Capítulo 19 —El lugar al que siempre volvía
El lunes amaneció despejado por primera vez en varios días.
Desde los grandes ventanales del dúplex, Manhattan parecía una ciudad distinta cuando el sol lograba abrirse paso entre los edificios. El cristal devolvía destellos dorados y el Hudson, al fondo, reflejaba una luz limpia que hacía olvidar la lluvia de la semana anterior. Incluso el rumor lejano del tráfico sonaba más suave aquella mañana.
Allison dejó la cafetera sobre la encimera mientras aspiraba el aroma del café recién hecho.
Había aprendido que las mañanas en aquella casa seguían un orden casi invariable. A las seis sonaba el despertador de Rinaldi. Diez minutos después se escuchaba el agua de la ducha. Mientras ella preparaba el desayuno, él revisaba los titulares económicos desde la tableta. Después desayunaban juntos, apenas veinte minutos, antes de salir hacia la oficina.
Era una rutina sencilla, tan sencilla que resultaba extrañamente reconfortante. Oyó abrirse la puerta del dormitorio y, unos instantes después, el sonido acompasado de unos pasos sobre la madera.
—Buenos días —saludó él, entrando en la cocina.
Allison levantó la vista. Rinaldi terminaba de ajustarse los gemelos de la camisa mientras caminaba hacia la cocina. Llevaba el cabello todavía húmedo y la chaqueta descansaba sobre el respaldo de una silla. Había algo relajado en su expresión que no siempre estaba allí. Desde su regreso de Chicago parecía dormir mejor. O quizá simplemente sonreía con más facilidad.
—Buenos días —respondió ella, devolviéndole la sonrisa.
Rinaldi se acercó a la cafetera.
—Huele increíble —comentó, inclinándose ligeramente hacia la taza.
—Eso espero. Me he levantado diez minutos antes solo para asegurarme de que no saliera tan malo como el del hotel —confesó ella, divertida.
Rinaldi dejó escapar una risa baja.
—No era café —aseguró, negando lentamente con la cabeza.
—¿No? —preguntó Allison, conteniendo una sonrisa.
—Estoy bastante convencido de que alguien calentó agua y la amenazó con un grano de café desde el otro lado de la habitación —respondió él, completamente serio.
Allison terminó riéndose.
—Pensé exactamente lo mismo —admitió, todavía sonriendo.
Él llenó las dos tazas y dejó una frente a ella.
—¿Has dormido bien? —preguntó Allison, rodeando la taza con las manos.
—Muchísimo mejor —respondió Rinaldi, mirándola por encima del borde de la suya.
—Yo también —dijo ella, y esta vez ninguno de los dos apartó la mirada inmediatamente.
Durante unos segundos permanecieron en silencio, observando cómo el vapor ascendía lentamente sobre las tazas y no era un silencio incómodo, sino todo lo contrario.
Era de esos que aparecen cuando dos personas ya no sienten la obligación de llenar cada instante con palabras. Allison dio un pequeño sorbo antes de recordar algo.
—Ayer seguiste dándole vueltas a la fachada del proyecto de Boston —comentó Allison, observándolo por encima de la taza.
—Veo que prestabas atención —replicó Rinaldi, levantando ligeramente una ceja.
—Era difícil no hacerlo. Llevabas casi una hora intentando convencerte de que esa piedra funcionaría —respondió ella, con una sonrisa apenas perceptible.
—Y sigo pensando que no funciona —admitió él, sin cambiar de expresión.
—Porque hace que el edificio parezca demasiado serio —insistió Allison, encogiéndose ligeramente de hombros.
Él la observó con curiosidad.
—Eso mismo dijiste anoche —señaló Rinaldi, como si aquella respuesta confirmara algo.
—Y sigo pensándolo —respondió ella, sin apartar la mirada.
Rinaldi sonrió.
—Entonces acompáñanos esta mañana —propuso, como si acabara de tomar una decisión sencilla.
Allison tardó unos segundos en comprender.
—¿Cómo? —preguntó, desconcertada.
—A la reunión —aclaró él.
Ella dejó la taza sobre la encimera.
—¿Hablas en serio? —preguntó, mirándolo con incredulidad.
—Completamente —respondió Rinaldi, sin vacilar.
—Rinaldi... yo no soy arquitecta —le recordó ella, todavía intentando encontrarle sentido.
—Lo sé —contestó él, con una calma que la desconcertó aún más.
—Entonces no entiendo por qué... —dejó la frase a medias, esperando una explicación.
Él apoyó ambas manos sobre la isla de la cocina y la miró con la misma serenidad con la que afrontaba casi todas las decisiones importantes.
—Porque precisamente no eres arquitecta —respondió.
Allison frunció ligeramente el ceño.
—Explícate —pidió, incapaz de ocultar su desconcierto.
—Llevamos semanas discutiendo sobre ese edificio. Todos hablan de estructuras, de cargas, de costes, de materiales... y todo eso es importante. Pero, al final, quienes vivirán allí no serán arquitectos. —Hizo una breve pausa. —Serán personas.
Allison permaneció callada.
—Tú miras los edificios de otra manera. No buscas si una fachada resuelve bien un encuentro entre materiales. Piensas en cómo te sentirías al entrar por esa puerta o al mirar por una ventana cada mañana.
—Y esa opinión vale mucho más de lo que imaginas.
Ella bajó la vista hacia la taza. No estaba acostumbrada a que confiaran en su criterio y mucho menos a alguien como Rinaldi De Luca. Un hombre que dirigía una de las firmas de arquitectura más prestigiosas del país.
—¿Y si digo una tontería delante de todo el equipo? —preguntó Allison, con una inseguridad que intentó disimular.
Él negó con la cabeza.
—No lo harás —respondió con una seguridad absoluta.
—¿Cómo puedes estar tan seguro? —insistió ella, mirándolo con incredulidad.
—Porque nunca hablas para demostrar que sabes más que los demás —dijo Rinaldi, sosteniéndole la mirada.
La respuesta la dejó sin palabras; había recibido muchos cumplidos a lo largo de su vida; sobre su aspecto, sobre su forma de vestir. Pero nadie le había dicho nunca algo así y no supo qué contestar.
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Editado: 08.09.2026