El Efecto Oliver

13. EL VACIO

OLIVER
El asfalto se sentía como una cinta interminable que me arrancaba de donde quería estar.
Había conducido cientos de veces, me encantaba la libertad de la carretera, pero hoy, el volante de mi coche pesaba toneladas. Cada kilómetro que marcaba el cuentakilómetros era una puñalada de realidad: me estaba alejando de ella.
Miré de reojo el asiento del copiloto. Estaba lleno de carpetas de la constructora y mi cámara de fotos, pero para mí, ese espacio estaba vacío. Me faltaba el ruido de sus manos, su risa sarcástica cuando yo intentaba ser demasiado romántico, o simplemente su presencia silenciosa que llenaba cualquier lugar.
El olor de mi propio perfume me irritaba porque me recordaba a su piel, a cómo la había sentido bajo mis manos apenas unas horas antes.

Me dolía el cuerpo, no por el viaje, sino por la tensión de haberla dejado en esa acera, viéndose tan pequeña y a la vez tan fuerte en su uniforme de combate.
-Maldita sea, Cali- gruñi para mis adentros, apretando el volante.
Me detuve en una gasolinera a mitad de camino, más por necesidad de estirar las piernas que por falta de combustible.
El aire fuera del coche era impersonal, frío y olía a gasolina y café quemado. Saqué el móvil del bolsillo. Tenía una docena de notificaciones: mi nuevo jefe confirmando la reunión de mañana, el agente inmobiliario con las llaves del apartamento... pero nada de ella.
Entraba y salía de su chat. Escribía y borraba. No quería que supiera lo mucho que me estaba costando. Ella necesitaba que yo fuera el arquitecto seguro de sí mismo, el que tenía un plan, no un chico de veintitrés años que sentía que se le escapaba el alma por el espejo retrovisor.
Finalmente, le envié algo simple:
"He parado a tomar un café horrible. Este lugar no tiene ni la mitad de estilo que tu observatorio. Espero que el telescopio se esté portando bien contigo."
Guardé el teléfono antes de ver si respondía. Necesitaba seguir.

Cuando finalmente entré en la ciudad que sería mi nuevo hogar, el contraste fue violento. Edificios de cristal, tráfico pesado, gente con prisa. Era el sueño de cualquier arquitecto, un lienzo en blanco para mi carrera, pero se sentía gris. Aparqué frente al que sería mi edificio. El apartamento estaba en un piso diez, con grandes ventanales. Lo había elegido por la luz, pero ahora, mientras subía las cajas en el ascensor, solo podía pensar en que no había una cúpula de piedra ni escaleras desgastadas por el tiempo.

Dejé la última caja en el suelo y me acerqué al ventanal. La ciudad estaba empezando a encender sus luces. Era una red eléctrica compleja, hermosa a su manera, pero mis ojos buscaban instintivamente hacia el horizonte, hacia donde sabía que estaba ella.
Me senté en el suelo, rodeado de cajas sin abrir, y saqué mi cuaderno de bocetos de la mochila. Sentí un vacío en el pecho al recordar que el mío, el que tenía todos mis pensamientos sobre ella, se lo había dejado en mi mesa de luz.
Abrí uno nuevo, en blanco. La primera página siempre daba respeto, pero hoy mis manos se movían solas.
No dibujé un edificio moderno. Dibujé sus ojos. Esos ojos que me miraban con un desafío constante, pero que anoche se habían vuelto dulces y vulnerables bajo la luz de la luna. Dibujé la forma en que se mordía el labio cuando estaba concentrada.
El silencio del apartamento era ensordecedor.
En casa de mis padres siempre había ruido: mi madre cocinando, Maya protestando por algo, o Cali y yo discutiendo sobre si una estructura debía ser funcional o estética. Aquí, solo estaba el zumbido de la nevera y el tráfico lejano.
Me serví un vaso de agua y me quedé mirando el teléfono sobre la mesa. Eran casi las diez de la noche. Ella estaría en el observatorio ahora, o quizás intentando dormir en su cama, envuelta en esa ropa técnica que cosía para mantener al mundo a raya.
Me preguntaba si ya habría abierto el cuaderno. Si habría llegado a la página.
Me moría de miedo de que lo leyera y pensara que era un cursi, pero a la vez, necesitaba que supiera que, para mí, ella era el diseño más perfecto que jamás vería.

