El Efecto Oliver

16. RESISTENCIA A LA FATIGA

CALI
No dormí. Pasé la noche dando vueltas entre las sábanas, escuchando el zumbido de la calefacción de la residencia y mirando el teléfono cada diez minutos.

Me sentía agotada, pero de esa forma en la que el cerebro no se apaga porque hay una pieza del motor que no encaja y hace un ruido constante.

El mensaje de Oliver se había quedado grabado en mi retina como una quemadura. "Supongo que la ciudad no es lo único que cambia".
Esa frase era un golpe bajo, una forma de decirme que ya no confiaba en la solidez de lo que teníamos.

A las siete de la mañana, cuando el sol apenas empezaba a teñir de gris el cielo del campus, mi teléfono vibró.
Era un párrafo largo, de esos que Oliver escribe cuando ha pasado toda la noche dándole vueltas a algo.

Oliver: Cali, no he pegado ojo. He vuelto a leer lo que te puse y me odio por eso.
Tienes razón, soy un ridículo y un inseguro. Me sentí tan lejos de repente, tan fuera de tu mundo, que cuando vi a ese tipo tan cerca de ti, sentí que me estaban robando el aire. Perdóname.
No es la ciudad la que cambia, soy yo que tengo miedo de que, sin estar ahí, te des cuenta de que no me necesitas tanto como yo a ti. Por favor, llámame cuando despiertes. Necesito oír que todavía estamos bien.

Solté un suspiro largo, de esos que te vacían el pecho. La rabia que sentía anoche se evaporó, dejando solo un cansancio pesado y una ternura amarga.

Sabía que para Oliver, estar en ese apartamento vacío era una tortura de silencio, y que su imaginación era su peor enemiga.

Estaba a punto de marcar su número cuando alguien llamó a mi puerta.
Fruncí el ceño. Eran las siete y cuarto. Maya solía venir más tarde, y ella siempre entraba gritando.

Me levanté, me ajusté la sudadera y abrí. Lucas estaba allí, de pie en el pasillo, con dos vasos de café y una bolsa de papel pequeña.
Se veía un poco nervioso, con el pelo más revuelto que de costumbre.

-Hola, Cali. Siento las horas, pero sé que los de Ingeniería son madrugadores- dijo, extendiéndome uno de los cafés con una sonrisa tímida. -Mira, me he sentido fatal por lo de anoche. Maya me ha explicado que tu novio es... bueno, que está lejos y que las cosas están un poco tensas. No quería ser el motivo de una pelea-

Me quedé un momento congelada, mirando el café.

-No tienes que pedir perdón, Lucas. No hiciste nada malo. Él solo... tuvo un mal día-

-Aun así- Me pasó la bolsa de papel; dentro había un croissant recién horneado. -Es un pequeño detalle para que no me guardes rencor. En serio, Cali, solo quería capturar una buena foto porque tienes una energía increíble, pero lo último que quiero es interferir en lo tuyo-

Me reí suavemente, aceptando el café. El calor del vaso me sentó bien en las manos frías.

-Gracias, Lucas. De verdad. No te preocupes, ya estamos medianamente bien-

-Me alegra oírlo- Se quedó un segundo más, como si quisiera decir algo, pero luego simplemente asintió. -Nos vemos en clase. Y si necesitas que le envíe un mensaje explicándole que solo soy un fotógrafo pesado, dímelo-

Cerré la puerta y me apoyé contra ella, con el café de Lucas en una mano y el teléfono con el perdón de Oliver en la otra.

Me sentía extraña.

Por un lado, el alivio de que Oliver hubiera recapacitado, y por otro, la sensación de que mi vida en el campus empezaba a llenarse de gente y de ruidos.

Me senté en la cama y le devolví la llamada. Contestó al primer tono, como si estuviera sosteniendo el móvil contra la oreja esperando el milagro.

-¿Cali?- su voz sonaba rota, casi un susurro.

-Hola- dije, y sentí cómo él soltaba un aire contenido del otro lado.

-Lo siento mucho, de verdad. Fui un idiota. He estado a punto de coger el coche tres veces esta noche para ir a buscarte-

-Lo supuse. Pero no puedes hacer eso, Oliver. No puedes desmoronarte cada vez que alguien nuevo me salude. Lucas ha venido hace cinco minutos a pedirme perdón por el lío que se montó sin querer. Es un buen chico-

Hubo un silencio al otro lado.

Pude notar cómo Oliver intentaba contener sus instintos, cómo luchaba contra esa necesidad de preguntar qué hacía Lucas en mi puerta a estas horas.

-¿Ha ido a tu habitación?- preguntó finalmente, intentando que su voz sonara casual, aunque no lo consiguió.

-Sí, Oliver. A dejarme un café porque se sentía mal. No busques fantasmas donde no los hay. Si vamos a hacer esto, si vamos a aguantar la distancia, tenemos que confiar el uno con el otro. Si dudamos de cada cosa, persona o lo que fuese que pase, todo se nos va a venir abajo en la primera tormenta-

-Tienes razón- admitió él, y escuché cómo se sentaba, probablemente en su colchón en el suelo. -Es que aquí todo se siente tan frágil, Cali. Pero te prometo que voy a trabajar en ello. No quiero ser la carga que te impida disfrutar de tu vida allí-

Nos quedamos hablando un rato más, con una calma que se sentía un poco forzada, pero necesaria.

Me contó que hoy empezaba a trabajar en el proyecto del centro y yo le hablé de la charla de ayer.

Pero mientras colgaba y me preparaba para ir a clase, no pude evitar mirar el croissant que me habia traido Lucas, sobre la mesa.

La distancia no solo era el espacio entre nosotros, tambien eran los pequeños detalles que empezaban a pertenecer a otras personas: el café que me traía un desconocido, la risa que compartía con Maya, el aire que respiraba sin él.

Me quedé mirando el vapor que todavía subía del café.

El perdón de Oliver me había quitado un peso de encima, pero esa sensación de fragilidad seguía flotando en el aire de mi habitación.

Me puse mi mochila, me aseguré de llevar el cuaderno de Oliver conmigo —como un amuleto contra la soledad— y salí hacia la facultad.

El día transcurrió con esa lentitud propia de cuando esperas algo que no llega. En las clases, mi mente se escapaba. Miraba mis apuntes y, de repente, me encontraba dibujando pequeños bocetos en las esquinas, intentando imaginar cómo sería el edificio en el que Oliver estaba trabajando hoy.
¿Estaría usando madera o cristal?
¿Se acordaría de lo que siempre decíamos sobre la importancia de la luz natural?




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