El Efecto Oliver

26. RUINAS BAJO LA LUNA

OLIVER
Había pasado meses mintiéndome. Meses diciéndome que estaba bien, que el vacío que sentía en el pecho era solo cansancio y no el hueco que ella había dejado al marcharse.

Pero en cuanto puse un pie en esta finca, el aire se volvió pesado. Todo aquí tenía su rastro. Las paredes, las luces, el maldito cielo… todo gritaba que ella había estado aquí, creando algo hermoso sin mí.

Y entonces, la vi.

Se me detuvo el corazón. Fue un impacto seco, como si me hubieran golpeado las costillas con un mazo.

No era solo que estuviera preciosa con ese vestido esmeralda que parecía hecho de envidia y pecado; era la forma en que caminaba. Como si fuera la dueña del mundo. Como si yo ya no fuera nadie.

Y lo peor de todo: él.

Ese tal Julian no dejaba de tocarla. Le rodeaba la cintura con una confianza que me hacía querer romperle la cara allí mismo, delante de todos los invitados.

Cuando se inclinó para besarle la frente en mitad de la pista, sentí que algo dentro de mí terminaba de quebrarse.

Los celos no eran una simple palabra; eran un ácido que me quemaba las tripas, una rabia sorda que me obligó a soltar la copa en la barra antes de que estallara en mi mano.

Salí a la terraza porque necesitaba aire, pero lo único que encontré fue la maldita luna recordándome lo solo que estaba.

Encendí un cigarrillo, aunque sabía que ella odiaba el olor. Mis manos temblaban. Me sentía patético. El gran Oliver Vega, el tipo que siempre tenía el control, estaba reducido a cenizas por una sola mirada.

-El tabaco te va a matar, Oliver. Y no creo que sea la forma más elegante de irse-

Esa voz. Joder, esa voz.

Me giré despacio. Ella estaba allí, apoyada en el marco de la puerta. Se veía jodidamente perfecta y yo me sentía como un desastre.

-¿Qué haces aquí, Cali?- pregunté, y mi voz sonó mucho más rota de lo que me gustaría admitir. -¿Tu nuevo juguete se ha quedado sin pilas? ¿O es que te aburrías de que te mirara como si fueras una santa?-

Ella no se inmutó. Caminó hacia la barandilla con esa elegancia que me volvía loco y se puso a mi lado, pero no me miró. Miraba hacia la oscuridad, hacia donde yo ya no existía.

-Julian no es un juguete, Oliver. Es la primera persona en mucho tiempo que me mira y ve a Cali, no a una herramienta para ganar concursos- respondió, y su calma me dolió más que un puñetazo.

-¿Y crees que yo no te veía?- Di un paso hacia ella, acortando la distancia hasta que pude oler su perfume. Ese aroma que me perseguía en mis pesadillas. -Cali, lo eras todo. Cada maldito paso que daba era para que estuviéramos juntos en lo más alto-

Ella soltó una risita amarga que me hizo sentir pequeño.

-No, Oliver. Me querías allí para que yo sujetara la escalera mientras tú subías. Me querías como un adorno, como alguien que te hiciera brillar más. Pero te olvidaste de que yo también tengo luz propia-

-Te quiero- solté de golpe. Sin filtros. Sin planes. Sin ninguna de esas palabras de mierda que solía usar para convencerla. Solo la verdad, desnuda y sangrante. -Te quiero tanto que me duele respirar desde que te fuiste-

Me acerqué más, buscando sus ojos, rogando por un rastro de la chica que solía dormir en mi pecho.
Por un segundo, creí ver una chispa, un amago de duda. Pero entonces ella me miró de frente y vi que el incendio se había apagado.

-Ese es tu problema, Oliver. Me quieres ahora que no me tienes. Me quieres ahora que ves a otro hombre tratándome como siempre merecí. Pero yo ya no quiero ser tuya. Ni quiero ser de Julian. He aprendido a ser mía, y me gusto mucho más así-

Intenté rozarle la mejilla, un gesto desesperado por recuperar algo de lo que fuimos, pero ella se apartó como si mi mano fuera veneno.

-No me toques- dijo, y su voz no tembló. -Quédate con tu orgullo y con tus edificios vacíos. Julian me está esperando, y él no necesita apagar mi luz para sentirse importante-

Se dio la vuelta y se fue. La vi cruzar el umbral de nuevo, volviendo a ese mundo de luces y risas donde yo ya no tenía sitio.

Me quedé allí, solo, con el cigarrillo apagándose en mis dedos y la certeza de que había perdido lo único que realmente importaba.

Me di cuenta de que era un idiota. Porque había construido rascacielos por todo el mundo, pero no había sido capaz de construir un hogar donde ella quisiera quedarse.

La vi salir. Vi cómo Julian le abría la puerta del coche con una delicadeza que me dolió más que un puñetazo en el estómago.

El motor rugió, pero yo ya estaba allí, caminando por el asfalto mojado con el corazón martilleando contra mis costillas.

No podía dejar que se fuera así. No si eso significaba que esta era la última vez que iba a verla.

-¡Cali!- mi voz sonó como un estallido en mitad del silencio del estacionamiento.

El coche se detuvo en seco. Julian bajó la ventanilla, pero yo no lo miraba a él. Lo ignoraba con cada fibra de mi ser.

Me acerqué a la puerta del copiloto y ella bajó, con esa expresión de cansancio y fuego que me hacía querer arrodillarme y pedir perdón.

-¿No te ha bastado con el espectáculo de dentro, Oliver?- preguntó ella, cruzándose de brazos. El frío de la noche hacía que su aliento formara una pequeña nube blanca frente a sus labios.

-Dime que lo quieres- solté. Sin preámbulos. Sin estrategias. Mis manos estaban metidas en los bolsillos de mi pantalón para que no viera que me temblaban. -Mírame a los ojos ahora mismo y dime que él te conoce mejor de lo que yo lo hago-

Cali soltó una risa amarga, una que se clavó en mis pulmones.

-¿Eso es lo que te quita el sueño, Oliver? ¿Tu orgullo?-

-No es mi orgullo, joder- di un paso hacia ella, invadiendo su espacio, obligándola a sentirme cerca. Podía oler su perfume, ese aroma que me perseguía en cada maldita pesadilla. -Dime que te gusta cómo te toca. Dime que cuando te mira, sientes la mitad de lo que sentías cuando yo lo hacía. Porque yo recuerdo perfectamente cómo te estremecías bajo mi mano. Recuerdo cómo me buscabas cuando el mundo se volvía demasiado ruidoso-




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