El Eco De Tus Pasos

Capítulo 23 — Lo que estaba por llegar

Capítulo 23 — Lo que estaba por llegar

Rinaldi salió de Picolino’s y permaneció unos segundos en la acera, dejando que el movimiento del restaurante se mezclara con las voces que llegaban desde los restaurantes y el sonido lejano del tráfico.

Dante acababa de despedirse desde la puerta del restaurante con la promesa de no esperar otros seis meses para volver a verlo, mientras Dante había tomado el camino contrario, rumbo a su dúplex.

Rinaldi sonrió para sí; hacía mucho tiempo que no salía de una conversación sintiéndose más ligero de lo que había entrado.

Durante años había aprendido a cargar solo con todo aquello que le tocaba: las decisiones difíciles, la culpa y el peso de unos recuerdos que nunca terminaban de marcharse.

Aquella comida le había recordado algo que casi había olvidado: incluso los hombres más fuertes necesitaban, de vez en cuando, sentarse frente a un amigo y dejar de fingir que podían sostener el mundo entero sobre los hombros.

Subió al coche y puso rumbo al dúplex y mientras esperaba en un semáforo de Broadway, una idea apareció de forma casi involuntaria.

Allison.

Se preguntó qué estaría haciendo. Quizá siguiera leyendo en la terraza, o tal vez hubiera salido a caminar. También podía estar sencillamente allí, disfrutando de aquella mañana tranquila y esperándolo.

Aquella posibilidad le hizo sonreír. No era la idea de que Allison estuviera pendiente de su regreso lo que le provocaba aquella sensación, sino algo mucho más sencillo y, para él, mucho más importante: después de todos estos años, había alguien esperándolo.

Y esa sensación valía más que cualquier contrato que hubiera firmado en toda su vida.

── ──

A varios kilómetros de allí, Dante cruzó el vestíbulo de su edificio saludando al portero con la familiaridad de quien llevaba media vida entrando y saliendo de aquel lugar.

—Bienvenido a casa, señor Lombardi.

—Gracias, Michael. ¿Todo tranquilo? —Dante le dedicó una sonrisa mientras se acercaba al ascensor.

—Tan tranquilo como puede estar Manhattan un sábado.

—Entonces nada ha cambiado.

El portero sonrió mientras las puertas del ascensor privado se cerraban. Dante apoyó la espalda contra el panel de acero cepillado y dejó escapar un largo suspiro.

Todavía seguía dándole vueltas a la conversación mantenida con Rinaldi.

Había imaginado muchas veces cómo sería el día en que aquellos dos dejaran de luchar contra el pasado, pero la realidad había superado cualquiera de sus expectativas.

No era solo que Allison viviera en el dúplex, sino la forma en que Rinaldi había pronunciado su nombre, la tranquilidad con la que había sonreído y aquella paz que parecía acompañar cada uno de sus gestos.

Durante demasiado tiempo había visto a su mejor amigo sobrevivir y aquella tarde, sin embargo, había vuelto a verlo vivir.

Las puertas se abrieron directamente en el salón del ático; dejó las llaves sobre la consola de la entrada y caminó despacio hasta los enormes ventanales que dominaban el Hudson.

Nueva York comenzaba a vestirse de luces mientras el sol descendía lentamente entre los edificios.

Sacó el teléfono del bolsillo; no necesitó buscar demasiado.

El primer nombre de la lista era el único al que quería llamar.

Rachel ❤️

La llamada apenas sonó dos veces.

—¿Hola? —La voz de Rachel llegó acompañada por el rumor del viento.

Dante sonrió sin darse cuenta; podía imaginar exactamente dónde estaba. Seguramente sentada en la terraza, con el Mediterráneo extendiéndose frente a ella y Alexis correteando por el jardín detrás de Chester, el viejo labrador que se había convertido en su mejor compañero de juegos.

—Hola, amore. —Dante dejó escapar una pequeña sonrisa.

—Ya era hora. Empezaba a pensar que Nueva York había decidido quedarse contigo.

—Todavía no ha tenido esa suerte. —Dante apoyó una mano contra el cristal mientras contemplaba las luces de la ciudad.

Ella dejó escapar una risa.

—¿Cómo ha ido el viaje?

—Bien. —Dante se dejó caer en uno de los sillones junto a los ventanales.

—¿Y las reuniones?

—Las reuniones pueden esperar hasta el lunes. —Apoyó una mano sobre el cristal y dejó que la mirada se perdiera unos segundos en el río.

Al otro lado de la línea se hizo un silencio; Rachel conocía demasiado bien aquella voz. No era la de un hombre cansado después de un vuelo. Era la de alguien que acababa de vivir algo importante. Algo que todavía estaba intentando ordenar dentro de sí.

—Dante... ¿Qué ha pasado?

Él tardó unos segundos en responder.

—¿Es Rinaldi? —preguntó Rachel en voz baja, incorporándose ligeramente.

—Sí. —Dante apoyó la cabeza contra el respaldo del sillón.

La preocupación apareció de inmediato.

—¿Está bien? —Rachel dejó escapar el aire lentamente.

Dante sonrió. Era una de esas sonrisas tranquilas que muy pocas veces nacían sin esfuerzo.

—Mejor de lo que lo he visto en mucho tiempo. —Dante dejó que la sonrisa permaneciera unos segundos.

Rachel dejó de respirar durante un instante. Aquella respuesta no la tranquilizaba… La desconcertaba.

—No me asustes. —Rachel frunció ligeramente el ceño.

—No es eso. Es que... No sé cómo explicarlo. —Dante bajó la mirada un instante antes de volver a levantarla.

Rachel frunció ligeramente el ceño. Había algo distinto en la voz de su marido. Esperanza y entonces lo comprendió.

—Estás sonriendo. —Rachel dejó escapar una pequeña risa, como si acabara de descubrir la respuesta.

Dante soltó una risa baja.

—Sí. —La sonrisa se hizo un poco más amplia. —Creo que hoy he recuperado a mi mejor amigo.

—Explícamelo.

—No. —dijo él negando despacio, aunque ella no pudiera verlo. Porque esa historia no me pertenece, quiero que seas tú quien la escuche, mirándolos a los dos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.