El Eco De Tus Pasos

Capítulo 17 — Como si siempre hubiera estado allí

Capítulo 17 — Como si siempre hubiera estado allí

Rinaldi giró la llave. Esperaba silencio, esperaba la casa vacía, fría, en orden. Esperaba tener que soportar otra noche hablando solo con el eco.

Pero había ruido. No mucho, pero sí el leve tintineo de una taza contra la encimera. El susurro de las páginas al pasar, música bajita. Tan bajita que podía ser producto de su imaginación.

Dejó el maletín en el suelo, no en su estudio, sino junto a la puerta.

Allison estaba en la cocina, descalza, con el pelo recogido con un lápiz. Un chándal gris perla. Apoyada sobre la encimera, leía un libro de arquitectura mientras tomaba café.

No lo miró al entrar. Terminó el sorbo primero, como si nunca hubiera tenido que pedir permiso para estar allí.

Y en cierto modo ya lo era.

El pensamiento le cayó encima sin permiso.

Ocho años y nunca había visto a nadie en mi cocina a estas horas. Y ella ahora está ahí.

Años desayunando solo.

Años creyendo que aquella tranquilidad era exactamente lo que quería.

Con el café de cada mañana.

Con uno de sus libros… como si siempre hubiera sabido que aquel rincón también podía pertenecerle.

—¿Qué tal Chicago? —dijo ella, cerrando el libro, pero sin cerrar la conversación.

—Caluroso —respondió él, con una mueca apenas perceptible.

—Eso ha sonado a decepción —observó ella, arqueando una ceja.

—Lo era —admitió él, sin apartar la mirada.

—Pensaba que allí siempre hacía frío —comentó ella, ladeando ligeramente la cabeza.

Él la miró durante un instante.

—Yo también —respondió, y una sonrisa fugaz apareció en sus labios.

Allison se levantó. Abrió el armario sin hacer ruido, como si supiera exactamente dónde estaba cada cosa. Sacó otra taza, la misma que él usaba cuando tenía visitas, y sirvió café en las dos.

No preguntó si quería. Dejó una taza frente a él y volvió a su libro. Ni siquiera esperaba un agradecimiento.

Rinaldi se quedó mirando la taza. El vapor ascendía despacio entre los dos, difuminando por un instante el aire tibio de la cocina. No recordaba la última vez que alguien le hubiera servido un café sin preguntarle cómo lo quería.

Se acercó despacio; sus pasos resonaron con suavidad sobre el mármol frío. Tomó la taza entre las manos, la acercó al rostro e inhaló despacio; el aroma era exactamente el mismo de todos los días.

Y dio un sorbo; estaba amargo. Exactamente como a él le gustaba. Allison nunca se lo había preguntado. Simplemente lo recordaba.

Él levantó la vista.

Ella ya había vuelto a su libro, como si aquel gesto no hubiera tenido ninguna importancia. Como si preparar dos cafés hubiera sido la cosa más natural del mundo.

Rinaldi permaneció unos segundos inmóvil porque durante ocho años había aprendido a convivir con el silencio. Había llegado a convencerse de que aquella casa vacía era sinónimo de paz.

Pero aquella mañana comprendió que no siempre eran la misma cosa. Volvió a mirar la taza entre sus manos y después a Allison.

Y, por primera vez en mucho tiempo... la cocina dejó de parecer demasiado grande.

Allison pasó una página; el suave roce del papel rompió el silencio. Rinaldi cerró los ojos apenas un instante… Esta vez, no sintió la necesidad de romperlo. Hacía mucho tiempo que una casa no le sonaba así.




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