El Eco De Tus Pasos

Capítulo 20 — La línea que cruzamos

Capítulo 20 — La línea que cruzamos

La lluvia comenzó cuando abandonaron el edificio de De Luca Developments. Al principio apenas eran unas gotas dispersas que salpicaban el parabrisas mientras el coche avanzaba entre el tráfico del final de la jornada.

Manhattan seguía moviéndose con el mismo ritmo frenético de siempre, ajena a la tormenta que empezaba a cubrir el cielo con un manto de nubes oscuras.

—Creo que Boston va a terminar teniendo una entrada muy distinta a la que vi esta mañana —dijo Allison mientras observaba las calles desfilar al otro lado de la ventanilla.

Rinaldi sonrió sin apartar la vista de la carretera.

—Yo también.

—No pensé que fueran a escucharme. —dijo ella aún rememorando los acontecimientos de la oficina.

—Te escucharon porque dijiste algo que ninguno de nosotros estaba viendo.

—Sigo pensando que tuve suerte. —Allison bajó la mirada con una sonrisa discreta.

—No. —Él negó despacio. —Tuviste sensibilidad. Y eso no se enseña en ninguna universidad.

El silencio que siguió ya no resultó extraño. Desde su regreso de Chicago habían aprendido a convivir con esos momentos en los que ninguno sentía la necesidad de hablar para llenar el espacio entre los dos.

—¿Sabes qué es lo más curioso? —dijo Allison, apoyando la cabeza unos segundos contra el respaldo.

—¿Qué? —preguntó Rinaldi, girándose ligeramente hacia ella.

—Esta mañana estaba convencida de que estorbaba en esa reunión —admitió, bajando la mirada.

—Nunca has estorbado —respondió él, sonriendo apenas mientras sostenía su mirada.

—No tienes por qué decir esas cosas. —Ella soltó una risa baja.

—No las digo para hacerte sentir mejor. —añadió sin mirarla, como si fuera una verdad demasiado evidente para necesitar explicación.

La lluvia golpeaba con fuerza el parabrisas cuando Rinaldi descendió la rampa que conducía al aparcamiento del edificio. Apagó el motor y, durante un instante, ninguno de los dos hizo ademán de moverse. El golpeteo constante de la lluvia sobre el techo del coche llenó el silencio.

—Parece que la tormenta va para largo —murmuró Allison.

—Eso parece. —dijo Rinaldi alzando la vista hacia el parabrisas cubierto de agua.

Salieron del coche y cruzaron el aparcamiento hasta el ascensor privado. El trayecto apenas duró unos segundos, pero el silencio que los acompañó ya no resultaba incómodo. Cuando las puertas se abrieron directamente en el recibidor del dúplex, Allison dejó el bolso sobre la consola de la entrada y se quitó la chaqueta.

—Voy a preparar café.

Rinaldi la observó desaparecer en la cocina mientras se quitaba la americana y aflojaba el nudo de la corbata. No sabía en qué momento había empezado a resultarle natural verla moverse por aquella casa. O quizá nunca había dejado de serlo.

El sonido de la cafetera rompió el silencio mientras la lluvia seguía golpeando los ventanales con fuerza. Unos minutos después, Allison apareció con dos tazas entre las manos.

—He hecho demasiado café —dijo mientras le tendía una.

—Eso nunca ha sido un problema para ti. —añadió Rinaldi aceptándola con una leve sonrisa.

Allison sostuvo su mirada apenas un instante; Rinaldi giró despacio la taza entre las manos.

Claro que lo recordaba. La música que siempre terminaba sonando cuando cocinaba. La costumbre de dejar los libros abiertos boca abajo, aunque él insistiera una y otra vez en que acabaría estropeándolos.

Pequeñas cosas. Detalles que cualquiera habría olvidado con el paso de los años. Excepto él.

a tormenta rugió al otro lado del cristal. Durante unos segundos ninguno habló y, por primera vez en mucho tiempo, el silencio entre ellos no pareció una pared. Pareció un lugar donde podían quedarse.

—¿Te apetece cenar algo? —preguntó Rinaldi, rompiendo el silencio con suavidad.

—La verdad es que sí —respondió Allison, y una pequeña sonrisa apareció en sus labios.

—Podemos improvisar... aunque no prometo milagros —advirtió ella, abriendo el frigorífico con una sonrisa divertida.

Rinaldi se acercó un poco más.

—Me conformo con que sea comestible —bromeó, haciendo que ella soltara una pequeña risa.

Allison soltó una pequeña risa, una risa auténtica. Rinaldi se quedó mirándola un segundo más de lo necesario. Entonces comprendió algo que llevaba días sintiendo sin ponerle nombre: desde que Allison había vuelto, aquella casa había dejado de sentirse vacía.

No apartó la vista de ella.

—¿Qué? —preguntó Allison, arqueando una ceja.

—Nada —respondió él, negando despacio, aunque siguió mirándola.

—Sigues haciendo eso —señaló ella, entrecerrando ligeramente los ojos.

—¿El qué? —preguntó Rinaldi, fingiendo no entender.

—Mirarme como si estuvieras pensando algo que nunca vas a decir —respondió ella, sosteniéndole la mirada.

—Porque no debería decirlo —admitió Rinaldi, dejando escapar una exhalación lenta.

—¿Y quién decidió eso? —preguntó Allison, sin apartarse.

La lluvia golpeó con fuerza los cristales; él dio un paso hacia ella.

—Nosotros —respondió Rinaldi, con la voz más baja.

Allison sostuvo su mirada. Durante unos segundos, ninguno retrocedió. Ninguno avanzó.

—¿De verdad sigues creyéndolo? —preguntó muy despacio, apenas un susurro.

Rinaldi no respondió, simplemente la besó. El beso le cayó encima;no fue suave ni tierno… Fue fuego. Sus labios la reclamaban como si llevara años esperando ese permiso, y su lengua buscaba la de ella con la urgencia de alguien que se estaba ahogando.

Allison intentó pensar.

Esto está mal. Debo pararlo. Pero su cuerpo ya había decidido por ella.

Se arqueó contra él buscando más, traicionándola con una necesidad que la aterraba y la excitaba al mismo tiempo. Sentía su pecho firme contra el suyo; la tela entre ambos no ayudaba en nada. Solo empeoraba todo.

Durante todos esos años había intentado convencerse de que aquel capítulo estaba cerrado. Había vivido y conocido a otras personas. Había dejado que otros hombres se acercaran, intentando encontrar en ellos algo parecido a lo que había sentido junto a él.




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