El Efecto Oliver

21. EL PESO DE LA ENTREGA

CALI
El día del examen final amaneció con un cielo de color plomo que amenazaba nieve.

El campus estaba en un silencio tenso, solo roto por el sonido de los estudiantes arrastrando maquetas y carpetas gigantes por los pasillos de la facultad.

Mis manos sudaban a pesar del frío; hoy era el día en que todo el trabajo del semestre con Lucas se ponía a prueba frente al tribunal.

Estábamos sentados en el banco frente al aula magna, esperando nuestro turno. Lucas repasaba los últimos detalles del render en su portátil, mientras yo intentaba memorizar los cálculos que, por una vez, eran solo míos y no de Oliver.

Para calmar los nervios, cometí el error de abrir Instagram. No buscaba nada en concreto, solo una distracción rápida, pero el algoritmo tiene una forma cruel de recordarte lo que intentas olvidar.

En la parte superior de mi muro, apareció una publicación de la revista oficial de la firma de arquitectura de Oliver.

“Inauguración oficial del complejo residencial ‘Luz de Invierno’. Un hito en la carrera del joven arquitecto Oliver Vega "

Deslicé las fotos con el corazón latiendo en la garganta.

Eran imágenes del edificio terminado, imponente, con sus vigas de acero y cristal brillando bajo el sol de la ciudad.

Pero la última foto era un detalle de la entrada principal: una placa de bronce conmemorativa.
Al final de la lista de nombres, en un rincón pequeño pero elegante, estaban grabadas mis iniciales junto a una frase en latín que solíamos decir en el observatorio:
Sine fundamentis nihil stat (Sin cimientos, nada permanece).

Sentí un mareo.
Él lo había hecho. Había usado mi ayuda y mi esfuerzo para sellar su éxito, y se lo estaba gritando al mundo desde su cuenta profesional, como si un grabado en bronce pudiera borrar las mentiras de lo de Amber

-Cali, nos toca. ¿Estás lista?- la voz de Lucas me sacó de la pantalla.

Me levanté, pero mis piernas no respondían bien.
El aire del pasillo se sentía denso.

Sentía que el nombre de Oliver estaba escrito en todas partes, recordándome que, aunque yo estaba aquí intentando aprobar mi carrera, una parte de mi se había quedado atrapada en aquel edificio de la ciudad.

-No puedo- susurré, sintiendo que la carpeta con los planos me pesaba tonelada. -Lucas, no puedo entrar ahí. Mira esto-

Le mostré el móvil.

Lucas miró la foto de la placa de bronce por un segundo y luego me miró a mí. No se puso celoso, ni se enfadó. Simplemente bloqueo mi teléfono y me tomó por los hombros con firmeza.

-Escúchame bien, Cali- dijo con esa voz de dulce que lograba calmarme. -Esas iniciales están ahí porque tú hiciste el trabajo duro. Ese edificio se mantiene en pie porque tú eres brillante, no porque él te haya dado permiso para estar en su placa. Pero ahora mismo, ese proyecto es el pasado-

-Siento que me está usando otra vez, Lucas. Incluso a la distancia- dije, sintiendo las lágrimas de rabia asomar.

-No te está usando. Te está demostrando que sin ti no es nada. Pero tú... tú eres todo esto- señaló nuestra maqueta y los planos que teníamos sobre la mesa- Este examen es tuyo. No dejes que un grabado en una pared de otra ciudad te robe tu futuro. Yo estoy aquí contigo. Vamos a entrar, vamos a dar esa charla y vamos a demostrarles que eres la mejor ingeniera que ha pisado este aula-

Lucas me dio un apretón suave en el brazo y me entregó el puntero láser.

Su confianza fue como un refuerzo justo cuando yo estaba a punto de ceder.

Respiré hondo, guardé el móvil en el fondo de mi mochila y me sequé los ojos con la manga de la sudadera.

-Gracias, Lucas. De verdad- le dije, forzando una sonrisa.

-Para eso están los compañeros de equipo, ¿no?- guiñó un ojo y abrió la puerta del aula

Entramos con la frente en alto.

Durante la siguiente hora, me olvidé de las iniciales, de los mensajes de Amber y del frío de la ciudad.

Me concentré en cada pilar, en cada fuerza de carga y en cada centímetro de nuestro diseño.

Lucas manejaba las imágenes con una precisión perfecta, dándome el pie justo cuando yo necesitaba explicar la parte técnica.

Por primera vez en meses, sentí que la estructura que estaba defendiendo era la mía propia.

Al salir, el profesor nos felicitó personalmente. Habíamos sacado la nota más alta.

Nos quedamos en el pasillo, ya vacío, mientras los primeros copos de nieve empezaban a golpear las ventanas de la facultad.

Lucas me miró, con esa paz que siempre transmitía.

-Lo lograste, Cali. Sin ayuda de nadie de afuera- dijo con orgullo.

Sentí que, aunque Oliver hubiera puesto mi nombre en bronce, Lucas acababa de darme algo mucho más valioso: la certeza de que yo no era el cimiento de nadie, sino mi propia arquitecta.

Salimos de la facultad con la sensación de habernos quitado un peso de encima.

La nota final era excelente, pero la imagen de esa placa con mis iniciales grabadas seguía dándome vueltas en la cabeza como un ruido de fondo que no podía apagar. Era una mezcla insoportable de orgullo y asco.

-¡Eso hay que celebrarlo!- gritó Maya en cuanto nos vio aparecer en el patio.
Llevaba una botella de algo que olía a canela y mucho alcohol. -No acepto un no por respuesta. El semestre ha muerto, ¡viva la libertad!-

Fuimos a una fiesta en una de las casas de un estudiante cerca del campus.

El lugar estaba lleno de gente, música alta y un calor sofocante que contrastaba con la nieve que ya cubría las calles.

Yo solo quería dejar de pensar. Quería que la cara de Oliver y sus frases en latín desaparecieran de mi sistema.

-Toma, Cali. Un "especial de fin de curso"- dijo Lucas, pasándome un vaso rojo lleno de una mezcla dulce y fuerte.

-Gracias- respondí, y le di un trago largo sin pensarlo.

El primero bajó quemando, pero el segundo ya supo a gloria. Y el tercero me hizo sentir que, por fin, mis hombros se relajaban.




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