Capítulo 13 — El tiempo que sobra
El despacho estaba tan silencioso que Rinaldi podía escuchar el movimiento de la ciudad varios pisos más abajo. A esas horas, la última planta del edificio De Luca solía convertirse en su refugio; allí podía concentrarse, revisar contratos y tomar decisiones sin que nadie consiguiera apartarlo del hilo de sus pensamientos.
Aquella mañana, sin embargo, algo no terminaba de encajar.
Llevaba casi una hora frente a la misma mesa y había avanzado mucho menos de lo habitual. Había revisado un contrato dos veces, corregido una cifra que sabía perfectamente que estaba bien y vuelto a leer un informe financiero sin conseguir recordar una sola línea de lo que acababa de leer.
Finalmente dejó la pluma sobre la mesa y se reclinó ligeramente en el respaldo y miró el reloj; eran las 10:12 am y nada tenía sentido.
Rinaldi no era un hombre que perdiera la concentración con facilidad. Mucho menos por algo tan insignificante como una noche cualquiera en casa.
Pero entonces recordó el segundo vaso de whisky. Lo había preparado sin pensarlo, como si una parte de él hubiera esperado que Allison apareciera y se sentara frente a él. Y después recordó su mirada al descubrirlo sobre la encimera.
Cerró los ojos durante unos segundos, pero no funcionó; la imagen regresó con una claridad incómoda.
Allison descalza, con el cabello todavía húmedo y una toalla blanca alrededor del cuerpo, detenida en el marco de la puerta mientras lo miraba como si hubiera encontrado algo que ninguno de los dos estaba preparado para explicar.
Rinaldi abrió los ojos y soltó el aire lentamente.
—Joder...
La palabra escapó antes de que pudiera detenerla. Volvió a coger la pluma, decidido a continuar con el informe, pero ya sabía que había perdido aquella batalla mucho antes de sentarse frente al escritorio.
Doce meses juntos.
Doce meses durante los cuales jamás había visto a Allison incómoda delante de él. Nunca había tenido que protegerse de su propia mirada, ni esconderse detrás de una toalla como si, de repente, no supiera qué hacer con su presencia.
Y quizá eso era precisamente lo que más le había desconcertado. Porque habían pasado ocho años, mucho tiempo sin verla, sin tocarla, sin saber nada de ella.
Y bastaron unos segundos para que una imagen tan sencilla consiguiera atravesar todas las defensas que había construido durante ese tiempo.
Rinaldi apoyó los codos sobre la mesa y se frotó lentamente el puente de la nariz.
—Concéntrate, Rinaldi —murmuró, cerrando los ojos un instante.Pero no podía, no del todo. Unos golpes suaves en la puerta interrumpieron sus pensamientos.—Adelante.
Marlene entró con una carpeta bajo el brazo y aquellos tacones que apenas producían sonido sobre el suelo.
—Señor De Luca, los inversores ya están en la sala. ¿Quiere que le ofrezca algo más mientras baja?
Rinaldi cerró la carpeta que tenía delante. No había conseguido leer una sola página.
—Agua. Nada más —respondió, levantándose. Se ajustó la chaqueta y, cuando Marlene estaba a punto de salir, la detuvo. —Y, Marlene...
Ella levantó la mirada.
—Gracias por avisarme con tiempo —añadió él, con un leve gesto de reconocimiento.
Fue una cortesía sencilla, nada más. Marlene sonrió apenas y asintió.
—Como siempre, señor —respondió antes de salir y cerrar la puerta tras de sí.
Rinaldi permaneció unos segundos junto al escritorio antes de mirar nuevamente el reloj; eran las 10:30 AM. Dieciocho minutos pensando en Allison cuando debería haber estado preparando una reunión con sus inversores.
Y eso empezaba a preocuparle mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Miró el expediente que seguía abierto sobre la mesa. La misma línea permanecía subrayada tres veces, como una prueba evidente de que llevaba demasiado tiempo intentando concentrarse en algo que su cabeza ya había decidido ignorar.
Cogió los papeles y se dispuso a salir, pero antes de llegar a la puerta se detuvo frente al ventanal.
Abajo, Manhattan continuaba moviéndose con la misma velocidad de siempre. Coches, luces, personas entrando y saliendo de los edificios. Todo seguía exactamente donde debía estar.
Arriba, en su despacho, también, y, sin embargo, él ya no estaba igual. Apoyó una mano sobre el cristal y cerró los ojos durante un instante.
—¿Qué demonios te pasa...? —murmuró.
Esta vez no estaba pensando en Allison, o eso quiso creer. Porque durante años había conseguido mantener el pasado exactamente donde debía estar: detrás de una puerta que nunca necesitaba abrir.
Y ayer bastó una escena de unos segundos para hacerle recordar lo que había pasado demasiado tiempo intentando olvidar.
Abrió los ojos y miró una última vez la ciudad y después recogió el expediente. La reunión podía esperar treinta segundos, lo que no podía esperar era recuperar el control sobre sus propios pensamientos.
Y aquello era lo que más empezaba a preocuparle.
── ❦ ──
La sala de juntas ocupaba toda la esquina oeste de la última planta. Los ventanales ofrecían una vista impecable de Manhattan y, alrededor de la enorme mesa de nogal, ocho personas aguardaban la llegada de Rinaldi con informes abiertos, gráficos de inversión y varias carpetas cuidadosamente ordenadas.
Cuando la puerta se abrió, las conversaciones fueron apagándose poco a poco, Rinaldi entró sin prisa.
—Buenos días. —Saludó sin necesidad de elevar la voz, algo que nunca hacía. Dejó la carpeta sobre la mesa, saludó con un gesto breve y ocupó su lugar al frente. —Bien. Empecemos.
Durante los siguientes veinte minutos volvió a ser el hombre que todos esperaban encontrar. Seguro, preciso, acostumbrado a tener una respuesta antes incluso de que terminaran de formular la pregunta.
Corrigió una estimación de costes, descartó una propuesta de inversión y, antes de que el responsable pudiera defenderla, señaló una alternativa que ofrecía mejores resultados.
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Editado: 08.09.2026