El Efecto Oliver

17. CANSANCIO

CALI
Los días empezaron a mezclarse en una rutina agotadora.

La noticia de los tres meses había caído sobre nosotros como piedra, pero Oliver, en su afán por no perder el equilibrio, había encontrado una solución que al principio me pareció brillante: trabajar juntos.

-Eres la mejor ingeniera que conozco, Cali- me había dicho por teléfono, con esa voz entusiasta que solo ponía cuando hablaba de construir algo. -Estos tipos de la oficina son unos cuadrados. Necesito tus ojos en el cálculo de las estructuras de la torre. Si lo hacemos juntos, será como si estuviéramos en la misma mesa-

Así que, además de mis clases, mis exámenes y mis propios proyectos, empecé a recibir correos electrónicos a medianoche llenos de planos complejos, tablas de resistencia y dudas técnicas.

Pasábamos horas en videollamada.
Yo, apoyada en el escritorio de mi habitación del campus, rodeada de café frío y apuntes, y él, al otro lado de la pantalla, con la camisa arrugada y los ojos rojos por el cansancio.
Pero la realidad es que el peso era excesivo.

-Cali, ¿has mirado el nudo de tensión del piso doce?- me preguntó Oliver una noche, mientras yo intentaba mantener los ojos abiertos.

-Lo hice, Oliver. Pero te dije que ese acero no va a aguantar si no refuerzas la base- respondí, frotándome las sienes. Me dolía la cabeza y sentía que ya no hablábamos de nosotros. Solo hablábamos de hormigón y plazos de entrega.

-Lo sé, lo sé... es que el presupuesto está muy ajustado. Piénsalo otra vez, ¿vale? Eres mi salvavidas aquí-

Colgué sintiéndome más como una empleada externa que como su novia.

Me faltaba el Oliver que me hacía reír, el que se metía conmigo por ser demasiado rígida.
Ahora, lo único que compartíamos eran problemas estructurales.

Para empeorar todo, en la facultad las cosas se habían complicado.
El profesor de "Diseño Aplicado" había decidido que el proyecto final del semestre se haría por parejas, y para mi "suerte", Maya ya se había emparejado con Javi antes de que yo pudiera decir nada.

-Lo siento, Cali, pero es que si no trabajo con él, no lo veo nunca- se disculpó ella, dándome una mirada de pena. -Pero mira, Lucas se ha quedado solo. Él es arquitecto, le vendrá genial tu parte de cálculo-

Y así fue como terminé sentada en la biblioteca, tarde tras tarde, frente a Lucas.

-Si ponemos el muro de carga aquí, liberamos toda esta zona para el jardín interior- decía Lucas, señalando el plano con el lápiz. Tenía una forma de trabajar muy distinta a la de Oliver; era más pausado, menos obsesivo. -¿Qué piensas tú, ingeniera?-

-Pienso que es una idea arriesgada, pero si usamos una aleación ligera en los pilares, podría funcionar- respondí, sorprendida de lo fácil que era hablar con él.

Lucas no me presionaba. Si me veía cansada, paraba y me traía un té o me contaba alguna anécdota tonta de su intercambio. No había tensión, solo una colaboración fluida que me hacía sentir cómoda.

-Estás agotada, Cali- me dijo Lucas un jueves por la tarde, cerrando su portátil. -Tienes ojeras de las que no se quitan con café. ¿Es por el proyecto de tu novio?-

Me quedé callada un momento, mirando mis manos manchadas de grafito.

-Él me necesita, Lucas. Está solo en esa ciudad y este proyecto es su oportunidad de oro.-

-Él tiene una empresa entera detrás, Cali. Tú solo te tienes a ti- respondió él con suavidad. -No puedes construir su edificio y el tuyo al mismo tiempo. Alguna de las dos estructuras va a terminar cediendo-

Sus palabras me dolieron porque eran verdad.
Esa noche, cuando Oliver me llamó para preguntarme por los cálculos del sistema de refrigeración, sentí que algo dentro de mí se tensaba hasta el límite.

-Oliver, no he podido mirarlo. He estado toda la tarde con Lucas avanzando en el proyecto de la facultad- dije, tratando de que mi voz no sonara irritada.

El silencio al otro lado del teléfono fue gélido.

-¿Con Lucas? ¿Otra vez? Pensé que me habías dicho que solo era un amigo de Maya-

-Es mi compañero de proyecto, Oliver. No lo elegí yo, fue el profesor. Y necesito aprobar mi carrera tanto como tú necesitas ese ascenso-

-Ya, bueno... supongo que él es mucho más divertido que yo ahora mismo, ¿no? Él está ahí, puede invitarte a cafés y ayudarte con los planos en persona mientras yo me mato trabajando aquí para que tengamos un futuro-

-¡No metas a Lucas en esto!- exclamé, levantándome de la silla. -Lucas me ayuda a estudiar. Tú me estás enviando tu trabajo para que yo te resuelva la vida mientras me descuido a mí misma. Estoy cansada, Oliver. Estoy muy cansada de ser tu ingeniera de guardia-

Cerré el portátil de un golpe, dejando a Oliver con la palabra en la boca.

Me tumbé en la cama de la residencia, mirando las sombras que proyectaba la farola del campus en mi pared.

Me sentía fatal por haberle gritado, pero también sentía una rabia.

La distancia nos estaba cambiando. Ya no era solo que no estuviéramos juntos físicamente; era que estábamos empezando a usar el tiempo del otro como si fuera una pieza de repuesto.

Y mientras Lucas me ofrecía un respiro, Oliver me exigía que fuera su cimiento, sin darse cuenta de que, si seguía cargando tanto peso sobre mí, yo iba a ser la primera en derrumbarme.

Me quedé mirando el teléfono apagado sobre la colcha, sintiendo que el silencio de la habitación me pitaba en los oídos.
No podía más.
Había llegado a ese punto de fatiga donde el metal ya no se dobla, sino que se rompe de golpe.

Me dolía el cuello de estar inclinada sobre sus planos y me dolía el alma de sentir que, para Oliver, yo me estaba convirtiendo en una extensión de su ambición en lugar de ser su refugio.

Me ovillé en la cama, decidida a que el mundo dejara de girar por unas horas, cuando escuché tres toques en la puerta.

No eran los golpes enérgicos de Maya, ni los dudosos de Lucas. Eran toques suaves, tranquilos, con un ritmo que transmitía una paz que yo no tenía.




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