OLIVER
Entré en el apartamento a las diez de la noche, arrastrando los pies como si llevara bloques de cemento atados a los tobillos.
El silencio del salón me recibió con su habitual frialdad.
Tiré las llaves sobre la mesa de la entrada y me quité la corbata sin desabrocharla, sintiendo que el nudo me estaba estrangulando de verdad.
Había sido un día de perros. En la obra todo eran problemas, los contratistas se quejaban de los plazos y yo no dejaba de pensar en el mensaje de Cali: "No voy a mirar más planos esta noche".
Esas palabras me habían dolido, pero en el fondo sabía que ella tenía razón. La estaba asfixiando con mis miedos, volcando sobre sus hombros una presión que no le correspondía.
Caminé hacia la cocina a oscuras, con la intención de abrir una cerveza y quedarme mirando el vacío hasta quedarme dormido. Pero al pasar por el pasillo, noté algo distinto.
Un olor.
No era el olor a polvo de la obra, ni el aroma sintético del ambientador del edificio.
Era algo que me aceleró el pulso de golpe: citricos y metal limpio. El olor del taller. El olor de ella.
-¿Cali?- susurré, con el corazón golpeándome las costillas como un loco.
Me acerqué al ventanal del salón. Allí, sentada en el suelo sobre uno de los cojines que aún estaban a medio desembalar, estaba ella. Tenía las rodillas pegadas al pecho y miraba las luces de la ciudad que se reflejaban en el cristal.
Se giró lentamente al oír mi voz. Sus ojos me recorrieron de arriba abajo, analizandome.
-Tu apartamento es demasiado ordenado, Oliver- dijo en voz baja, con esa media sonrisa que siempre me desarmaba. -Y las vistas son impresionantes, pero sigo prefiriendo mi cúpula de piedra-
No pude decir nada. Me desplomé a su lado, en el suelo, y la rodeé con mis brazos como si mi vida dependiera de ello.
La apreté con fuerza, escondiendo mi cara en el hueco de su cuello. Estaba ahí. Era real. No era una imagen pixelada en una videollamada ni una voz metálica por el auricular.
-¿Cómo...?- logré articular, separándome un poco para mirarla. -El viaje son cuatro horas, Cali. Tienes clase mañana temprano-
-He cogido el último tren- respondió ella, acariciándome la mejilla con sus dedos manchados de grafito. -Y mañana me saltaré la clase. He hablado con tu madre, Oliver. Me ha llevado a su invernadero y me ha contado algunas cosas-
Me tensé al instante. El secreto de mi padre, la sombra del fracaso que me perseguía... Elen se lo había contado todo. Bajé la mirada, sintiendo una punzada de vergüenza.
Quería que ella me viera como el arquitecto infalible, no como el niño que todavía tenía miedo de que el techo se le cayera encima.
-Lo siento- murmuré. -Siento haberte cargado con mi trabajo y con mis miedos. No quería que fueras mi red de seguridad, solo quería... que nada fallara para que pudieras estar orgullosa de mí-
Cali me tomó la cara con ambas manos, obligándome a mirarla. Sus ojos no tenían lástima, tenían esa determinación de acero que tanto amaba.
-Oliver, no necesito que seas perfecto. Necesito que seas tú- sentenció ella. -He venido hasta aquí sin avisar porque necesitaba recordarte que no soy una pieza de tu proyecto. Soy tu novia. Y si el edificio tiene que fallar para que tú aprendas a confiar en tus propios cálculos, que falle. Pero no me uses como un pilar de hormigón. Úsame como un lugar donde descansar, donde sentirte seguro-
Me sentí pequeño y a la vez inmenso. Le quité un mechón de pelo de la cara, dándome cuenta de que Lucas, las fotos, las distancias... nada de eso importaba cuando ella estaba a centímetros de mí.
-Me vas a volver loco, genio- reí con una mezcla de alivio y cansancio, apoyando mi frente contra la suya. -Has venido de sorpresa solo para regañarme en persona-
-He venido porque el silencio en mi cuarto de la facultad era insoportable sin tus quejas- admitió ella, y esta vez sí que dejó que una pequeña lágrima rodara por su mejilla. -Te quiero, Oliver. Pero no vuelvas a enviarme un plano de estructuras a las tres de la mañana-
-Prometido- dije, besándola con una urgencia que me quemaba. -A partir de ahora, a las tres de la mañana solo vamos a hablar de lo mucho que odio que Lucas te traiga cafés-
Cali soltó una carcajada, la primera que escuchaba en semanas, y supe que, aunque el domingo ella tuviera que volver y yo tuviera que enfrentarme de nuevo a la obra, nosotros estabamos bien, y mas fuertes que nunca. No con acero, ni con cálculos perfectos, sino con la honestidad de estar allí, en el suelo de un apartamento vacío, sabiendo que el único hogar que necesitábamos era el que estábamos construyendo entre los dos.
CALI
La noche había sido el único momento de tregua que nos habíamos permitido en semanas.
Cuando Oliver me abrazó en el suelo del salón, todo el ruido del exterior —las quejas de Maya, el café de Lucas, los planos interminables— simplemente se apagó. No hubo cálculos, ni distancias, ni miedos. Solo estuvimos nosotros dos, refugiados en la penumbra de un apartamento que por fin dejó de sentirse como una vitrina de exposición para sentirse como un hogar.
Nos quedamos dormidos casi al amanecer, entrelazados en su cama aún con el olor a sándalo, citricos y a cansancio compartido.
Sentir el peso de su brazo sobre mi cintura y su respiración lenta contra mi nuca fue la primera vez en mucho tiempo que mi sistema nervioso se puso a cero en ese pequeño espacio de sábanas blancas, el mundo era perfecto.
Me desperté con la luz suave de la mañana filtrándose por los grandes ventanales.
Oliver seguía dormido a mi lado, con el rostro relajado y esa expresión de niño que solo tiene cuando no está intentando construir el edificio más alto del mundo.
Me quedé un rato mirándolo, acariciando con la mirada la línea de su mandíbula y pensando que, a pesar de todo, valía la pena cada kilómetro.