El Efecto Oliver

31. EL PRECIO DE LA ARROGANCIA

OLIVER
Entré en las oficinas de Westminster & Partners con la satisfacción todavía recorriéndome las venas.

El momento en el pasillo del museo había sido perfecto. Había vuelto a sentir su pulso acelerado, su respiración rota, ese estremecimiento que solo yo -y nadie más que yo- sabía provocarle. Me sentía el dueño del tablero.

Había traído a Amber para castigarla, para recordarle lo que se siente al ser desplazada, y aunque Julian hubiera bloqueado su contrato, el mensaje estaba enviado: yo tenía el poder.

Me ajusté el reloj y caminé hacia mi despacho, esperando ver a Cali cabizbaja o, al menos, evitando mi mirada. Pero cuando llegué a la planta de diseño, el ambiente no era de derrota. Era de una efervescencia eléctrica que no me gustó nada.

-¿Qué está pasando aquí?- le pregunté a una de las asistentes, que ni siquiera se molestó en mirarme porque estaba demasiado ocupada pegando planos en una pared.

-La señorita Thorne ha contratado al nuevo consultor jefe para el área técnica- respondió ella. -Dicen que es un genio-
Sentí una punzada de advertencia en la nuca.

Entré en la sala de juntas sin llamar, listo para exigir explicaciones sobre contrataciones que yo, como socio, debía supervisar. Pero mis palabras se quedaron atascadas en mi garganta.

Cali estaba allí, sentada sobre la mesa de juntas, riendo. Hacía meses que no la veía reír así, con esa luz que solía ser solo para mí. Y al lado de ella, demasiado cerca, estaba él.

-Vaya, Oliver. Qué puntual- dijo Cali, girándose hacia mí con una sonrisa gélida que me heló la sangre. Sus ojos no tenían ni rastro del temblor de la noche anterior. -Creo que ya conoces a nuestro nuevo consultor-

El hombre se levantó lentamente. Era alto, de una elegancia despreocupada que lo hacía parecer más joven y más vibrante de lo que yo me sentía en ese momento.
Se quitó las gafas y me dedicó una sonrisa cargada de un historial de odio mutuo.

Mi mandíbula se tensó hasta que me dolieron los dientes. Leo Valente. El único arquitecto en España que había osado hacerme sombra, el hombre que me robó el contrato de la Terminal de Valencia y al que yo me encargué de hundir socialmente en Madrid.

-Vega- dijo Leo, extendiendo una mano que no pensaba tocar. -He oído que has tenido que comprar medio Londres para que te dejen entrar en una oficina. Qué desesperado-

-¿Qué hace este hombre aquí, Cali?- mi voz salió como un rugido contenido, ignorando a Leo por completo.

Me acerqué a ella, invadiendo su espacio, queriendo borrar con mi presencia la cercanía de ese tipo.

-Leo es el nuevo director de viabilidad técnica- respondió ella, levantándose de la mesa con una lentitud insultante. Se colocó justo al lado de él, y vi cómo la mano de Leo rozaba posesivamente su hombro. -Necesitaba a alguien que supiera construir estructuras, no solo castillos en el aire o trampas emocionales. Y Leo es el mejor-

-Es un incompetente y un traidor- espeté, sintiendo que el control se me escapaba de las manos como arena. -No voy a permitir que este tipo toque mis proyectos-

-Ya no son tus proyectos, Oliver. Son nuestros- sentenció Cali.

Se acercó a mí, lo suficiente para que pudiera oler su perfume, pero esta vez no había deseo en su mirada, solo un triunfo helado

-Y por cierto, le he asignado el despacho que está justo al lado del tuyo. El que tiene la pared de cristal. Para que puedas ver cómo se trabaja de verdad-

Leo soltó una carcajada suave y le puso una mano en la cintura a Cali para guiarla hacia la salida.

-Vamos, Cali. Tenemos esa cena pendiente para celebrar mi llegada. Conozco un lugar en el Soho que te encantará-

-Me parece un plan perfecto, Leo- respondió ella sin mirar atrás.

Me quedé solo en la sala de juntas, con los puños tan apretados que las uñas se me clavaban en las palmas.

Los celos eran un ácido que me quemaba las entrañas. La imagen de las manos de Leo sobre ella, de su risa dedicada a él, me estaba volviendo loco.

El momento de poder que tuve en la gala se había transformado en cenizas.
Cali no estaba sufriendo. Me estaba devolviendo el golpe con la persona que más odiaba. Había metido al enemigo en mi casa y me obligaba a mirar.

-Esto no ha terminado, Cali- susurré para el vacío, mientras veía a través del cristal cómo Leo la ayudaba a ponerse el abrigo. -Si crees que voy a ver cómo él te toca sin quemar esta ciudad entera, es que no me conoces en absoluto-

***

La nieve golpeaba los cristales de la oficina con una saña silenciosa, bloqueando las calles de Londres y dejándonos aislados en esta pecera de lujo.

Pero el frío de fuera no era nada comparado con el hielo que recorría mis venas cada vez que veía a Leo acercarse a Cali.

Llevábamos seis horas encerrados. Seis horas en las que Leo no había dejado de pavonearse, de inclinarse sobre el escritorio de Cali para "revisar un detalle", rozando su brazo con una familiaridad que me hacía querer arrancarle la cabeza.

Cada vez que él soltaba un comentario sobre lo bien que le sentaba a ella el aire de Londres, yo sentía que la mandíbula se me iba a romper de tanto apretarla.

-Voy por café. ¿Cali, quieres el de siempre?- preguntó Leo, dedicándole una mirada cargada de una complicidad que me resultó insoportable.

-Sí, Leo. Gracias- respondió ella con una suavidad que me dolió más que un puñetazo.

En cuanto la puerta de cristal se cerró tras él, el silencio en la oficina se volvió denso, cargado de una electricidad estática que hacía que el vello de mis brazos se erizara.

Cali ni siquiera me miró; siguió anotando algo en su cuaderno, ignorándome como si yo fuera parte del mobiliario.

No aguanté más.

Caminé hacia ella y, antes de que pudiera reaccionar, la tomé del brazo y la empujé contra la gran cristalera del despacho.
El cristal estaba helado, pero el cuerpo de Cali bajo mis manos era puro fuego.




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