Me tumbé en el colchón que apenas había tenido tiempo de desenrollar. La primera noche sin ella se sentía como una condena. Cerré los ojos y traté de imaginarme que el sándalo que olía era porque ella estaba al otro lado de la cama.
-Mañana será mejor, Oliver- me dije en voz alta, pero mi propia voz sonó extraña en esa habitación vacía. -Solo es distancia. Solo son kilómetros-
Pero mientras intentaba dormir, sabía que me estaba mintiendo. La distancia no eran kilómetros; era el hecho de que mi centro de gravedad se había quedado a cientos de leguas de allí, en un edificio circular de piedra donde una ingeniera de ojos intensos estaba tratando de descifrar las estrellas sin mí.

No aguante mas y la llame.

CALI
Me desperté sobresaltada por la vibración del teléfono contra la madera de la mesita de noche. En la oscuridad de mi cuarto, la pantalla encendida era un faro que quemaba mis ojos cansados. Eran las tres de la madrugada. No necesité leer el nombre para saber quién era; mi corazón, que había estado latiendo en un ritmo lento y melancólico desde que él se fue, se disparó de golpe.
-¿Oliver?- mi voz salió más rota de lo que esperaba, un susurro cargado de sueño y de una necesidad que me avergonzaba admitir.
Al otro lado, solo escuché su respiración durante unos segundos. Era un sonido pesado, rítmico, que me hizo cerrar los ojos y apretar el auricular contra mi oreja como si pudiera acortar los kilómetros que nos separaban.
-No podía dormir, Cali- dijo finalmente. Su voz sonaba más grave a través del teléfono, con esa distorsión metálica que lo hacía sentir real y lejano al mismo tiempo. -Este lugar es demasiado silencioso. He intentado de todo, pero el eco de mis propios pasos me pone de los nervios-

Me senté en la cama, envolviéndome en la manta. El frío de la madrugada se colaba por las rendijas, pero el calor que empezaba a subirme por el pecho no tenía nada que ver con la temperatura ambiente.
-Bienvenido al mundo de los mortales- respondí, intentando recuperar un poco de mi tono sarcástico habitual para no sonar tan vulnerable. -En el observatorio también ha sobrado espacio hoy. Creo que hasta el telescopio está deprimido; no logré enfocar ni una sola estrella con claridad-
Él soltó una risa corta, una de esas que hacían que se le formaran pequeñas arrugas en las comisuras de los labios. Podía imaginarlo perfectamente, tirado en algún colchón a medio armar en su nuevo apartamento, mirando un techo que no conocía.
-¿Has abierto el cuaderno?- preguntó de repente. Su tono cambió, volviéndose más suave, casi temeroso.
Me quedé en silencio un momento, recordando la página 42 y la forma en que mis dedos habían temblado al acariciar su dibujo.
-Lo hice. Oliver...- hice una pausa, buscando las palabras adecuadas. -No sabía que me veías así. Como algo inquebrantable. A veces siento que estoy sostenida por hilos muy finos, que si alguien tira demasiado fuerte, todo lo que he construido se vendrá abajo-
-Eso es porque eres la ingeniera de tu propia vida y solo ves las posibles fallas- respondió él, y pude notar por su tono que se había puesto serio. -Pero yo soy arquitecto, Cali. Yo veo la estructura completa. Veo cómo te mantienes en pie incluso cuando el viento sopla de cara. Eres el edificio más sólido que conozco-




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