El Eco De Tus Pasos

Capítulo 8— El hombre que todos conocían

Capítulo 8— El hombre que todos conocían

Allison descubrió que el despacho de Rinaldi nunca permanecía vacío más de cinco minutos. Siempre entraba alguien. Un arquitecto con unos planos bajo el brazo. Una abogada con un contrato pendiente. Un jefe de obra que llama desde otro continente.

Todos parecían necesitar algo de él. Y, sin embargo, ninguno salía con la sensación de haber sido despachado. Rinaldi siempre encontraba un minuto para escuchar antes de decidir.

Las oficinas no se detenían.

Gente entraba con carpetas, con caras de urgencia, con problemas que parecían del tamaño de la ciudad. Y salían 5 minutos después con una respuesta. Sin gritos, sin excusas.

Rinaldi estaba de pie frente al ventanal, el teléfono pegado al oído y un plano abierto en la mesa de cristal.

—El cliente dice que el vidrio se ve azul. —dijo la voz al otro lado.

—No es azul —contestó él, sin alzar la voz—. Es el reflejo de las 6 de la tarde. Vayan a la obra a esa hora. Si sigue sin gustarles, lo cambiamos. Yo cubro el costo y, sin más explicación, colgó.

Un arquitecto joven se acercó. Traía los planos temblándole.

—Señor…el retraso de Santa Fe es por el proveedor. Llegó mal el material.

Rinaldi lo miro, dos segundos/

—¿Fue tu culpa?

—No, señor.

—Entonces no te tortures —firmó el plano—. Solucionado. Dime cuánto cuestan las horas extras. Yo las pago. No quiero a mi gente viendo el reloj cuando hay un problema.

Allison seguía en la puerta. Pegada al marco como si respirar fuerte fuera a delatarla.

Rinaldo marcó otro número.

—Rodolfo, sé que no pudiste entregarla; a veces pasa. Mándame a tu mejor gente mañana a las 7. Horas extra pegadas por mí.

Hubo una pausa.

—¿Y Mateo? Qué bueno que ya está mejor. Dile que el tío Rinaldi le debe una visita.

Colgó y se frotó la nuca. Por primera vez Allison le vio las ojeras reales. No de desvelo de fiesta, sino de desvelo de empresa y reuniones.

Marlene apareció con la agenda.

—Señor, cancelo el almuerzo con el perito de Dubái. Hubo un problema en la zona de obras.

—Hazlo —dijo él. —Y pide pizza para todos hoy. Nadie se va a ir con hambre.

—Sí, señor.

Marlene se giró y entonces la vio; sostuvo la mirada de Allison durante unos segundos, acompañándola con una breve sonrisa.

Allison no pudo más.

—¿Siempre es así? —preguntó en voz baja.

Marlene cerró la agenda con toda tranquilidad.

—No.

Allison arqueó una ceja.

—¿No?

—Cuando consigue dormir seis horas seguidas, suele estar de mejor humor.—Y volvió a su mesa como si acabara de decir algo completamente normal; a Allison se le fue el aire.

Ocho años atrás le reclamó que nunca tenía tiempo. Y resultó que sí tenía; lo tenía para defender a un empleado y pagar horas extras. Para preguntar por el hijo de un trabajador, y hasta para pedir pizza… Solo que no lo tenía para ella.

Durante la relación había creído que el trabajo era la mujer con la que Rinaldi la engañaba cada día. Ahora empezaba a sospechar que nunca hubo otra mujer. Solo un hombre incapaz de dejar caer sobre otros el peso de sus propias responsabilidades.

La puerta del despacho se abrió y Rinaldi salió con traje impecable y ojeras imperfectas. La vio, pero no se sorprendió ni preguntó qué hacía ahí, solo metió las manos en los bolsillos de su pantalón y dijo:

—La junta terminó. ¿Te llevo a casa o esperas a que Marlene pida un taxi? —Y sin más caminó hacia el ascensor. Sin volverse.

Dejándole la decisión. El poder. Dejándole la duda de si eso había sido una invitación…o una despedida.

Allison se quedó sola. Frente a una oficina llena. Frente a un hombre que no conocía.




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