El Eco De Tus Pasos

Capítulo 10 — Lo que no esperaba

Capítulo 10 — Lo que no esperaba

Aquella noche ninguno de los dos durmió especialmente bien. La casa permaneció en silencio durante horas y solo el rumor lejano del tráfico de Manhattan recordaba que, al otro lado de los ventanales, la ciudad seguía girando.

Rinaldi salió de su habitación poco antes de las siete y encontró una taza de café sobre la encimera. Todavía humeaba.

Frunció ligeramente el ceño. Allison nunca se levantaba tan temprano. Miró hacia el salón y después hacia la cocina, pero no estaba allí.

La encontró en la terraza; llevaba la bata puesta, el cabello recogido sin demasiado cuidado y un cuaderno apoyado sobre el regazo. Parecía completamente concentrada en lo que tenía delante.

Rinaldi se quedó observándola unos segundos antes de regresar a la cocina.

Diez minutos después volvió con dos tazas de café negro, sin azúcar, como a ella le gustaba años atrás. Y, al parecer, seguía gustándole.

Caminó hasta la terraza sin hacer ruido. Sobre el cuaderno había uno de sus planos, ligeramente arrugado en una esquina, como si alguien hubiera intentado doblarlo y después se hubiera arrepentido.

Rinaldi permaneció en la puerta observando a la mujer que años atrás lo esperaba con reproches. Ahora veía a una mujer que intentaba descifrar unas líneas que no comprendía, que fruncía el ceño cada vez que algo no terminaba de encajar y se mordía ligeramente el labio inferior mientras buscaba una respuesta que el papel parecía negarse a darle.

Y aquello lo descolocó; nunca habría imaginado que la mujer que antes se aburría en cinco minutos pudiera quedarse tanto tiempo intentando comprender lo que hacía.

Después de unos segundos, Rinaldi carraspeó suavemente para hacerle saber que ya no estaba sola.

Allison levantó la vista de inmediato, demasiado rápido para alguien que pretendía no haber sido descubierta. El corazón le dio un vuelco, como si la hubieran encontrado haciendo algo que no tenía derecho a hacer.

Y, en cierto modo, así era. Estaba robándole tiempo a su propio orgullo para intentar entenderlo.

—¿Qué haces? —preguntó Rinaldi, deteniéndose a su lado.

—Nada.—Allison cerró el cuaderno de golpe y mantuvo la mano sobre la tapa.

Él dejó una de las tazas sobre la mesa y la miró con una expresión que dejaba claro que no le creía.

—Eso parece demasiado complicado para ser nada.

Ella sostuvo su mirada durante un instante, sintiendo cómo se le tensaban los dedos sobre el cuaderno, antes de apartarla.

—No es lo que parece.

Rinaldi arqueó ligeramente una ceja.

—¿Y qué parece?

Allison respiró hondo, como si necesitara reunir el valor suficiente para responder.

—Que me interesa tu trabajo —admitió, como si aquellas palabras le costaran más de lo que estaba dispuesta a reconocer—. Y no es así.

Rinaldi no discutió. Tomó su taza y dio un sorbo mientras la observaba por encima del borde.

—Café.

Allison miró la taza que él había dejado delante de ella.

—¿Desde cuándo te acuerdas?

Rinaldi tardó apenas un segundo en responder.

—Desde siempre. —dijo dirigiéndose hacia la baranda y apoyó una mano sobre ella. —Solo que antes no te lo servía.

Allison bajó la mirada hacia la taza.

—Qué considerado.

Una pequeña sonrisa apareció en la comisura de los labios de Rinaldi.

—Qué observadora.

Ella lo miró de reojo y, durante un instante, ninguno de los dos dijo nada.

No era el silencio pesado de los últimos días. Era diferente, más extraño, como si ambos estuvieran descubriendo que todavía podían hablarse sin convertir cada frase en una batalla.

Rinaldi señaló el cuaderno con la barbilla.

—Entonces, ¿qué has entendido?

Allison abrió de nuevo el plano y lo estudió durante unos segundos, intentando encontrarle algún sentido.

—Qué es un desastre. Hay líneas por todas partes y ninguna parece tener sentido.

—Es un edificio.

—Ya sé que es un edificio, Rinaldi. No necesito que me des clases de arquitectura. —dijo ella levantando la mirada.

Él sonrió apenas.

—Entonces, ¿qué necesitas?

Allison se encogió de hombros, fingiendo una indiferencia que ninguno de los dos se creyó.

—Nada —respondió Allison, encogiéndose de hombros mientras volvía la mirada hacia el plano.

Rinaldi la observó durante unos segundos. Había algo en aquella respuesta que no terminaba de convencerlo, aunque tampoco parecía dispuesto a presionarla.

—Me sorprende verte aquí.

Allison levantó la mirada hacia él.

—¿Por qué te sorprende?

Rinaldi sostuvo sus ojos un instante antes de responder.

—Porque nunca pensé que llegarías a querer entender lo que hago.

Aquello la dejó sin una respuesta inmediata. Bajó la mirada hacia el plano que todavía sostenía entre las manos y pasó los dedos por una de las líneas, como si de pronto encontrara algo más interesante allí que en la mirada de aquel hombre.

—Quizá yo tampoco pensé que algún día me interesaría entenderlo.

Rinaldi no respondió inmediatamente. La miró como si aquella confesión, por pequeña que fuera, significara mucho más de lo que ella acababa de admitir. Después dejó la taza sobre la baranda y volvió la mirada hacia ella.

—Tengo que prepararme.

Allison asintió, aunque no estaba segura de que él esperara una respuesta. Rinaldi se dirigió hacia el interior de la casa con la misma naturalidad con la que hacía todo, dispuesto a ducharse, vestirse y marcharse a trabajar como cualquier otra mañana.

Ella permaneció unos instantes en la terraza, con la taza de café entre las manos y el plano todavía abierto sobre la mesa.

Volvió a mirarlo.

Esta vez no sintió la necesidad de demostrar que aquello no le importaba, ni de fingir que las líneas que tenía delante eran un simple pasatiempo que había terminado por aburrirla.

Había algo en aquel plano que ahora quería comprender, aunque solo fuera porque por primera vez empezaba a preguntarse cuánto de Rinaldi había pasado por delante de sus ojos sin que ella se molestara en verlo.




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