El Efecto Oliver

12. EL SABOR DE LA DESPEDIDA

CALI
El azul metálico del amanecer comenzó a filtrarse por las rendijas, recordándome cruelmente que el mundo seguía girando. Me desperté antes que él. Me quedé un rato observándolo en silencio; Oliver dormía con una mano todavía rodeando mi cintura, como si incluso en sueños temiera que me fuera a escapar. La luz de la mañana hacía que las motas doradas de sus ojos, ahora cerrados, descansaran bajo sus párpados.
Me levanté con cuidado y me puse su camisa. Me quedaba enorme y el aroma a él me envolvió como un abrazo.
Salí al pequeño balcón. Abajo, su coche estaba estacionado, cargado de cajas. Se veía tan definitivo, tan real.
Sentí unos pasos suaves detrás de mí. Unos brazos cálidos me rodearon y él apoyó la barbilla en mi hombro.
-No te vayas todavía- susurró, con la voz ronca.
-No soy yo la que se va, Oliver- respondí, tratando de que no se me cortara la voz. Me giré en sus brazos para mirarlo. Tenía el pelo revuelto y esa mirada melancólica que solo me mostraba a mí.
-Ven conmigo- soltó de repente. No era la primera vez que lo decía, pero esta vez sonaba a una súplica real.
Negué con la cabeza, acariciando su mejilla. El nudo en mi garganta era insoportable.
-Sabes que no podemos hacerlo así. Tú tienes esa ciudad esperándote para que la levantes, y yo... yo tengo que terminar lo que empecé aquí. No seríamos nosotros si dejáramos todo tirado-
Él suspiró, cerrando los ojos y pegando su frente a la mía. Sabía que yo tenía razón, aunque le doliera.
-Prométeme una cosa- dijo, apartándome un mechón de la cara. -Que no vas a dejar de ir al observatorio. No dejes que ese lugar se vuelva silencioso solo porque yo no estoy-
Sonreí con tristeza y lo besé, un beso que sabía a despedida y a promesas silenciosas.
-Te lo prometo-

La casa de los Vega, que solía ser ruidosa y cálida, se sentía extraña bajo la luz gris de la mañana. En la cocina, Elen servía café en tazas de cerámica con un silencio inusual, y Maya evitaba mi mirada, concentrada en untar una tostada que probablemente no se comería.
-Lleva algo para el camino- dijo Elen, entregándole a Oliver una bolsa con comida, forzando una sonrisa que no le llegaba a los ojos. -No quiero llamadas diciendo que tienes hambre a mitad de la autopista-
Oliver rió suavemente, pero era una risa corta, cargada de la tensión del "adiós". El intercambio de abrazos con su familia fue rápido; no querían prolongar la tortura. Yo me quedé un paso atrás, observando cómo cargaba la última maleta, sintiendo que cada cierre de puerta del coche era un golpe en mi pecho.
Finalmente, se detuvo frente a mí. El resto del mundo se desvaneció por un segundo. Me tomó de la nuca y me besó una última vez, con un hambre que decía: "No me olvides".
-Nos vemos pronto, genio- susurró contra mis labios.
-Más pronto de lo que crees- mentí, intentando ser valiente.

Cuando Oliver subió al coche y arrancó el motor, sentí un frío repentino, como si se hubiera llevado el sol con él. Sacó la mano por la ventana, saludando mientras se alejaba. Me quedé allí, de pie en la acera, mirando el asfalto hasta que el coche desapareció por completo y el sonido del motor fue reemplazado por el canto de los pájaros y el ruido lejano de la ciudad despertando.
Caminé de regreso hacia la casa, pero no fui a la cocina con los demás. Necesitaba estar en su habitación una última vez antes de que la magia se disolviera. El olor a sándalo seguía allí, impregnado en las sábanas revueltas. Me acerqué a la mesa de trabajo donde anoche él había dejado su chaqueta. Allí, junto a una lámpara apagada, estaba el cuaderno desgastado de cuero marrón que siempre llevaba consigo.
Lo tomé entre mis manos. Tenía los bordes gastados de tanto uso. Al abrirlo, no encontré solo planos o cálculos arquitectónicos. En la primera página, con su letra elegante pero apresurada, había una nota pegada con cinta:
"Para Cali. Por si el cielo se nubla y olvidas que las estrellas siguen ahí. No abras la página 42 hasta que llegues al observatorio. Te quiero."
Sentí que el corazón me daba un vuelco. Apreté el cuaderno contra mi pecho. Oliver se había ido, sí, pero me había dejado sus pensamientos, sus secretos y una razón para volver a subir aquellas escaleras de piedra.
Me quité su camisa, la doblé con cuidado para que no perdiera su aroma, y me puse mi propia ropa. Pero mientras salía de la habitación, supe que nada volvería a ser igual. El observatorio me esperaba, y ahora, el cuaderno de Oliver era mi nuevo mapa.

El resto de la mañana fue un ejercicio de supervivencia emocional. Elen y Maya se movían por la casa como sombras, evitando mencionar el hueco que se sentía en la mesa del desayuno. Me serví una taza de café que terminó enfriándose sobre el mármol de la encimera mientras yo miraba un punto fijo en la pared. Cada vez que escuchaba un motor pasar por la calle, mi corazón daba un vuelco involuntario, esperando, estúpidamente, que fuera él dando media vuelta porque se había olvidado de algo. O porque no podía soportar la distancia.

-Cali, cielo, ¿vas a ir a la facultad?- la voz de Elen me devolvió a la realidad. Me miraba con esa ternura que solo las madres, o las personas que te quieren como una, saben proyectar.
-Sí- mentí, aunque lo único que quería era ovillarme en su cama y desaparecer. -Tengo que terminar unos cálculos para el proyecto final-
Subí a buscar mis cosas. Al entrar de nuevo en su cuarto, el vacío me golpeó con la fuerza de un huracán. La cama estaba hecha ahora, Elen había pasado por allí, borrando el rastro de nuestra noche. Parecía que Oliver nunca hubiera estado allí, de no ser por el cuaderno que yo mantenía apretado contra mi costado.

Salí de la casa de los Vega y caminé hacia la facultad. El aire de la mañana estaba inusualmente frío. Mis pasos se sentían pesados. Crucé el campus esquivando a la gente, sintiéndome más "yo" que nunca en mi ropa, esa armadura que me protegía del mundo, pero que hoy se sentía demasiado delgada.
Al llegar a la facultad de Ingeniería, el ruido de los talleres y las voces de los estudiantes me resultaron insoportables. No podía entrar a una clase. No podía fingir que me importaba la termodinámica cuando mi propia energía interna estaba bajo mínimos. Mis pies, casi por instinto, me llevaron hacia la azotea.
Subí las escaleras de piedra a toda prisa, con el corazón martilleando contra mis costillas. Al abrir la pesada puerta de madera del observatorio, el silencio me recibió como un bofetón. Ayer, este lugar olía a él. Hoy, el olor a él habia desaparecido, devorado por el aroma habitual de polvo y metal viejo.
Me acerqué a mi mesa de trabajo. Allí estaba todo: mis herramientas, mis planos, el telescopio apuntando hacia un cielo que ahora se veía gris y aburrido.
Me senté en mi taburete y dejé el cuaderno de Oliver frente a mí.




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