El Efecto Oliver

11. EL PUNTO DE FUSION

CALI
La cena de celebracion en casa de los Vega fue un torbellino de voces, risas y brindis que apenas pude registrar. Sentada al lado de Oliver, sentia el calor de su muslo contra el mio bajo la mesa. Elen no paraba de servir comida y Maya me lanzaba miradas de complicidad, pero mi mente estaba en otro lugar. Estaba en el hecho de que, en pocas horas , el coche de Oliver estaria cargado y èl se marcharia.

Èl parecio notar que algo no andaba bien.
-¿Que pasa, genio?- me susurro en el oido, haciendo que una descarga electrica cruzara todo mi cuerpo. -¿Ya me extrañas, y ni siquiera me he ido?. Te digo algo, Cali- dijo, con la voz un poco mas ronca.
-¿Que?- le dije lo mas bajo que pude,ignorando lo que me estaba provocando tenerlo asi y viendo si alguien se daba cuenta de lo cerca que estabamos.
Senti como una de sus manos se deslizaba por mi pierna, hacia esa abertura que tenia mi vestido. Todos mis sentidos se pusieron en alerta, mirando para todos lados. Pero todos parecian estar absortos en sus cosas, incluso Maya que hace rato no paraba de mirarnos.
-Me estoy volviendo loco, por sacarte ese vestido. No tienes una idea de lo que me he aguantado toda la noche- mientras su mano se colaba por debajo de mi vestido, subiendo por mis muslos dejando rastros de electricidad por donde pasaban sus dedos.
Subia y me acariciaba con una delicadeza. Como si quisera memorizar cada parte.
Pegue un pequeño respingo cuando sus dedos acariciaron ahi, muy cerca de mis bragas.
-Oliver...- dije, en una especie de jadeo bajo.
-¿Todo bien mi genio?- me pregunto, mirandome con una sonrisa en su rostro mientras detenía las caricias, dejando un vacio donde antes estaban sus caricias.

No espero a que le respondiera y siguió escuchando la conversación, mientras que volvia a acariciarme las piernas.
La tension que sentia en mi entrepierna, eran como descargas a todo mi cuerpo. Mi corazon latia tan fuerte que creia que s eme iba a salir, y el deseo aumentaba cada vez que Oliver volvia a subir la mano un poco más. Hasta que uno de sus dedos rozo esa parte tan sencible.

No entendia como él podiia estar tan tranquilo, mientras que yo era una bomba que en cualquier momento iba a explotar.
Me acomode un poco en mi silla para disimular, pero a Oliver parecio no importarle porque no retiro la mano, sino que se tomo el atrevimiento de colar uno de sus dedos por mis bragas y empezar a tocarme, en ese punto, ese lugar que hace tanto tiempo nadie tocaba.
No es que no hubiese tenido sexo, sino que nadie me habia provocado tanto como lo estaba haciendo Oliver en este momento.

Le agarre la muñeca, esperando que se detuviera, porque si seguia asi iba a terminar dando un espectáculo enfrente de todos.
Dandome unos ultimos toques de placer, retiro la mano y se levanto de la mesa.
-Perdon a todos, pero me voy a dormir. Mañana tengo un dia muy largo- dijo, mirando a todos.
Me agarro de la mano y no espero saludo de ninguno.
Finalmente logramos escapar de la sobremesa y caminamos hacia su habitación, el silencio de la casa se sintió denso, cargado de una urgencia que ya no podíamos ignorar.

Oliver cerró la puerta y, por un momento, nos quedamos allí, de pie en la penumbra, iluminados solo por la luz de la luna que entraba por la ventana.
El sonido del pestillo al encajarse fue como el disparo de salida para una carrera que llevábamos horas queriendo correr. El silencio de la habitación no era tranquilo; vibraba con la misma electricidad que sus dedos habían dejado grabada en mi piel bajo la mesa.
Oliver no se movió de inmediato. Se quedó apoyado contra la puerta, su figura recortada por la luz plateada de la luna. Sus ojos, esos pozos verdes con destellos dorados, ardían con una intensidad que me hizo flaquear las piernas. Ya no era el arquitecto calculador ni el chico bromista de la cena; era un hombre que contaba los minutos antes de que el mapa de su vida lo alejara de mí.
-Ven aquí, Cali- dijo, y su voz fue un roce de lija y seda en la oscuridad.
No esperé. Crucé el espacio que nos separaba y me estrellé contra él. Sus manos, grandes y seguras, acunaron mi rostro antes de que sus labios encontraran los míos en un beso que sabía a desesperación. Fue un beso hambriento, de esos que no piden permiso, que intentan absorber el alma del otro para guardarla en una botella antes del viaje.
Sus manos bajaron rápidamente por mi espalda, buscando desesperadamente la cremallera de ese vestido que tanto lo había torturado durante la cena.
-Dijiste que te estabas volviendo loco por quitármelo- susurré contra su cuello, mientras sentía sus dientes rozar mi lóbulo.
-Me quedé corto- gruñó él. -Ver cómo te movías en esa silla, saber que solo yo sabía lo que estaba pasando debajo de esa tela... Cali, eres una tortura deliciosa.
Sentí el frío de la cremallera bajando, liberando la tensión. El vestido cayó al suelo dejándome expuesta ante él. Oliver retrocedió un centímetro, solo para mirarme. Sus ojos recorrieron cada curva, cada centímetro de mi piel, como si estuviera memorizando un plano arquitectónico sagrado, una estructura que no quería olvidar jamás.
-Eres perfecta, mi genio- murmuró, su mirada deteniéndose en mis ojos. -No sé cómo voy a ser capaz de subirme a ese coche mañana.
-Entonces no pienses en mañana- le dije, agarrándolo por el cuello de la camisa y tirando de él hacia la cama. -Solo existe lo que podemos sentir ahora-
Él sonrió, esa sonrisa ladeada que siempre me desarmaba, y me cargó con una facilidad que me dejó sin aliento. Cuando caímos sobre las sábanas, el mundo exterior (la cena, los Vega, la mudanza, los kilómetros de carretera) se desvaneció por completo. En la penumbra de esa habitación, solo quedaba el ritmo de nuestra respiración y la urgencia de dos personas que intentaban detener el tiempo con la fuerza de sus cuerpos.

