Capítulo 12— El segundo vaso
Los días comenzaron a parecerse demasiado entre sí, hasta el punto de que Allison empezó a reconocer la rutina de Rinaldi por los sonidos que llegaban desde el otro lado del pasillo.
Primero escuchaba la ducha, después el ruido de la cafetera en la cocina y, unos minutos más tarde, el tintineo de las llaves antes de que la puerta se cerrara y él desapareciera mientras Manhattan apenas comenzaba a despertar.
Durante una semana, aquella rutina pareció suficiente. No hablaban demasiado. Rinaldi trabajaba durante todo el día y Allison había empezado a ocupar parte de sus horas en la oficina, aprendiendo a moverse entre planos, proveedores y personas que parecían saber exactamente qué estaban haciendo con sus vidas.
Cuando regresaban al dúplex, cada uno respetaba el espacio del otro, como si ambos hubieran llegado a un acuerdo silencioso que ninguno necesitaba pronunciar.
No había preguntas incómodas, ni reproches, ni conversaciones sobre los ocho años que todavía seguían presentes entre ellos, aunque ninguno quisiera reconocerlo.
Sin embargo, había algo que Allison empezó a notar y que, con el paso de los días, dejó de parecerle una simple casualidad.
Cada mañana, junto a la cafetera, encontraba dos tazas, la de Rinaldi, negra y sin azúcar. Y la suya, exactamente como le gustaba.
Al principio pensó que se trataba de una coincidencia. Después dejó de buscarle una explicación.
Una mañana se quedó observando aquella segunda taza durante unos segundos antes de cogerla entre las manos. No sabía qué significaba que Rinaldi siguiera recordando algo tan pequeño después de ocho años, y quizá precisamente por eso tampoco quería preguntárselo.
Había cosas que podían perder su significado en cuanto uno intentaba ponerlas en palabras. Y aquella segunda taza era una de ellas.
── ❦ ──
Rinaldi llegó a casa y encontró el mismo silencio que lo había acompañado durante los últimos días. Miró el reloj: eran las seis y cuarto. Después de dejar las llaves sobre la encimera, se dirigió hacia la cocina y se sirvió un whisky con hielo.
Se quedó unos segundos con el vaso entre los dedos, contemplando el reflejo de las luces de Manhattan sobre el cristal. El dúplex estaba en silencio y, por primera vez, aquel silencio le pareció demasiado grande para una sola persona.
Sin pensarlo demasiado, volvió a coger la botella y preparó otro whisky. Cuando terminó, dejó ambos vasos sobre la isla de la cocina, uno junto al otro. Los observó durante unos segundos, como si esperara encontrar una explicación en aquel gesto absurdo que acababa de hacer.
Pero no la encontró y tampoco quiso buscarla, simplemente dejó allí el segundo vaso y se dirigió hacia el dormitorio para darse una ducha.
── ❦ ──
La puerta del dormitorio se abrió y Allison apareció secándose el cabello con una toalla pequeña, mientras otra, blanca, apenas le cubría por encima de las rodillas. Caminaba descalza, todavía distraída por sus propios pensamientos y completamente ajena a que aquella tarde la rutina había cambiado.
Hasta que lo vio y, deteniéndose en el marco de la puerta, durante un instante, ninguno de los dos se movió. Allison cruzó los brazos sobre el pecho y sujetó mejor la toalla, como si aquel gesto pudiera protegerla de algo más que del frío que todavía sentía en la piel.
Rinaldi levantó la vista del vaso que sostenía entre los dedos y la observó apenas un segundo, el suficiente para comprender que ella no esperaba encontrarlo allí a esa hora.
—Hoy he salido antes —explicó finalmente, con la voz más baja de lo habitual, casi como si necesitara justificar su presencia.
Allison no respondió. Desvió la mirada hacia la encimera y entonces descubrió el segundo vaso; se quedó mirándolo durante unos segundos.
Rinaldi nunca llegaba a casa a esa hora. Nunca.
Y, sin embargo, allí estaba. Allison apretó un poco más la toalla alrededor de su cuerpo mientras sentía una gota de agua deslizarse desde su cabello hasta la nuca. No supo si el escalofrío que recorrió su espalda tenía algo que ver con el agua fría o con aquella pequeña evidencia de que Rinaldi había pensado en ella sin decírselo.
No preguntó ni tampoco quiso hacerlo; se limitó a regresar a su habitación y dejó la puerta entreabierta tras de sí.
Rinaldi permaneció junto a la isla de la cocina, todavía con el vaso entre los dedos. Su mirada volvió al segundo whisky, intacto sobre la encimera, y después se dirigió hacia el reloj: eran las 18:26…Y nunca estaba en casa a esa hora.
Levantó el segundo vaso y observó durante unos instantes el hielo que comenzaba a derretirse dentro del whisky. Después volvió a dejarlo exactamente donde estaba.
No había bebido de él, pero tampoco lo había retirado…Y quizá eso era lo que más le inquietaba.
── ❦ ──
Allison permaneció unos segundos inmóvil al otro lado de la puerta, con la espalda apoyada contra la madera y los ojos cerrados, intentando comprender por qué aquella escena había conseguido descolocarla de una manera que no esperaba.
No habían hablado de nada importante. Rinaldi simplemente había llegado antes de lo habitual y ella había encontrado un segundo vaso sobre la encimera, nada que pudiera justificar aquella sensación extraña que todavía le recorría el cuerpo… Y, sin embargo, algo había cambiado.
Quizá no entre ellos, porque todavía no sabía si existía un «entre ellos» al que pudiera aferrarse después de ocho años. Tal vez el cambio estaba únicamente en ella, en aquella forma nueva de observar pequeños detalles que antes habría pasado por alto o que, peor aún, nunca se habría molestado en mirar.
Se apartó de la puerta y decidió no pensar más en ello. Se vistió despacio, recogió el cabello todavía húmedo en una coleta descuidada y salió de la habitación en busca de algo de beber.
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Editado: 08.09.2026