El Eco De Tus Pasos

Capítulo 15 — Lo que el silencio escondía

Capítulo 15 — Lo que el silencio escondía

El primer día sin Rinaldi pasó mucho más deprisa de lo que Allison había imaginado. O quizá simplemente se empeñó en llenarlo de cosas para no pensar demasiado en el hombre que, desde que había salido hacia Chicago, parecía ocupar más espacio en su cabeza que cuando estaba frente a ella.

Contestó varios correos que llevaba días posponiendo, reorganizó parte del vestidor, aunque conocía perfectamente el lugar de cada prenda, y trató de avanzar en un libro que llevaba semanas abandonado sobre la mesilla.

Llegó a leer varias páginas, pero cada vez que intentaba concentrarse terminaba pensando en la maleta de Rinaldi, cerrándose aquella mañana en la habitación de al lado, y en la extraña sensación que había experimentado al verlo marcharse.

Incluso salió a caminar por Central Park con la absurda esperanza de que el aire frío consiguiera ordenar un poco el desorden que llevaba varios días creciendo dentro de ella, pero no funcionó.

Caminó sin rumbo durante casi una hora, con las manos hundidas en los bolsillos de su abrigo mientras observaba pasar parejas, corredores, personas paseando a sus perros y desconocidos que parecían tener perfectamente claro qué hacer con sus vidas. Todos iban de un lugar a otro con una seguridad que, de pronto, Allison envidió.

Ella, en cambio, llevaba varios días sintiendo que había empezado a caminar hacia un lugar que todavía no sabía nombrar.

Cuando regresó al dúplex, el reloj marcaba poco después de las siete.

Dejó el bolso sobre la consola de la entrada, se quitó los zapatos y avanzó descalza hasta la cocina. Todo seguía exactamente igual que por la mañana. La cafetera permanecía sobre la encimera, los ventanales continuaban abiertos sobre Manhattan y, al otro lado del cristal, la terraza conservaba aquel silencio que durante las últimas semanas había empezado a resultarle familiar.

Y, sin embargo, la casa parecía distinta y no tardó en comprender por qué. Había empezado a echar de menos cosas que, hasta hacía muy poco, ni siquiera sabía que había aprendido a esperar: el sonido de las llaves girando en la cerradura, el golpe suave de un maletín al quedar junto a la puerta o aquella voz grave que, algunas tardes, anunciaba su llegada desde el recibidor.

Pequeñas cosas, cosas absurdas. Y, aun así, ahora que no estaban, parecían ocupar mucho más espacio del que jamás habían ocupado cuando Rinaldi estaba allí. Nunca habría imaginado que una costumbre pudiera instalarse tan deprisa en la vida de alguien.

Allison negó con la cabeza y abrió el frigorífico.

—No seas ridícula, Allison —murmuró para sí misma.

Rinaldi solo estaba de viaje. Tres días, nada más. Después de haber pasado años sin verlo, debería haber sido perfectamente capaz de soportar setenta y dos horas sin escuchar sus pasos al otro lado del pasillo. O eso intentó convencerse mientras buscaba algo que pudiera preparar para cenar.

El problema era que, incluso mientras se decía aquello, una parte de ella ya sabía que no era del todo cierto.

El timbre sonó justo cuando cerraba la puerta del frigorífico y la sobresaltó.

Sonrió incluso antes de abrir, solo había una persona en el mundo que llamaba dos veces seguidas con aquella impaciencia.

—Espero que tengas vino, porque yo he traído el resto —anunció Valeria desde el otro lado de la puerta, antes siquiera de que Allison terminara de abrirla.

Valeria apareció cargada con dos bolsas de papel y el mismo entusiasmo de siempre. Entró sin esperar invitación, como llevaba haciendo media vida, y dejó las bolsas sobre la encimera.

Y fue cuando reparó en la cocina.

—¿Qué demonios...? ¿Estás cocinando?

Allison estaba frente a los fogones, removiendo una olla cuyo aroma había conseguido llenar la estancia.

—Espaguetis a la boloñesa.

Valeria la miró durante unos segundos, como si acabara de descubrir un fenómeno que necesitaba ser estudiado.

—Voy a llamar a la prensa. Allison Hamilton está cocinando un lunes a las siete de la tarde. Esto es noticia.

—No exageres. —dijo Allison soltando una risa.

—¿Qué no exagere? Tú y una cocina nunca habéis tenido una relación precisamente estable. La última vez casi incendias mi apartamento intentando preparar unas pizzas precocinadas.

—No necesito saber cocinar veinte platos distintos —respondió Allison mientras bajaba un poco el fuego—. Con uno me basta.

Valeria se acercó, cogió una cuchara y probó la salsa sin pedir permiso. Cerró los ojos durante unos segundos antes de asentir con satisfacción.

—Sigue sabiendo igual.

Allison bajó la mirada hacia la olla.

Aquella frase, tan sencilla, le arrancó una sonrisa pequeña, mucho más sincera que las que había conseguido regalarse durante todo el día. Y, al mismo tiempo, le dejó un nudo inesperado en la garganta.

—La señora O'Connor decía que una buena boloñesa nunca debía tener prisa —murmuró casi para sí misma.

Valeria levantó la mirada, dejó la cuchara sobre la encimera y la observó durante unos segundos, como si estuviera buscando aquel apellido en un rincón muy antiguo de su memoria.

—O'Connor... —repitió despacio—. Hacía años que no te escuchaba mencionar ese nombre.

Allison se encogió de hombros y fingió concentrarse en la pasta.

—Fue una de las familias de acogida. Solo estuve con ellos un par de meses, pero ella cocinaba como los italianos de verdad. Supongo que fue la única cosa que conseguí llevarme de aquella casa.

Valeria no preguntó nada más, no necesitaba hacerlo. Se limitó a apoyarse junto a ella en la encimera y le rozó el brazo con los dedos, un gesto pequeño y familiar que decía mucho más de lo que habría podido decir cualquier pregunta.

—Entonces vamos a hacerle honor —dijo finalmente—. ¿Cuánto falta para que esa boloñesa esté lista? Porque yo me muero de hambre... y también de curiosidad.




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