo 7— Lo que nunca vi
La oficina tenía vida propia. No necesitaba a Rinaldi para seguir funcionando.
Las puertas se abrían y se cerraban sin descanso. Sonaban teléfonos. Alguien discutía en inglés sobre unos plazos imposibles mientras, al otro lado del pasillo, dos arquitectos inclinaban la cabeza sobre un plano que ocupaba media mesa.
Allison caminó despacio, sin que nadie pareciera prestarle demasiada atención, lo cual resultaba extraño.
Durante años había entrado en hoteles, restaurantes y fiestas, convencida de que todas las miradas terminarían por encontrarla.
Pero allí no. Allí cada persona parecía demasiado ocupada construyendo algo más importante que admirar a una mujer hermosa.
Se detuvo frente a una enorme maqueta de cristal. Varias torres de acero y vidrio se levantaban sobre una ciudad en miniatura.
—Singapur... —murmuró para sí.
—No. Dubái. —La voz masculina sonó a su espalda.
Allison se giró; no era Rinaldi, era uno de los arquitectos que había visto aquella mañana.
—El señor De Luca cambió el proyecto hace tres meses. Dijo que el anterior era demasiado bonito... pero no lo bastante inteligente.
—Siempre ve cosas que los demás tardamos semanas en descubrir—respondió el hombre, sonriendo con admiración.
Allison volvió la vista hacia la maqueta. Por primera vez en mucho tiempo, sintió una curiosidad que no tenía nada que ver con el dinero, el lujo o los hombres.
Quería entender cómo aquel hombre había levantado un imperio... mientras ella solo veía a alguien que llegaba tarde a cenar.
El arquitecto se despidió con una inclinación de cabeza y se fue. Dejándola sola frenética a la maqueta.
Allison pasó la mano por el vidrio. Frío, Santa Fe. Dubái. No le importaba el nombre. Importaba que él hubiera construido parte de aquel proyecto. Incluso quizás pieza a pieza.
Y ella nunca preguntó cómo, detrás de ella, la puerta del despacho se abrió, pasos seguros, conocidos. Rinaldi no dijo nada. Solo se detuvo a su lado, mirando la misma maqueta.
Dos personas. Un imperio de vidrio entre ellos. Y un silencio que pesaba más que cualquier discusión.
—¿Te aburres? —preguntó él por fin, sin volverse.
—No —Allison tragó saliva antes de continuar—. Estoy aprendiendo.
Rinaldi dejó de escribir y ladeó ligeramente la cabeza.
—¿Y qué has aprendido?
Allison observó a través del cristal la ciudad que se extendía frente a ella.
—Que me perdí mucho.
Durante unos segundos, Rinaldi no dijo nada. Metió las manos en los bolsillos de su traje y la observó como si intentara decidir qué había querido decir realmente con aquello.
—La junta terminará en treinta minutos —dijo finalmente. —Si quieres esperar, puedes hacerlo. Si prefieres marcharte, Marlene te pedirá un taxi.
Allison volvió la mirada hacia él.
—¿Y si me quedo?
Rinaldi sostuvo sus ojos durante un instante.
—Entonces tendrás que aprender a esperar.
Y se marchó, dejándola allí, frente a una ciudad de cristal y con una invitación disfrazada de trabajo.
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Editado: 08.09.2026