CALI
Regresar a España no se sentía como una derrota; se sentía como una declaración de guerra ganada.
Mientras el avión surcaba las nubes, cerré los ojos y recordé el momento exacto en que todo este lío comenzó.
Fue hace meses, en un rincón lluvioso de Londres, cuando Maya —mi constante recordatorio de que los lazos de sangre a veces son cadenas de espinas— apareció en mi puerta.
No me pidió que fuera a su boda; me lo suplicó con los ojos empañados.
-Cali, no puedes faltar. Lucas y tú habéis diseñado el lugar de mis sueños. Sé que es difícil, sé que mi hermano es un imbécil, pero por favor... no dejes que sus errores me roben a mi mejor amiga en el día más importante de mi vida-
Acepté. No por Oliver, sino por ella. Y por mí. Porque necesitaba demostrarme que podía volver a pisar esa tierra sin que el suelo se tragara mis pedazos.
Cuando Julian y yo bajamos del coche, el aire de la finca me golpeó el rostro.
Era una mezcla de azahar y algo que solo podía describir como "pasado".
Julian se ajustó el esmoquin con esa elegancia que hacía que todas las cabezas se giraran.
-Recuérdame por qué no nos mudamos aquí y nos dedicamos a vivir de las rentas y el vino, darling- dijo con su impecable acento, entrelazando su brazo con el mío.
Sonreí. Julian era mi socio, mi confidente y el guardián del secreto que nos hacía invencibles: el mundo creía que era el hombre que había ocupado el lugar de Oliver, pero en realidad, era el hermano que nunca tuve. Su orientación sexual era nuestro tesoro guardado en Londres, y aquí, en España, era mi armadura.
Éramos la estructura perfecta: apoyo mutuo, cero drama romántico y una química que volvía loco a cualquiera que intentara descifrarnos.
-¡Cali!- la voz de Lucas me trajo de vuelta.
Al abrazarlo, no hubo dolor. Sentí paz. Al ver a Clara a su lado, tan radiante y segura, entendí que Lucas no era mi "gran amor perdido", sino mi raíz más profunda.
Éramos amigos, y eso era un contrato mucho más eterno que cualquier promesa de amor eterno rota por el ego.
Entonces, sucedió.
El sol se hundió tras las colinas y las luces del pabellón se encendieron, bañando todo en un oro artificial.
Sentí una vibración en el aire, una alteración en la estática de mi piel que conocía demasiado bien.
-¿Cali?- Julian lo notó al instante. Su mano se apretó en mi cintura. -¿Es él?-
No hizo falta responder. A unos metros, Oliver Vega estaba de pie. No era el hombre arrogante que recordaba; parecía que el traje le pesaba, que sus hombros cargaban con una derrota silenciosa.
Cuando nuestras miradas chocaron, el ruido de la fiesta se convirtió en un zumbido sordo.
Oliver se quedó petrificado. Sus ojos recorrieron mi vestido esmeralda y se clavaron, con una violencia, en la mano de Julian que descansaba en mi cadera.
Vi el momento exacto en que su mandíbula se tensó, una reacción cruda de celos que no pudo ocultar.
Él creía que lo había reemplazado. Creía que Julian era el nuevo arquitecto de mis noches.
Julian, que amaba el drama casi tanto como a un buen par de zapatos, decidió que era hora de dar el golpe de gracia.
-No dejes de sonreír, reina- me susurró, inclinándose tanto que sus labios rozaron mi mejilla. -Vamos a darle el espectáculo que su ego herido necesita-
Durante la cena, Julian fue el actor principal de una película de romance épico.
Me servía el vino como si fuera ambrosía, me apartaba la silla con una devoción exagerada y acariciaba mis nudillos por encima del mantel.
Podía sentir la mirada de Oliver quemándome la nuca.
No estaba comiendo; estaba destruyendo el mantel con la mirada, clavando los ojos en nuestras manos entrelazadas.
-Está a punto de estallar- murmuré, ocultando mi sonrisa tras la copa.
-Oh, querida, esto es solo el comienzo- respondió Julian con malicia.
Cuando empezó la música, Julian me llevó al centro de la pista.
Nos movíamos con una fluidez que solo da la confianza ciega.
Él sabía dónde poner las manos para que pareciera un abrazo íntimo, y yo apoyé mi cabeza en su hombro, dejándome llevar.
-Mira a las doce en punto- susurró Julian cerca de mi oreja.
Oliver estaba en la barra, solo, con una copa de whisky que sostenía como si fuera un arma. Su expresión era una mezcla de amargura y una envidia tan pura que casi me dio lástima.
Entonces, Julian ejecutó el movimiento final: me tomó de la barbilla con una suavidad que parecía amor real, me obligó a mirarlo a los ojos y me plantó un beso en la frente, largo, tierno, cargado de una falsa posesividad.
Vi a Oliver dejar la copa sobre la barra con tal violencia que el cristal resonó por encima de la música. Se giró y salió disparado hacia la terraza, incapaz de seguir viendo cómo otro hombre me trataba con la devoción que él nunca fue capaz de darme.
-Creo que hemos demolido su orgullo, Cali- dijo Julian, recuperando su tono divertido. -Misión cumplida. El camarero del fondo me espera-
Me quedé sola, viendo a Julian alejarse.
Pero al mirar a través del cristal de la terraza, vi la silueta de Oliver bajo la luna. Estaba solo, fumando, con los hombros hundidos.
La victoria de Julian había sido dulce, pero algo en la forma en que Oliver miraba hacia la oscuridad me decía que esto no era el final. Era el comienzo de la conversación que llevábamos meses esquivando.