Oliver se situó sobre mí, apoyado en sus antebrazos, y por un momento se quedó quieto, mirándome con una vulnerabilidad que me apretó el corazón. Las manchitas doradas en sus ojos brillaban bajo la luna.
-Cali- susurró, pasando un pulgar por mi labio inferior. -Grábame en tu mente. Porque yo no voy a soltarte ni un segundo, incluso cuando esté lejos-
Me acerqué más a él, enredando mis dedos en su cabello, tirando lo suficiente para que nuestras frentes se tocaran. El calor que emanaba su cuerpo era el único refugio que quería conocer.
-No hables, Oliver- rogué en un susurro. -Solo... haz que el resto del mundo desaparezca-
Él no necesitó que se lo dijera dos veces. Sus labios bajaron por mi mandíbula hasta llegar a mi cuello, donde depositó besos lentos y profundos, marcando territorio, recordándome con cada contacto que, aunque su coche estuviera cargado, su rastro se quedaría conmigo. Mi respiración se volvió errática cuando sus manos volvieron a encontrar mis muslos, pero esta vez sin la barrera de la tela, sin la mirada de nadie más, solo piel contra piel.
Sentí la aspereza de sus palmas -esas manos de arquitecto acostumbradas a sostener el mundo- recorriendo mi cintura con una urgencia contenida. Cuando su lengua delineó la curva de mi oreja, un gemido se me escapó sin previo aviso.
-Cali- dijo mi nombre como si fuera un secreto sagrado. - Llevo meses soñando con este momento. Con tenerte así, sin ingenierías, sin armaduras. Solo tú-
Me deshice de su camisa con movimientos torpes, desesperada por sentir el latido de su corazón contra el mío. Cuando finalmente su pecho desnudo presionó contra mis pechos, el contacto fue como una explosión. Era sándalo, era lluvia, era el olor de los planos viejos y de las noches de estudio, todo mezclado en el hombre que me estaba volviendo loca.
Oliver se separó lo justo para quitarse el resto de la ropa, sus ojos verdes nunca abandonaron los míos.
En la penumbra, su cuerpo parecía una escultura perfectamente trazada, pero llena de una vida vibrante que me llamaba a gritos. Volvió a cubrirme, atrapando mis manos sobre mi cabeza, entrelazando sus dedos con los míos.
-Mírame -ordenó suavemente.
Lo hice. Sus ojos estaban oscuros, la pupila dilatada ocultando casi por completo el verde, dejando solo ese anillo de chispas doradas que brillaban con la luz de la luna. Una de sus manos, bajo por mi vientre, deteniéndose justo donde antes, en la mesa, me había dejado a medias.
Esta vez no hubo prisas, pero sí una intensidad abrumadora. Sus dedos se movieron con una maestría que me hizo arquear la espalda, buscando más, necesitando llenar el vacío que su partida iba a dejar en mi pecho. Cada caricia era una promesa, cada beso era un "volveré".
-Eres fuego, Cali -gruñó él, su voz vibrando en mi pecho mientras me penetraba lentamente, rompiendo cualquier última barrera entre nosotros-. Y yo estoy dispuesto a quemarme contigo toda la noche-
Me aferré a sus hombros, clavando mis uñas en su espalda, mientras nuestros ritmos se encontraban en una danza perfectamente sincronizada. No era solo sexo; era la colisión de dos mundos que se resistían a separarse. En ese momento, bajo el techo de la casa de los Vega, el observatorio de piedra y mis vestidos llenos de bolsillos parecían pertenecer a otra vida. Aquí, solo existía el roce de nuestras pieles, el sudor que empezaba a cubrirnos y la certeza de que, pasara lo que pasara mañana, esta noche le pertenecía por completo a Oliver.




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