CALI
Llegué a Westminster & Partners sintiéndome, por primera vez en semanas, como la mujer que quería ser.
Llevaba un traje de sastre gris oscuro, unos tacones que resonaban contra el mármol del vestíbulo con la precisión de un reloj suizo y el pelo recogido en una coleta tirante. Estaba lista para enterrar el barro, la lluvia y el sudor de Oliver Vega bajo una montaña de planos y licitaciones.
-Cali, Sir Alistair te espera en la sala de juntas- me dijo la secretaria con una voz extrañamente tensa. -Ha habido un cambio de última hora en el proyecto de Dubai-
Fruncí el ceño. Julian me alcanzó en el pasillo, ajustándose el nudo de la corbata con un nerviosismo que nunca le había visto. Sus ojos se cruzaron con los míos y vi una advertencia silenciosa.
-No entres ahí con la guardia baja, darling- susurró Julian apenas moviendo los labios. -El tiburón ha cruzado el canal.
Sentí un escalofrío que me recorrió la columna, pero lo ignoré.
Empujé las puertas de cristal esmerilado de la sala de juntas. Sir Alistair estaba al fondo, junto al ventanal que daba al Támesis, pero mi atención se clavó en la silla principal de la mesa de nogal.
La silla giró lentamente.
Ahí estaba él.
Oliver no llevaba el traje arrugado de la finca ni el pelo mojado por la lluvia. Vestía un traje de tres piezas hecho a medida, impecable, negro como su alma. Tenía las manos entrelazadas sobre la mesa y una expresión de frialdad absoluta que me hizo flaquear las piernas por un segundo.
Ya no quedaba ni rastro del hombre roto que me había suplicado en el hotel. Había vuelto el monstruo. El arquitecto que no aceptaba un "no" por respuesta.
-Llegas tarde, ingeniera Vega- dijo su voz, esa voz que todavía me provocaba un incendio interno de odio y deseo. -O debería decirle... socia-
-¿Qué significa esto?- pregunté, mirando a Sir Alistair, ignorando deliberadamente a Oliver.
-Cali, querida- dijo Sir Alistair con cierta incomodidad, -la firma Vega & Asociados ha comprado el treinta por ciento de nuestras acciones. A partir de hoy, Oliver supervisará personalmente el desarrollo de los proyectos internacionales. Incluido el tuyo-
El mundo se inclinó. Oliver se levantó lentamente, rodeando la mesa con una elegancia depredadora hasta quedarse frente a mí. El olor a su perfume —madera, cuero y ambición— invadió mis pulmones, asfixiándome.
-Me dijiste que no querías estar en mi cama, Cali- me susurró al oído, inclinándose lo suficiente para que solo yo pudiera oírlo, mientras una de sus manos rozaba "accidentalmente" la tela de mi chaqueta. -Me dijiste que Londres era tu libertad-
Se separó un par de centímetros, lo justo para clavar sus ojos oscuros en los míos.
Había una chispa de triunfo cruel en ellos, la mirada de alguien que acaba de colocar la última viga de una trampa perfecta.
-Pero te olvidaste de algo- continuó en voz alta, para que todos en la sala lo oyeran. -En este mundo, las estructuras se compran. Y yo acabo de comprar la tuya. De una forma u otra, vas a tener que mirarme a la cara todos los días, vas a tener que rendirme cuentas y vas a tener que admitir que, aunque huyas al fin del mundo, siempre estarás bajo mi mando-
Julian dio un paso adelante, apretando los puños, pero yo le puse una mano en el brazo. No podía dejar que Oliver viera que me había ganado. Respiré hondo, tragándome la bilis y el recuerdo de su cuerpo sobre el mío hace apenas cuarenta y ocho horas.
-Has comprado una silla, Oliver- respondí con una voz que, milagrosamente, no tembló, -pero no has comprado mi talento. Puedes supervisar mis planos, puedes sentarte en mis reuniones, pero cada vez que me mires, recordarás que la única razón por la que estás aquí es porque tuviste que gastar millones para conseguir cinco minutos de mi atención-
Oliver tensó la mandíbula, y por un momento, la máscara de tiburón se agrietó, dejando ver la rabia posesiva.
-Que empiece la reunión- sentenció él, sentándose de nuevo con una sonrisa gélida. -Tenemos mucho de qué hablar, ingeniera. Y te aseguro que esta vez, el diseño lo firmo yo-
Me senté frente a él, sintiendo la guerra declarada bajo la mesa. Londres ya no era mi refugio. Era el campo de batalla más peligroso de mi vida.
***
El vestido de seda color medianoche se sentía como una armadura líquida contra mi piel.
Julian me había obligado a elegirlo, insistiendo en que hoy no era una gala, sino una demostración de fuerza.
Al entrar en el Gran Hall del museo, bajo la imponente estructura del esqueleto de la ballena azul, me sentí poderosa.
A mi lado, Julian lucía impecable, y unos metros más allá, Lucas y Clara compartían risas, luciendo como la pareja estable y feliz que yo alguna vez aspiré a ser.
-Sonríe, darling- me susurró Julian al oído, dándome una copa de champán. -Eres la arquitecta del momento. No dejes que el tiburón huela tu miedo-
-No tengo miedo, Julian- mentí, sintiendo cómo mis dedos se cerraban con fuerza alrededor del cristal.
Pero entonces, el aire de la sala pareció succionarse de golpe.
Las puertas principales se abrieron y una oleada de susurros recorrió a los invitados. Me giré, esperando ver a Oliver solo, imponente y frío. Pero lo que vi fue una puñalada directa.
Oliver avanzaba por la alfombra roja, pero no venía solo. A su brazo, envuelta en un vestido rojo que gritaba pecado y arrogancia, estaba Amber.
Sentí un pitido agudo en los oídos.
Amber. La mujer que había sido el cáncer de nuestra relación en Madrid. La que siempre estaba en "reuniones de última hora" con él, la que le enviaba mensajes ambiguos a medianoche, la que finalmente fue el detonante de mi huida a Londres.
Verla aquí, en mi territorio, de la mano del hombre que hace solo unos días me juraba amor eterno en una habitación de hotel, me hizo sentir náuseas.
-Esa hija de...- escuché la voz de Lucas a mi espalda.