El Efecto Oliver

29. EL ERROR

CALI
El amanecer entró en la habitación con una luz gris y despiadada, de esas que no perdonan los errores de la noche anterior.

Me desperté con el peso del brazo de Oliver sobre mi cintura y, por un segundo, mi cuerpo intentó recordar la paz de hace años. Pero entonces la realidad me golpeó como un bloque de hormigón: me había acostado con el hombre que me destruyó, en la finca que él mismo casi deja caer por su arrogancia.

Me zafé de su agarre con cuidado, pero él ya estaba despierto. Se incorporó en la cama, con el torso desnudo y el pelo revuelto, mirándome con una vulnerabilidad que nunca le había visto.
En sus ojos había un brillo de esperanza que me revolvió el estómago.

-Cali…-susurró, y su voz sonaba a hogar, a promesas, a todo lo que yo había intentado borrar en Londres.

-No digas ni una palabra- le corté, levantándome y envolviéndome en la bata negra. Mis manos temblaban mientras anudaba el cinturón. -Lo de anoche fue un error. Un error de cálculo, un cortocircuito. Nada más-

La luz en sus ojos se apagó de golpe, reemplazada por una sombra de dolor puro.

-No te atrevas a decir eso- dijo, levantándose también. Se acercó a mí, y aunque mi cuerpo pedía a gritos volver a tocarlo, mi mente levantó un muro de acero- No fue un error. Fue lo más real que nos ha pasado en meses. Sentí cómo te entregabas, Cali. Sentí que volvías a ser mía-

-Ahí está- solté una risa amarga, sintiendo cómo la rabia me devolvía las fuerzas. -"Mía". Sigues pensando que soy una propiedad, Oliver. Sigues creyendo que el sexo es un contrato de exclusividad que me encadena a ti-

-¡Sabes que no es eso!- exclamó, y su voz se quebró de una forma que nunca había escuchado en el perfecto Oliver Vega. -Te quiero. Joder, te quiero tanto que no sé quién soy si no estás tú para equilibrarme. Vuelve conmigo. Olvida Londres, olvida a Julian. Podemos reconstruirlo todo. Esta vez lo haré bien, te lo juro, Cali-

Me acerqué a él, pero no con amor, sino con la frialdad de quien está a punto de demoler un edificio en ruinas.

-¿Y qué construiríamos, Oliver? ¿Otra jaula de oro? ¿Otro pedestal donde yo solo existo para que tú te sientas más alto? No voy a dejar mi vida en Londres. No voy a dejar a Julian, que me dio la mano cuando tú me soltaste. Y lo más importante: no voy a dejar de ser yo para volver a ser tu sombra-

Él bajó la mirada, y vi cómo sus hombros se hundían. Estaba roto.

No era el arquitecto arrogante de la sala de juntas; era un hombre dándose cuenta de que su mayor obra maestra se le había escapado de las manos para siempre.

-¿Entonces anoche no significó nada para ti?- preguntó en un susurro apenas audible.

-Significó que todavía hay brasas en el incendio, Oliver- respondí, y me dolió el alma al decirlo, -pero las brasas no sirven para construir un hogar. Solo sirven para quemarse. Y yo ya me he quemado bastante contigo-

Me giré hacia la ventana, dándole la espalda para que no viera que mis ojos también estaban llenos de lágrimas.

El silencio se prolongó durante lo que pareció una eternidad, hasta que escuché el sonido de su ropa al vestirse. Cada roce de la tela era una puñalada.

Escuché sus pasos hacia el balcón. Se detuvo un segundo antes de salir.

-Me voy, Cali- dijo, y su voz sonaba muerta. -Tienes razón. Tus cimientos ya no me necesitan. Pero recuerda que, aunque construyas rascacielos que toquen las nubes, siempre habrá un pedazo de ti que pertenece al barro donde nos besamos anoche-

No respondí. No pude. Escuché cómo saltaba al balcón y se perdía en la mañana gris.

Cuando finalmente me giré, la habitación estaba vacía. Solo quedaban las sábanas revueltas y el olor de su perfume mezclado con el mío.

Me desplomé en el suelo, abrazándome las rodillas. Había ganado. Había mantenido mi postura, había defendido mi libertad y lo había echado de mi vida.

Pero mientras veía la lluvia caer tras el cristal, me sentí más sola y más rota que nunca.

Oliver se había ido, llevándose consigo la última pieza de mi pasado. Y aunque mi estructura era ahora indestructible, el interior se sentía dolorosamente frío.

***

El regreso a Londres fue un viaje entre nubes de culpa y el sabor persistente de una traición a mí misma.

El aeropuerto de Heathrow me recibió con su habitual caos metálico y un aire gélido que intentó, sin éxito, limpiar el rastro de Oliver de mi sistema.

Crucé la puerta de mi apartamento en Chelsea y solté las maletas como si pesaran toneladas. El silencio me envolvió, pero ya no era ese silencio de paz que tanto me había costado construir; era un vacío ensordecedor que me recordaba lo que había dejado atrás en aquella habitación de hotel.

Había echado a Oliver, lo había destrozado con mis palabras, pero una parte de mí se había quedado allí, tirada en esas sábanas revueltas.

-Si las miradas mataran, tú estarías ahora mismo en un ataúd de diseño, darling-

La voz de Julian me hizo dar un respingo.
Estaba sentado en mi sofá de terciopelo, con una copa de vino en la mano y esa mirada de rayos X que atravesaba cualquier armadura que yo intentara ponerme.

-Julian…- mi voz salió como un hilo quebrado.

Él se levantó, dejando la copa en la mesa, y caminó hacia mí. No necesitó que dijera nada. Me analizó la cara, el cansancio en mis ojos, la rigidez de mis hombros. Julian no era solo mi mejor amigo; era el arquitecto de mi cordura en Londres, y ahora mismo, yo parecía un edificio a punto de ser demolido.

-¿Lo has visto, verdad?- preguntó, y su tono no era de juicio, sino de esa cruda honestidad que tanto me dolía. -Y no solo lo has visto. Te has dejado quemar por él otra vez-

Me derrumbé. Julian me rodeó con sus brazos y yo enterré la cara en su hombro, soltando un sollozo que llevaba horas atragantado en mi garganta.

-Soy idiota, Julian. Soy una estúpida. Me fui a Londres para ser libre y en cuanto me tocó, volví a ser la misma chica indefensa de Madrid-




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