El Eco De Tus Pasos

Capítulo 21— Lo que ya no podía perder

Capítulo 21 Lo que ya no podía perder

El sábado amaneció con una calma poco habitual en Manhattan. A esa hora, el dúplex todavía parecía suspendido entre la noche y el comienzo del día. La ciudad se movía varios pisos más abajo, pero desde allí arriba apenas llegaba un murmullo lejano, amortiguado por los cristales y por aquella hora en la que incluso Nueva York parecía tomarse un respiro.

La luz de la mañana se extendía poco a poco por los ventanales, dibujando reflejos sobre el suelo y las superficies de cristal. Dentro, todo permanecía en silencio. Demasiado silencio para una casa que, durante los últimos días, había empezado a acostumbrarse a tener dos personas dentro.

Allison fue la primera en despertar. Permaneció inmóvil unos instantes, disfrutando de aquella extraña sensación de no tener ningún lugar al que correr. Hacía mucho tiempo que un sábado no le regalaba el lujo de despertarse sin mirar el reloj.

No tardó en encontrar la respuesta, giró ligeramente la cabeza y descubrió a Rinaldi dormido a su lado. Estaba tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo a través de las sábanas. Allison permaneció quieta, observándolo mientras dormía, como si cualquier movimiento pudiera romper aquella extraña intimidad que ninguno de los dos había buscado y que, sin embargo, ahora parecía pertenecerles.

Su respiración era tranquila. Un mechón de cabello le caía sobre la frente y, por un instante, Allison tuvo la sensación desconcertante de estar viendo al hombre que existía cuando nadie más lo miraba. El hombre que ella nunca había llegado a conocer así. Y quizá lo que más la inquietaba no era tenerlo tan cerca, sino descubrir que ya no quería apartarse.

Durante años había aprendido a convivir con la ausencia. A convencerse de que algunas historias pertenecían únicamente al pasado. Sin embargo, bastó una sola noche para descubrir que el tiempo jamás había conseguido borrar aquello que ambos habían intentado esconder bajo capas de orgullo, dolor y silencios.

Sonrió sin darse cuenta al volver a mirarlo.

No había nada extraordinario en aquella escena y, sin embargo, había algo en la tranquilidad de Rinaldi, en la forma despreocupada en que dormía a su lado, que consiguió desarmarla. Durante tanto tiempo había luchado contra todo lo que aquel hombre despertaba en ella, que ahora resultaba extraño descubrirse allí, observándolo en silencio y sin sentir la necesidad de huir de lo que estaba pasando.

Con cuidado, Allison se incorporó y buscó su camisa blanca entre las prendas que habían quedado junto a la cama. Se la puso despacio, procurando no hacer ruido, y antes de salir del dormitorio volvió a mirar hacia la cama.

Rinaldi ni siquiera se había movido.

Allison dejó escapar una pequeña risa y negó con la cabeza. Nunca lo había visto descansar así, sin aquella expresión seria que parecía acompañarlo durante el día, sin el teléfono en la mano ni la atención puesta en todo cuanto ocurría a su alrededor. Allí, dormido a su lado, parecía simplemente un hombre que por fin había encontrado un lugar donde bajar la guardia.

Se quedó unos segundos más mirándolo, hasta que terminó apartando la vista con una sonrisa que ya no intentó esconder.

—Duerme —murmuró, casi para sí misma. Y salió del dormitorio.

Siempre había existido una negociación pendiente, una responsabilidad imposible de aplazar o algún problema que terminaba robándole el descanso. Aquella mañana, en cambio, parecía un hombre en paz consigo mismo.

── ──

El aroma del café comenzó a extenderse por toda la planta baja mientras Allison abría las puertas de la terraza y dejaba que el aire fresco de septiembre entrara en el dúplex. La mañana tenía algo diferente, una calma que parecía haberse instalado entre aquellas paredes después de tantos días en los que todo había sucedido demasiado deprisa.

Había decidido preparar el desayuno sin prisas. Tostó el pan mientras cortaba la fruta y, después de sacar la mantequilla y la mermelada, colocó sobre la mesa dos tazas de porcelana. Las tomó entre las manos durante un instante antes de dejarlas junto a la cafetera, sorprendida al descubrir que aquellos pequeños objetos empezaban a resultarle tan familiares como si llevara mucho más tiempo viviendo allí.

Terminaba de servir el café cuando escuchó el sonido de unos pasos descalzos acercándose por la escalera. Levantó la vista y Rinaldi apareció en el último tramo de las escaleras con unos vaqueros claros y una sencilla camiseta azul marino. Tenía el cabello ligeramente revuelto y todavía llevaba en el rostro esa expresión tranquila que Allison acababa de descubrir en él mientras dormía.

Sus miradas se encontraron y durante un instante ninguno de los dos dijo nada. Allison sostuvo la taza entre las manos mientras Rinaldi terminaba de bajar los últimos escalones y, cuando sus ojos volvieron a encontrarse, los dos sonrieron casi al mismo tiempo.

Había algo extraño en aquella escena tan sencilla, en aquel desayuno compartido y en la naturalidad con la que empezaban a ocupar el mismo espacio, como si una rutina que todavía no existía estuviera encontrando poco a poco su lugar entre ellos.

—Buenos días —dijo él al acercarse a la mesa.

—Buenos días.

Rinaldi rodeó la isla de la cocina y se detuvo frente a ella. Su mirada recorrió durante unos segundos todo lo que Allison había preparado antes de regresar a su rostro.

—Empiezo a pensar que cocinar para dos te gusta más de lo que quieres reconocer.

Allison arqueó una ceja.

—No te acostumbres demasiado. —Allison levantó una ceja, divertida.

—¿Por qué? —Rinaldi la miró con curiosidad.

—Porque la próxima vez cocinas tú. —Sonrió mientras se llevaba la taza a los labios.

Él soltó una risa baja.

—Eso es una amenaza. —Negó lentamente con la cabeza.

—No. Es un reparto equitativo de responsabilidades. —Allison dejó la taza sobre la mesa.




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