El Eco De Tus Pasos

Capítulo 11 — Lo que ya no bastaba

Capítulo 11 — Lo que ya no bastaba

Después de aquella mañana en la terraza, Allison intentó convencerse de que podía volver a su vida como si nada hubiera ocurrido.

Necesitaba recuperar un poco de sí misma, aunque solo fuera durante unas horas. Necesitaba dejar de pensar en Rinaldi, en el plano que había dejado abierto sobre la mesa y, sobre todo, en aquella incómoda sensación de estar descubriendo a un hombre al que había creído conocer durante años.

La casa, sin embargo, no se lo ponía fácil.

Era demasiado grande para una sola persona y demasiado silenciosa para alguien que llevaba años acostumbrada a llenar los vacíos con cualquier cosa que pudiera mantenerla ocupada.

Desde la terraza, Manhattan seguía extendiéndose frente a ella con su ruido, sus coches y sus ventanas encendidas, pero Allison tenía la sensación de que, por primera vez, el ruido estaba ocurriendo muy lejos.

Entonces su móvil vibró sobre la encimera; Allison miró la pantalla.

Número desconocido, durante unos segundos pensó en dejarlo sonar. Desde el accidente había aprendido a desconfiar de las llamadas inesperadas; casi siempre traían preguntas que no quería responder, recuerdos que prefería mantener enterrados o personas que creían tener derecho a saber dónde había estado.

El teléfono volvió a vibrar; Allison soltó el aire y terminó por deslizar el dedo sobre la pantalla.

—¿Allison? —Aquella voz consiguió atravesar algo que llevaba demasiado tiempo cerrado.

—¿Valeria?

—¡Aleluya! Pensé que iba a tener que contratar a un detective para encontrarte. Aunque por lo menos sigues viva, y eso ya es una buena noticia.

Allison se llevó una mano a la boca para contener la risa, pero no pudo evitar que se le escapara. Era una risa diferente a las que había tenido durante los últimos días. Más ligera y más suya.

—Son las nueve de la mañana, Val.

—Precisamente. Y ya vas tarde para desayunar conmigo. Ponte guapa, porque en veinte minutos estoy ahí. Y si se te ocurre decirme que no tienes hambre, te juro que voy a subir a buscarte y te llevaré a rastras.

—Sigues dando órdenes como si alguien te las hubiera pedido.

—Y tú sigues haciendo como si no necesitaras a nadie. Nos vemos en veinte minutos.

La llamada terminó antes de que Allison pudiera responder; se quedó mirando el teléfono unos segundos y, sin darse cuenta, sonrió. Hacía mucho tiempo que nadie conseguía arrancarle una sonrisa así.

No sabía cuándo había sido la última vez que había aceptado un plan sin pensarlo demasiado, sin preguntarse qué podía salir mal o qué explicación tendría que dar después.

Valeria estaría allí en veinte minutos y, por alguna razón, aquella idea le resultaba extrañamente reconfortante.

Veinte minutos después, el timbre sonó dos veces. Corto, impaciente, exactamente como Valeria solía hacerlo cuando sabía que estaba esperando que le abrieran.

Allison sonrió antes incluso de llegar a la puerta.

Cuando la abrió, Valeria la recorrió de arriba abajo con una expresión que consiguió devolverla, durante un instante, a la mujer que había sido antes de que todo se complicara.

—Estás horrible —dijo Valeria nada más verla, sin el menor rastro de compasión.

—Yo también me alegro de verte. —dijo Allison arqueando una ceja.

Valeria sonrió, satisfecha.

—Perfecto. Entonces todavía eres tú. Ponte los zapatos y vamos a desayunar.

Allison la miró, incrédula.

—¿Ni siquiera vas a preguntarme si estoy preparada?

—Te conozco demasiado bien para perder el tiempo con preguntas cuya respuesta ya sé. —Valeria señaló sus zapatos con un gesto impaciente—. ¡Estás perfecta!

Allison soltó una pequeña risa, casi sorprendida de oírla salir de sí misma.

── ❦ ──

Cuarenta minutos después, las dos ocupaban su mesa de siempre junto al ventanal de Le Petit Croissant. Había algo extrañamente reconfortante en volver a aquel lugar, sentarse frente a Valeria y descubrir que, al menos por un rato, todo parecía estar exactamente donde lo habían dejado.

—Sigues odiando que te pregunten cómo estás. —dijo Valeria levantando la taza y observándola por encima del borde.

—Me conoces bien—respondió Allison apenas con una sonrisa.

—Ese es precisamente el problema. —Valeria tomó una fresa del plato de Allison antes de añadir—. Por eso solo voy a preguntártelo una vez. ¿Cuánto tiempo llevas fingiendo que estás bien?

Allison bajó la mirada hacia su taza. Durante un instante pareció buscar una respuesta que no sonara demasiado triste ni demasiado sincera.

—Han pasado demasiadas cosas, Val, y hoy no quiero hablar de ninguna de ellas. Tú estás aquí y quiero disfrutar de eso.

Valeria la estudió durante unos segundos, como si supiera perfectamente que estaba esquivando la pregunta, pero también que insistir no serviría de nada.

—Está bien. Por hoy te concedo el indulto —cedió finalmente, levantando las manos en señal de rendición..

—Gracias—respondio Allison con una sonrisa.

—No te acostumbres. —Valeria señaló hacia ella con fingida severidad—. Mañana volveré a ser insoportable.

—Eso nunca has dejado de serlo —replicó Allison, sin poder contener la sonrisa.

Valeria soltó una carcajada.

—¡Mira! —exclamó, señalándola con entusiasmo—. Ahí está mi Allison.

La sonrisa de Allison se hizo un poco más amplia. Hacía demasiado tiempo que no escuchaba aquella frase y, por alguna razón, le dolió más de lo que esperaba.

Valeria volvió a levantar la taza y, después de darle un sorbo, la miró con una expresión divertida.

—Aunque hay algo que me resulta todavía más raro.

—¿Qué?

—Llevas diez minutos aquí y todavía no has mirado quién ha entrado por la puerta.

—Estoy madurando. —respondió Allison arqueando una ceja.

—No. —Valeria negó con la cabeza, completamente seria—. Estás enferma.




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