Capítulo 9— Empezar a ver
Las puertas del ascensor comenzaron a cerrarse. Allison dio un paso al frente antes de que terminaran de juntarse.
—Espera.
Rinaldi pulsó el botón con la palma de la mano. Las puertas volvieron a abrirse. No dijo nada y ella tampoco cuando entró. El ascensor descendió envuelto en un silencio incómodo; el reflejo de ambos en el acero pulido parecía el de dos desconocidos obligados a compartir unos pocos metros cuadrados.
Allison mantuvo la vista al frente; por primera vez, aquella idea dejó de parecerle tan sencilla. Las puertas del ascensor se cerraron, quedando solos, y el ascensor comenzó a descender. Cuarenta plantas y ni una sola palabra; el silencio era denso, pesado, casi tanto como el tráfico de la Quinta Avenida a esa hora de la tarde.
Allison observó el reflejo de ambos en el acero pulido de las puertas. Rinaldi seguía impecable. El traje sin una arruga, las ojeras, en cambio, eran completamente reales. Las manos descansaban en los bolsillos del pantalón.
Por primera vez no se fijó en cómo iba vestido. Se fijó en lo cansado que parecía y ella en vestido negro, sencillo y peligroso. Y una cabeza demasiado llena de preguntas para encontrar una sola respuesta. Y aquella idea dejó de parecerle tan sencilla.
Siempre pensé que el trabajo me había robado a ti.
Quizá no era el trabajo, quizá eras tú intentando sostener un mundo demasiado grande para una sola persona.
El pitido del coche rompió el silencio. Un Bentley negro respondió con un destello de luces. Rinaldi abrió la puerta del copiloto sin decir una sola palabra y ella se subió.
El trayecto hacia Uptown transcurrió en silencio; Nueva York corría al otro lado de la ventanilla. Bicicletas, semáforos, luces, vida… Pero dentro del coche... Nada.
El semáforo cambió a rojo cuando Allison giró apenas la cabeza hacia él.
—No eres el hombre que yo recordaba.
Rinaldi mantuvo la mirada en la carretera durante unos segundos antes de responder.
—Han pasado ocho años, Allison. Sería extraño que siguiera siendo el mismo.
Ella bajó la mirada hacia sus manos.
—El problema es que yo pensaba que te conocía.
Rinaldi no respondió enseguida.
—Ese fue nuestro problema —dijo finalmente—. Que los dos creíamos conocer al otro.
—El problema nunca fuiste tú —dijo ella en voz baja. —Era yo. Asumí que si no estabas conmigo... no estabas en ningún sitio.
Rinaldi no respondió de inmediato. El semáforo cambió a verde; el Bentley volvió a ponerse en marcha.
—También debería haber estado más contigo.
Llegaron al dúplex, alto y silencioso, con los enormes ventanales abiertos sobre una ciudad que nunca dormía. Nueva York seguía brillando bajo ellos, indiferente a todo lo que acababa de cambiar entre aquellas cuatro paredes.
Allison cerró la puerta tras de sí, quedándose quieta durante unos segundos, con la mano todavía apoyada sobre el pomo.
Hubo un tiempo en que lo culpaba por las ausencias, por las noches de trabajo, por las llamadas que interrumpían sus cenas y por todas aquellas veces en las que había sentido que existía algo más importante que ella.
Y ahora empezaba a comprender que quizá había estado mirando al hombre equivocado, no al hombre que la había abandonado.
Al hombre que había estado allí todo el tiempo, intentando sostener un mundo que ella nunca se molestó en conocer.
Levantó la mirada hacia Rinaldi.
Él ya se había quitado la chaqueta y aflojaba lentamente el nudo de la corbata, agotado, ajeno al terremoto que acababa de provocar en ella sin haber dicho una sola palabra.
Y entonces Allison lo entendió. El problema no era que Rinaldi hubiera cambiado, era que, después de estos años, ella acababa de empezar a verlo.
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Editado: 08.09.2026