Capítulo 22 — Lo que ya no podía callar
Picolino's seguía igual que Rinaldi lo recordaba. Las mesas pequeñas, el murmullo constante de las conversaciones y aquel aroma a salsa de tomate, albahaca y pan recién hecho que parecía quedar suspendido en el aire. Habían pasado meses desde la última vez que había entrado allí con Dante, pero nada parecía haber cambiado.
Quizá por eso, al cruzar la puerta, sintió algo parecido a regresar a una parte de su vida que había dejado abandonada durante demasiado tiempo.
Dante estaba sentado en una de las mesas del fondo, junto a la ventana. Tenía una copa de agua delante y el menú abierto entre las manos.
Al levantar la vista y verlo acercarse, sonrió.
—Pensaba que llegarías tarde.
Rinaldi tomó asiento frente a él y dejó las llaves sobre la mesa.
—Nunca llego tarde.
—Eso dices siempre. —Dante cerró el menú con una sonrisa. —Y siempre pareces tener una buena excusa para no dejarte ver durante seis meses.
Rinaldi dejó escapar una risa baja.
—Han sido unos meses complicados.
—Claro. —Dante levantó una ceja mientras llamaba al camarero con un gesto. —Y yo soy el papá.
Rinaldi negó con la cabeza, todavía sonriendo.
—Sigues igual.
—Tú también. —La respuesta llegó con tanta naturalidad que durante un instante ninguno añadió nada. Había cosas que no necesitaban explicación entre ellos.
El camarero apareció poco después y Dante pidió los raviolis sin siquiera mirar la carta.
—Para mí, lo de siempre.
Rinaldi levantó la vista.
—¿Todavía sigues pidiendo los mismos?
—Llevo años perfeccionando mis decisiones. —Dante apoyó un brazo sobre la mesa. —No pienso empezar a cuestionarlas ahora.
—Eso explica muchas cosas. —Dante soltó una carcajada mientras negaba con la cabeza. —Y ahí está el hombre que recordaba.
Rinaldi sonrió, aunque aquella frase le dejó una sensación extraña, recordando al hombre que fue. Durante años había sido muchas cosas. Empresario. Arquitecto. Inversor. El hombre al que todos buscaban cuando necesitaban una respuesta.
Pero frente a Dante seguía siendo simplemente Rinaldi, y quizá por eso había aceptado aquel almuerzo. No por los raviolis, ni siquiera porque hiciera seis meses que no se veían. Había algo que necesitaba decir y solo que todavía no sabía cómo.
—¿Cómo están Rachel y Alexis? —preguntó Rinaldi mientras tomaba el vaso de agua.
—Perfectos. Alexis está creciendo demasiado deprisa. —Dante sonrió con una mezcla de orgullo y resignación. —Ya ha descubierto que puede negociar con su madre.
—Entonces ha heredado lo mejor de ti.
—Eso es exactamente lo que Rachel dice cuando quiere culparme de algo. —Dante sonrió mientras dejaba el cubierto sobre el plato.
Rinaldi soltó una pequeña risa.
—¿Y tú? —preguntó, mirándolo con curiosidad.
Dante se encogió de hombros.
—Bien. Trabajo demasiado; Rachel dice que estoy demasiado poco en casa y Alexis cree que soy el hombre más divertido del mundo.
—Disfrútalo mientras puedas.
—Eso hago. —Dante tomó un sorbo de agua. —¿Y tú?
La pregunta fue sencilla, demasiado quizá. Rinaldi bajó la mirada hacia la mesa durante un instante.
—Bien. —Dante dejó escapar una pequeña sonrisa. —Aunque sé perfectamente que cuando dices «bien» estás hablando de la empresa.
Rinaldi alzó los ojos.
—Ya lo sé.
—Te he preguntado por ti. —Dante sostuvo su mirada mientras hacía girar lentamente el vaso entre los dedos.
Rinaldi dejó pasar unos segundos antes de responder.
—Estoy intentando averiguarlo.
—Eso sí que no me lo esperaba. —Dante apoyó el vaso sobre la mesa, sin apartar los ojos de él.
—Yo tampoco. —Rinaldi dejó escapar una leve sonrisa.
Durante unos segundos, el ruido del restaurante pareció quedar lejos. Rinaldi miró hacia la ventana. La gente caminaba por la calle con la tranquilidad propia de un sábado en Manhattan, ajena a todo aquello que podía estar ocurriendo detrás de las puertas.
—Hay algo que tengo que contarte. —Rinaldi dejó el vaso sobre la mesa, consciente de que aquella conversación llevaba demasiado tiempo esperando.
Dante no apartó los ojos de él. Era una de las cosas que Rinaldi más había apreciado siempre de su amigo. Dante podía hacer bromas durante horas, pero sabía reconocer el momento exacto en que una broma dejaba de tener sentido.
—Te escucho. —Entrelazó lentamente los dedos sobre la mesa.
Rinaldi respiró hondo; había imaginado aquella conversación demasiadas veces. En ninguna había encontrado las palabras correctas.
—Allison está en Nueva York.
Dante permaneció inmóvil; la expresión de su rostro cambió tan poco que cualquiera habría pensado que no había entendido.
—¿Allison? —Repitió Dante, retirando lentamente una mano de la mesa mientras buscaba en el rostro de Rinaldi alguna explicación que todavía no había llegado.
Rinaldi asintió.
—Sí. —La palabra salió con una calma que contrastaba demasiado con todo lo que llevaba meses guardándose.
—¿Desde cuándo? —Dante mantuvo los ojos sobre él, esperando una respuesta que ya empezaba a temer.
—Hace meses. —Rinaldi sostuvo su mirada, consciente de que acababa de admitir mucho más de lo que esas dos palabras parecían contener.
La respuesta pareció caer entre los dos con mucho más peso del que Rinaldi había previsto.
—Meses. —Dante se recostó lentamente en la silla, dejando que la palabra permaneciera entre ambos antes de volver a hablar—. Y no me habías dicho nada.
—No. —Rinaldi negó despacio, sin apartar la mirada de él.
Dante bajó los ojos hacia la mesa, dejando escapar el aire lentamente antes de volver a enfrentarlo.
—¿Está bien? —preguntó sin reproche, y aquella preocupación tranquila hizo que a Rinaldi le resultara todavía más difícil responder.
—Sí. —Rinaldi sostuvo su mirada durante unos segundos antes de añadir: —Está bien.
#3121 en Novela romántica
#955 en Novela contemporánea
amores del pasado, segundas opotunidades, secretos y sentimientos
Editado: 08.09.2026