CALI
Los días siguientes a mi regreso de la ciudad fueron como caminar por un túnel oscuro.
Me refugié en lo único que sabía hacer cuando el mundo se ponía del revés: trabajar hasta que los dedos me dolieran y los ojos me ardieran frente a los libros.
El campus cambió de cara rápidamente; el aire se volvió cortante, los árboles se quedaron desnudos y el olor a nieve empezaba a flotar en el ambiente.
Faltaba poco para las fiestas y el fin de la cursada. Los pasillos de la facultad eran un caos de estudiantes estresados, entregas finales y ese nerviosismo típico de diciembre.
Pero para mí, todo ese ruido era como una película muda.
Seguí el consejo de Maya a rajatabla. Bloqueé las llamadas de Oliver por unos días y, aunque luego las desbloqueé, no contesté ni uno solo de sus mensajes.
Ver su nombre en la pantalla me revolvía el estómago. Me enviaba fotos de los planos en los que yo había ayudado, pidiéndome perdón, jurándome que lo de Amber era un malentendido.
Pero cada vez que intentaba creerle, recordaba el brillo de aquel apartamento vacío y la forma en que él me había ocultado esas cenas mientras yo me consumía de soledad en mi cuarto.
-No puedes seguir viviendo en el taller, Cali- me dijo Lucas una tarde, mientras yo intentaba ajustar una pieza de un motor que no necesitaba ajuste. -Han cerrado la cafetería hace una hora y eres la última que queda aquí-
Levanté la vista. Lucas estaba apoyado en el marco de la puerta, con su bufanda roja y una cámara colgada al hombro.
Su presencia se había vuelto lindo en mis días. No me presionaba, no me hacía preguntas difíciles; simplemente aparecía con un chocolate caliente o me invitaba a caminar para que el aire frío me despejara la cabeza.
-Solo un poco más, Lucas. Si no termino esto, no voy a poder dormir- mentí. Sabía que, terminara o no, el sueño no iba a venir fácilmente.
-Vamos, recoge todo- insistió con una sonrisa suave. -Hay un mercado navideño en la plaza del centro. Maya y Javi están allí. Me han dicho que si no te llevo, vendrán ellos a buscarte, y sabes que Maya es capaz de arrastrarte por todo el campus-
Suspiré y empecé a guardar mis herramientas. Lucas tenía razón.
Quedarme sola con mis pensamientos era darle la victoria a la tristeza.
Caminamos hacia el centro del campus bajo las luces amarillas que adornaban los postes. El frío era intenso, de esos que te hacen buscar calor en los bolsillos.
Lucas empezó a contarme historias de sus viajes y de cómo la fotografía lo ayudaba a ver cosas que los demás ignorábamos.
Hablaba con una calma que me hacía sentir que, por un momento, el peso en mi pecho era más ligero.
-¿Vas a volver a casa para Navidad?- me preguntó mientras cruzábamos un puente cubierto de escarcha.
-No lo sé- admití. -Mi madre quiere que vaya, pero... el pueblo es pequeño. Todo el mundo sabe lo que pasó con Oliver. No tengo ganas de que me miren con lástima-
-Nadie te miraría con lástima, Cali. Eres la persona más fuerte que he conocido en este lugar- dijo él, deteniéndose un segundo para mirarme. Había algo en su mirada, una honestidad tan directa que me obligó a desviar la vista. -Si no quieres ir a tu casa, mi familia vive a un par de horas de aquí. Siempre hay sitio para alguien más en la mesa, y te prometo que nadie hablará de arquitectura ni de motores-
Me quedé sorprendida por la invitación. Miré a Lucas y vi que hablaba en serio. Él no era Oliver; no buscaba que yo fuera su apoyo ni su solución. Solo quería que estuviera bien.
-Gracias, Lucas. De verdad. Significa mucho para mí-
Llegamos a la plaza y el ambiente navideño nos envolvió.
Había puestos de madera, olor a canela y música suave de fondo. Encontramos a Maya, que llevaba un gorro de lana con un pompón gigante. En cuanto me vio, me rodeó con un brazo y me pasó una taza de sidra caliente.
-¡Por fin sales de la cueva!- exclamó, aunque sus ojos me analizaban buscando algún rastro de lágrimas. -Mira, han puesto una noria. Vamos a subir, quiero ver el campus iluminado desde arriba-
Subimos los cuatro. Mientras la noria subía lentamente, miré hacia el horizonte, hacia la dirección donde sabía que estaba la ciudad de Oliver.
El teléfono me vibró en el bolsillo del abrigo. Sabía que era él. Siempre escribía a esta hora, cuando el día terminaba.
Saqué el móvil a escondidas.
Oliver: Están poniendo las luces en la avenida de la oficina. Solo puedo pensar en lo mucho que te gustaría verlas. Todo aquí me recuerda que cometí el error de no darte el lugar que merecías. Te extraño tanto que duele respirar, Cali.
Cerré el mensaje y guardé el teléfono.
La noria llegó a lo más alto y la vista era preciosa: miles de luces blancas y azules decorando los edificios de la universidad. Lucas estaba a mi lado, señalándome una constelación que se veía clara a pesar de la luz de la ciudad.
-Mira allá, Cali. Es Orión. Siempre aparece cuando el invierno comienza- dijo con voz suave.
Por un segundo, me sentí en paz. El fin de cursada estaba cerca, las fiestas me respiraban en la nuca y mi vida con Oliver pendía de un hilo que cada día parecía más fino.
No sabía si lo perdonaría, ni si sería capaz de volver a confiar en sus palabras. Pero mientras miraba las estrellas junto a Lucas y escuchaba la risa de Maya, me di cuenta de que, aunque mi vida se hubiera roto, todavía quedaban partes de mí que estaban de pie, resistiendo el frío de diciembre.
La noria comenzó su descenso lento, devolviéndonos poco a poco al bullicio de la plaza.
El frío, que antes me calaba los huesos, ahora se sentía diferente, más anestesiado.
Maya y Javi bajaron primero, riendo y corriendo hacia un puesto de castañas asadas, dejándonos a Lucas y a mí un par de pasos por detrás, caminando sobre la nieve pisada que empezaba a brillar bajo las luces de colores.