El Eco De Tus Pasos

Capítulo 14 — Lo que deja la ausencia

Capítulo 14 — Lo que deja la ausencia

La mañana amaneció cubierta por un cielo gris, de esos que parecían prolongar la noche unas horas más. Nueva York despertaba como siempre. Impaciente. Ruidosa. Convencida de que nadie podía permitirse detener el ritmo.

Rinaldi llevaba despierto desde mucho antes de que sonara el despertador. No era extraño; dormía poco desde hacía años. Lo verdaderamente extraño era que aquella mañana el trabajo no ocupaba el primer lugar de sus pensamientos.

La maleta descansaba abierta sobre la cama. Dos trajes oscuros, varias camisas perfectamente dobladas y una carpeta con la documentación del viaje esperaban el mismo orden meticuloso que había gobernado su vida durante los últimos ocho años.

Iba a Chicago, solo por tres días. No era el viaje más largo que había hecho. Probablemente tampoco el más importante. Había cruzado océanos para cerrar operaciones infinitamente más complejas.

Sin embargo, mientras terminaba de colocar el ordenador portátil en el compartimento interior, tuvo la incómoda sensación de que aquella vez dejaba algo atrás.

O quizá a alguien. La idea apareció tan deprisa como desapareció. Rinaldi cerró la cremallera de un movimiento seco, como si con aquel simple gesto pudiera ordenar también unos pensamientos que empezaban a resultar demasiado indisciplinados para alguien acostumbrado a tener siempre el control.

Se ajustó el reloj, la corbata y la americana. Todo estaba exactamente donde debía estar. Todo... menos él.

Al salir de la habitación, encontró a Allison sentada en la cocina; parecía no haber dormido mucho. Tenía el pelo recogido y una taza de café entre las manos mientras contemplaba distraída la lluvia deslizándose por los ventanales.

No estaba leyendo ni mirando el teléfono. Simplemente parecía dejar que el tiempo pasara.

Durante un instante Rinaldi permaneció inmóvil. Aquella imagen le resultó extrañamente familiar. Le recordó demasiadas mañanas en Jamaica.

Demasiados desayunos compartidos antes de que la vida empezara a complicarse. Demasiados silencios que entonces nunca habían resultado incómodos.

—Buenos días. —Saludó él.

Allison levantó la vista. Sus ojos encontraron los de él con la naturalidad de quien ya no necesitaba prepararse para una conversación.

—Buenos días.

El silencio volvió a instalarse entre los dos. Pero había dejado de parecer un enemigo. Era, simplemente, una pausa, una de esas pausas que solo existen entre personas que han compartido demasiado como para necesitar llenar cada segundo con palabras.

Rinaldi dejó las llaves sobre la encimera.

—Marlene confirmó el vuelo. Estaré en Chicago hasta el jueves.

Allison asintió despacio. Conocía demasiado bien aquel mundo para saber que el trabajo nunca daba explicaciones.

—Espero que todo salga bien. —respondió ella.

Él la observó un instante. Había esperado un simple «buen viaje». Nada más. Sin embargo, aquellas cinco palabras escondían una preocupación tan discreta que tardó unos segundos en comprender por qué le habían resultado importantes.

Por un instante estuvo a punto de añadir algo más. Cualquier cosa. Una pregunta sin importancia. Un comentario sobre el vuelo.

No encontró las palabras.

Aquellas cinco palabras llevaban escondida una preocupación tan discreta que quizá ni la propia Allison era consciente de haberla dejado escapar.

—Gracias. —Fue una respuesta sencilla.

Pero bastó para que ambos comprendieran que algo estaba cambiando entre ellos. Algo pequeño, aunque todavía frágil. Algo que ninguno se atrevía a nombrar por miedo a romperlo antes de tiempo.

Tomó las llaves y caminó hasta la puerta. La mano ya descansaba sobre el picaporte cuando se detuvo y se giró apenas lo suficiente para verla de perfil.

Allison seguía sosteniendo la taza entre las manos, observando la lluvia como si hubiera olvidado que él seguía allí.

—Allison...

Ella volvió la cabeza y sus miradas se encontraron durante unos segundos.

Rinaldi estuvo a punto de decirlo. Aquello que llevaba varios días rondándole la cabeza, una frase que todavía no sabía cómo convertir en palabras sin revelar demasiado, pero se quedó callado.

Bajó la mirada, como si de pronto hubiera recordado que no sabía qué hacer con todo aquello que estaba empezando a sentir.

—Nada... —murmuró finalmente, después de una breve pausa.

Volvió la mano hacia el picaporte, pero antes de abrir la puerta añadió, casi en voz baja:

—Cuídate.

── ❦ ──

Cuando las puertas del ascensor se cerraron detrás de Rinaldi, Allison permaneció inmóvil unos segundos más, todavía mirando el lugar donde él había estado.

Escuchó cómo el silencio regresaba poco a poco al dúplex, ocupando de nuevo los mismos espacios, las mismas habitaciones, los mismos rincones que durante tantos días había considerado simplemente demasiado grandes.

Era el mismo silencio de siempre o eso quiso creer, porque bastaron unos segundos para que comprendiera algo que no estaba preparada para admitir: la casa no había cambiado. Era ella quien empezaba a notar la diferencia cuando Rinaldi no estaba.

Allison cerró los ojos y dejó escapar lentamente el aire. Desde que había regresado a su vida, la ausencia de Rinaldi no le produjo alivio; le dejó un vacío. Y aquella sensación, pequeña pero imposible de ignorar, fue mucho más peligrosa que cualquier recuerdo.




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