CALI
La alarma del móvil me arrancó del sueño apenas un par de horas después de colgar con Oliver.
Me quedé un momento quieta, mirando el techo de mi habitación en el campus.
Es un cuarto pequeño, de paredes blancas y algo descascaradas que he intentado cubrir con esquemas de motores y piezas de metal que voy recogiendo, pero hoy se sentía inmenso.
El silencio después de haber escuchado su voz durante horas era como un zumbido en los oídos que no me dejaba tranquila.
Me levanté arrastrando los pies y me puse una sudadera vieja, de esas que son tres tallas más grandes y te hacen sentir que puedes esconderte del mundo. Me dolía todo el cuerpo de la tensión de ayer, pero sobre todo me pesaba el pecho.
Es curioso cómo funciona la ingeniería de las emociones: puedes construirte una armadura de acero durante años, pero basta que alguien encuentre la frecuencia exacta de tu voz para que todo empiece a vibrar hasta romperse.
Me senté en mi escritorio y vi el cuaderno que él me dejó. Lo toqué con la punta de los dedos, con cuidado, como si fuera un mecanismo de relojería que pudiera estropearse si lo presionaba demasiado.
Anoche, por teléfono, me sentí fuerte. Su risa me dio esa energía que necesitaba para no derrumbarme, pero ahora, sola entre estas cuatro paredes, me sentía como si me faltara una pieza clave del motor.
—Espabila, Cali —me susurré a mí misma, pero mi voz sonó extraña en el cuarto vacío.
Bajé a la cafetería del campus solo por el olor a café, buscando desesperadamente algo que me hiciera sentir normal, algo que me devolviera a mi rutina de siempre. Pero todo era distinto.
A mi alrededor, la gente hablaba de los exámenes que venían o de la fiesta del próximo viernes, y yo los miraba como si hablaran un idioma extranjero.
¿Cómo podían seguir tan tranquilos? Yo sentía que el mundo se había inclinado unos grados y que estaba haciendo un esfuerzo sobrehumano para no resbalar.
Caminé hacia el edificio de Ingeniería con la cabeza gacha. Entrar en el taller me ayudó un poco; el olor a grasa y el sonido de las máquinas siempre han sido mi calma.
Me puse a trabajar en un motor viejo que llevaba semanas dándome problemas. Me manché las manos de aceite y me concentré en el movimiento de los pistones. Por un momento, funcionó. Por un momento, el ruido del metal ocultó el ruido de mis pensamientos.
Pero entonces, al ir a buscar una llave inglesa en mi caja de herramientas, mis dedos rozaron un pequeño boceto que Oliver había dibujado allí un día de la semana pasada, mientras me veía trabajar.
Era una caricatura de mí, con el ceño fruncido y una mancha de grasa en la mejilla. La rabia y la ternura me golpearon a la vez.
—Maldita sea, Oliver —murmuré, cerrando la caja de golpe.
Me senté en el taburete, ignorando el motor. Saqué el móvil del bolsillo.
No tenía mensajes nuevos.
Eran las once de la mañana y él debía estar en medio de su primer gran caos en la constructora.
Me lo imaginaba rodeado de planos gigantes, con esa cara de seguridad que pone cuando sabe que tiene razón, mientras que yo aquí me sentía como un proyecto a medio terminar.
Para distraerme, decidí ir a la biblioteca. Necesitaba estudiar, necesitaba que los números ocuparan el espacio de los recuerdos.
Pero fue peor. Cada vez que leía la palabra "estructura", me acordaba de él diciéndome que yo era el edificio más sólido que conocía.
Cada vez que veía un cálculo de "resistencia", pensaba en cuánta resistencia me quedaba a mí antes de llamarlo otra vez solo para oírlo respirar.
Regresé a mi habitación cuando el sol ya empezaba a caer. Tiré la mochila en un rincón y me tumbé en la cama sin encender la luz.
Me quedé mirando el teléfono, que descansaba sobre la almohada, esperando esa vibración que me diera permiso para relajarme.
Me di cuenta de que Oliver tenía razón en algo que me dijo una vez: yo siempre me había creído inquebrantable. Me enorgullecía de no necesitar a nadie, de ser mi propio muro de carga. Pero ahora que él no estaba, me sentía inestable. No era que no supiera estar sola —he sido una experta en soledad toda mi vida—, es que ahora conocía la diferencia. Estar sola por elección es poder; estar sola porque él se ha ido es un vacío que no se llena con nada.
Apreté la almohada contra mi cara, aspirando un rastro casi inexistente de su perfume que parecía haberse quedado pegado a mis sábanas.
Me sentía una cursi, una de esas chicas de las que siempre me he burlado en las películas, pero la verdad era que mi cuarto estaba demasiado frío y demasiado callado. Me faltaba su desorden, sus preguntas que no venían a cuento y esa forma que tiene de mirarme como si fuera lo más interesante del planeta.
Finalmente, el móvil vibró. Fue un sonido corto, pero para mí sonó como una explosión.
Oliver: Acabo de llegar a casa. He visto un edificio que tenía las ventanas torcidas y he estado a punto de bajarme del coche para arreglarlo, pero me he acordado de que me habrías llamado exagerado.
¿Has cenado ya, genio? Dime que no te has alimentado solo de café y tornillos.
Solté un suspiro que ni siquiera sabía que estaba reteniendo. Me acurruqué de lado en la cama, pegando el teléfono a mi pecho antes de contestar.
Cali: He cenado una manzana y algo que parecía pan, así que no te quejes.
Y sí, eres un exagerado, deja las ventanas de la ciudad en paz y descansa.
Mi habitación es demasiado grande hoy, Oliver. Y no me gusta nada.
Oliver: La mía también. Pero cierra los ojos, Cali. Imagina que estoy ahí quejándome de que has dejado tus herramientas sobre la colcha. Te quiero. Descansa.
Cerré los ojos y, por primera vez en todo el día, mis músculos se relajaron.
Me quedé dormida con el teléfono aún en la mano, dándome cuenta de que la distancia es solo una prueba. Y aunque nosotros estuviéramos a cientos de kilómetros, los cimientos seguían ahí, aguantando el peso de todo lo que sentíamos.