CALI
La habitación del hotel olía a humedad y a la desesperación que yo intentaba quitarme de encima.
Me había quitado la ropa empapada, pero el frío no se iba. Nada se iba. El sabor de Oliver estaba tatuado en mi boca y la sensación de sus manos apretando mi cintura se sentía como una marca al rojo vivo.
Me puse una bata blanca, demasiado grande para mí, y me senté en el borde de la cama, con la mirada perdida en el ventanal donde la lluvia seguía golpeando con furia.
Entonces, llamaron a la puerta. No fue un toque suave. Fue un golpe seco, cargado de esa autoridad que solo Lucas se atrevía a usar conmigo.
-Cali, abre. Sé que estás ahí-
Cerré los ojos con fuerza. No quería esto. No hoy. Pero me levanté e igual abri.
Lucas entró como una exhalación. Estaba seco, se había cambiado de ropa, pero sus ojos estaban encendidos. Se detuvo en mitad de la habitación y se giró hacia mí. No dijo nada durante diez segundos que parecieron horas. Me analizó como si fuera uno de nuestros planos, buscando el error en la estructura.
-¿En qué estabas pensando?- su voz fue un susurro cargado de veneno y decepción.
-Fue el momento, Lucas. La adrenalina, la tormenta... casi me caigo y él...-empecé a decir, pero mi voz se quebró.
-¡No me vengas con esa mierda, Cali!- gritó, y el estruendo fue más fuerte que los truenos de fuera. -Te vi la cara. Te vi los labios. No te estaba salvando la vida, te estaba reclamando. Y tú... joder, Cali, tú lo estabas dejando entrar otra vez-
-¡Tú no lo entiendes!- le grité de vuelta, sintiendo cómo las lágrimas empezaban a quemar mis mejillas. -No sabes lo que es sentir que tu mundo se desmorona y que la única persona que puede sostenerte es la misma que te rompió. Es como una adicción, Lucas. Es un incendio que no puedo apagar por mucho que lo intente.
Lucas dio un paso hacia mí, y esta vez no era el amigo dulce de siempre. Era el hombre que me había recogido del suelo en Madrid cuando yo no era más que cenizas.
-Te recogí pieza por pieza- dijo, y su voz tembló de pura rabia. -Te vi llorar hasta que no te quedaron lágrimas. Te ayudé a construir ese imperio que tienes en Londres para que ahora, en una zanja llena de barro, le permitas volver a tratarte como si fueras suya. ¡No eres suya, Cali! ¡Eres tuya!-
-¡Lo sé!- sollocé, cubriéndome la cara con las manos. -¡Lo sé mejor que nadie! Pero cuando me toca... es como si todos los edificios que he construido se volvieran de cristal y estallaran. No puedo controlarlo.
Lucas se acercó y me tomó por los hombros, obligándome a mirarlo. Su mirada era una mezcla de dolor y una protección feroz.
-Él no te quiere, Cali. Él quiere ganar. Él quiere demostrar que sigue siendo el arquitecto de tu vida. ¿Es eso lo que quieres? ¿Volver a ser la sombra de Oliver Vega? Porque si es así, dímelo ahora y me largo. Deja de jugar a dos bandas con Julian y con tu dignidad-
-Julian no tiene nada que ver en esto- susurré, sintiendo una punzada de culpa.
-Julian es el hombre que te respeta. Oliver es el hombre que te consume- Lucas me soltó como si mi contacto le quemara. -Mañana terminamos la obra. Firmamos los papeles y te vas de vuelta a Londres. Y si lo vuelves a ver, si vuelves a dejar que te toque de esa forma... entonces habrás perdido todo lo que logramos-
Se dirigió a la puerta, pero antes de salir, se giró. Sus ojos ya no tenían fuego, solo una tristeza profunda.
-Casi te pierdes una vez, Cali. No dejes que él sea la razón por la que te pierdas del todo esta vez. Porque no sé si tendré fuerzas para volver a reconstruirte-
La puerta se cerró con un estruendo sordo y yo me desplomé en el suelo, llorando en silencio mientras el sabor a lluvia, barro y Oliver seguía quemándome por dentro.
Había ganado la batalla contra la tormenta, pero acababa de perder la guerra contra mí misma.
Me había quedado helada bajo el chorro de agua de la ducha durante veinte minutos, intentando arrancar el rastro de Oliver de mi piel, pero era inútil. Sus manos seguían marcadas en mi cintura y el sabor de su beso bajo la lluvia parecía haberse filtrado en mis poros.
Salí del baño con una bata de seda negra, el pelo húmedo goteando sobre mis hombros.
La habitación estaba en penumbra, solo iluminada por los relámpagos que seguían cruzando el cielo. Me acerqué al ventanal para cerrar las cortinas, pero un ruido en el balcón me detuvo.
Una silueta empapada se materializó tras el cristal. Era él. Oliver. Entró en la habitación antes de que yo pudiera reaccionar, trayendo consigo el olor a lluvia y ese magnetismo salvaje que siempre lo precedía.
Tenía la camisa blanca pegada al cuerpo, desabrochada por arriba, y los ojos... joder, sus ojos eran dos pozos de pura necesidad.
-¿Te has vuelto loco?- susurré, aunque mi voz me traicionó y salió ronca, temblorosa. -Es un tercer piso, Oliver. Podrías haberte matado-
-Ya estoy muerto, Cali- dijo él, dando un paso hacia mí, dejando un rastro de agua sobre la alfombra. -Llevo muerto desde que te vi en Londres con ese imbécil. Llevo muerto desde que te fuiste sin mirar atrás-
-Vete de aquí- dije, aunque no me moví. Mis pies estaban clavados al suelo. -Lucas tiene razón, tú solo quieres ganar. Esto es solo un juego para ti-
Él soltó una carcajada seca y me acorraló contra la pared antes de que pudiera parpadear.
Apoyó las manos a ambos lados de mi cabeza, encerrándome. El calor que desprendía su cuerpo empapado chocaba con el frío de mi piel, creando una neblina de deseo asfixiante.
-¿Crees que esto es un juego?- me susurró al oído, y su aliento caliente me quemó. -¿Crees que he subido hasta aquí para ganar? He subido porque no puedo respirar si no estás en la misma habitación que yo. He subido porque ese beso en el barro me ha recordado que, por mucho que finjas con Julian, sigues siendo fuego cuando yo te toco-
-No soy tuya, Oliver- jadeé, intentando apartarlo, pero mis manos se hundieron en su pecho húmedo, sintiendo el latido desbocado de su corazón.