El Efecto Oliver

27. BARRO Y ELECTRICIDAD

CALI
El teléfono no dejó de sonar hasta que lo cogí, con el corazón en la garganta y el miedo instalándose en mi estómago.

Una tormenta eléctrica sin precedentes en España. El terreno de la finca cediendo. El pabellón de cristal —mi orgullo, mi regalo para Maya— estaba en riesgo de colapsar.

Tres horas después, estaba bajando de un coche bajo una cortina de agua tan espesa que apenas podía ver mis propios pies. Londres era gris, pero esto era el fin del mundo.

-¡Cali, por aquí!- gritó Lucas, cubierto de barro hasta las rodillas.

Corrí hacia la estructura, ignorando que mis botas se hundían en el lodo.
Pero me detuve en seco cuando lo vi.
Oliver estaba allí, empapado, con la camisa blanca pegada al cuerpo como una segunda piel y el pelo revuelto.

Estaba tirando de unos cables de tensión, con los músculos de los brazos marcados por el esfuerzo.
Se veía crudo, salvaje, y jodidamente perfecto.

-¡La base sur se está desplazando!- gritó él al verme, y por un segundo, el tiempo se detuvo. Sus ojos chocaron con los míos y vi una mezcla de alivio y puro fuego.

-¡Hay que asegurar los anclajes ahora!- respondí, saltando a la zanja sin pensarlo.

Trabajamos como locos. No había espacio para el rencor, solo para la urgencia.
Pero el destino siempre ha sido un sádico con nosotros.

Un rayo iluminó el cielo y, justo después, un estruendo de tierra cediendo nos obligó a movernos. Resbalé.
El barro me traicionó y sentí que caía hacia el vacío de la pendiente.

-¡Cali!-

Antes de que pudiera gritar, unos brazos fuertes me rodearon con una violencia protectora.

Oliver me placó contra la pared de hormigón de la base, cubriendo mi cuerpo con el suyo mientras una cascada de lodo caía justo donde yo estaba hace un segundo.

El silencio que siguió solo estaba roto por el rugido de la lluvia y nuestras respiraciones agitadas. Estábamos atrapados en un espacio minúsculo, bajo el saliente del pabellón.

Su cuerpo me aplastaba contra la pared, y el calor que desprendía era un insulto comparado con el frío del agua.

-¿Estás bien?- jadeó. Su rostro estaba a milímetros del mío.

Tenía gotas de lluvia colgando de sus pestañas y el pecho le subía y bajaba con una fuerza que yo podía sentir contra mi propio pecho.

Sus manos, todavía manchadas de tierra, estaban firmemente ancladas en mi cintura, apretando con una desesperación que no tenía nada que ver con el accidente.

-Suéltame, Oliver- susurré, pero mis dedos, de forma traicionera, se aferraron a sus hombros empapados.

-No puedo- su voz bajó un octavo, volviéndose una caricia peligrosa. -Joder, Cali, he pasado semanas intentando sacarme tu olor de la cabeza y ahora estás aquí, temblando en mis brazos...-

Sus ojos bajaron a mis labios y sentí esa punzada de deseo que tanto odiaba. Era una corriente eléctrica, una adicción que creía haber superado en Londres.

El odio estaba ahí, sí, pero la pasión era un animal hambriento que se alimentaba de la lluvia y del peligro.

Él se inclinó más, rozando mi nariz con la suya. Podía sentir su pulso acelerado, igual que el mío. Era ese momento donde sabes que vas a cometer el error más grande de tu vida y, aun así, quieres lanzarte al vacío.

-Dime que me odias-murmuró contra mi boca, y su mano subió por mi espalda, quemándome a través de la ropa mojada. -Dime que no sientes esto, Cali, y te juro que me largo ahora mismo y dejo que este maldito edificio se caiga-

Me faltaba el aire. Lo odiaba por ser tan arrogante, por dejarme, por hacerme sentir pequeña. Pero en ese rincón oscuro, bajo la tormenta, solo podía sentir cómo su cuerpo reclamaba el mío con una ferocidad que me hacía flaquear las piernas.

-Te odio, Oliver- respondí, cerrando los ojos mientras mis dedos se enredaban en su pelo empapado. -Te odio más de lo que he amado nada en mi vida-

Y entonces, él acortó la distancia.
No fue un beso delicado. Fue una colisión de rabia, necesidad y meses de silencio roto.

Sabía a lluvia, a barro y a una verdad que ninguno de los dos quería admitir: podíamos construir mil ciudades lejos el uno del otro, pero siempre seríamos el terremoto del otro.

El beso fue un incendio en mitad de un diluvio. Oliver me besaba con la desesperación de un náufrago, sus manos moviéndose por mi espalda como si estuviera tratando de recordar cada curva de mi cuerpo, y yo... yo estaba perdida.

Me odiaba por responder, por devolverle el beso con la misma furia, por enredar mis manos en su pelo y tirar de él, queriendo más de ese veneno que tan bien conocía.

Sus labios eran fuego y hielo, una mezcla perfecta de todo lo que me había destruido. La espalda me ardía contra la pared fría, pero solo podía sentir la presión de su pecho contra el mío.

Era ese momento en el que el mundo desaparece, donde no hay planos, ni Londres, ni engaños. Solo quedábamos dos personas rompiéndose en pedazos.

-¡Cali! ¡Oliver! ¡¿Dónde mierda estan?!-
La voz de Lucas tronó sobre el estruendo de la lluvia como un disparo.

Me separé de Oliver de un empujón, casi perdiendo el equilibrio. La realidad me golpeó en la cara más fría que el agua de la tormenta.

Mis labios ardían, mi respiración era un desastre y el pecho me subía y bajaba violentamente. Oliver retrocedió un paso, con los ojos oscuros de deseo y la mandíbula apretada, luciendo como un hombre que acababa de ver el paraíso y el infierno al mismo tiempo.

-¡Aquí abajo!- gritó Oliver, su voz sonando ronca, forzada.

Lucas apareció por el borde de la zanja, con una linterna potente que nos cegó por un segundo. Se deslizó por el barro hasta llegar a nosotros.

Tenía la cara desencajada por la preocupación, pero en cuanto la luz barrió nuestras caras, su expresión cambió.

Lucas no era estúpido. Nos conocía demasiado bien.

La luz de la linterna pasó de mis labios hinchados al pelo revuelto de Oliver, y luego a la forma en que ambos evitábamos mirarnos.




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