El Efecto Oliver

32. DUBAI

CALI
El aire en el desierto de Dubai no era como el de Londres; aquí el calor era una masa sólida que te golpeaba los pulmones, cargada de arena y de una tensión que amenazaba con hacernos saltar por los aires antes que la propia estructura que veníamos a inspeccionar.

Una falla en los cimientos del sector C nos había obligado a un viaje de emergencia.

Estábamos en un refugio provisional, una estructura prefabricada de metal y cristal en medio de la nada, rodeados por una tormenta de arena que rugía fuera como una bestia hambrienta.

Dentro, el ambiente era aún más peligroso.

-No entiendo qué haces aquí, Valente- espetó Oliver, tirando su casco sobre la mesa de planos con una violencia que hizo vibrar las paredes. -Este es un problema de diseño. Es mi terreno. Tú solo eres el que cuenta los tornillos-

Leo soltó una risa seca, recostándose contra el marco de la puerta con esa calma que sabía que sacaba a Oliver de sus casillas.

Tenía la camisa desabrochada por el calor y el sudor le brillaba en la frente.

-Vine porque Cali me lo pidió, Vega. Parece que ya no confía en que tus "cimientos" se mantengan en pie sin que alguien supervise que no se desmoronen. Como tu vida personal, ¿no?-

Vi cómo la mandíbula de Oliver se tensaba hasta el límite. Dio un paso hacia Leo, invadiendo su espacio. Eran dos depredadores en una jaula demasiado pequeña.

-Cali no te pidió nada- siseó Oliver. -Viniste porque no soportas que ella y yo estemos solos a kilómetros de la civilización. Tienes miedo de que en cuanto te des la vuelta, ella recuerde quién es el hombre que realmente la hace temblar-

-¡Basta los dos!- grité, golpeando la mesa. Pero no me escucharon.

Estaban perdidos en una espiral de testosterona y odio acumulado.

-¿Hacerla temblar?- Leo dio un paso adelante, quedando a milímetros del rostro de Oliver. -Lo único que haces es asfixiarla. El beso del otro día en la oficina... ella me lo contó, Oliver. Me contó cómo te dejó con las ganas. Me contó que ya no eres nada para ella-

El silencio que siguió fue atronador. Oliver se quedó petrificado, y por un segundo vi el dolor puro cruzar sus ojos antes de que la furia lo borrara todo.

-Mientes- susurró Oliver.

-Pregúntale a ella- desafió Leo con una sonrisa cruel.

No hubo aviso. Oliver lanzó el primer puñetazo, un golpe seco que impactó en la mandíbula de Leo.

Leo no se quedó atrás; se abalanzó sobre él y ambos terminaron en el suelo, golpeándose con una saña ciega, derribando sillas y planos. El sonido de los nudillos contra la carne me revolvió el estómago.

-¡Paren! ¡Se van a matar!- me acerqué intentando separarlos, pero Oliver me apartó de un empujo.

Finalmente, Leo logró zafarse y le propinó un golpe en el estómago que dejó a Oliver de rodillas, jadeando.
Me interpuse entre los dos, empujando a Leo hacia atrás.

-¡Fuera! ¡Vete a la otra unidad, Leo! ¡Ahora mismo!- le ordené con una autoridad que no admitía réplicas.

Leo me miró, con el labio partido y la respiración agitada, asintió y salió al pasillo exterior, desapareciendo en la penumbra.

Me giré hacia Oliver. Estaba en el suelo, con el pelo revuelto, un corte en la ceja y la camisa rota. Parecía un rey caído en su propio desierto.

Me acerqué y me arrodillé frente a él, tomando su rostro entre mis manos para limpiar la sangre.

-Eres un idiota- susurré, con las manos temblándome. -Un absoluto idiota-

Él me agarró las muñecas con fuerza, clavando sus ojos oscuros en los míos. Estaban llenos de lágrimas contenidas y de una rabia desesperada.

-¿Es verdad?- preguntó con la voz rota. -¿Es verdad que no sientes nada cuando te toco? ¿Que ese beso solo fue una forma de humillarme?-

Intenté apartar la mirada, pero él no me dejó.

Estábamos tan cerca que el calor de nuestros cuerpos se fundía con el bochorno del desierto.

-Te odio, Oliver- dije, y mi voz salió como un desgarro. -Te odio por lo que me hiciste en Madrid, te odio por venir a Londres, te odio por seguir sabiendo exactamente qué hacer para destruirme-

-Entonces mírame a los ojos y dime que me has olvidado- me retó, acercándose más, su aliento mezclándose con el mío. -Dime que el odio no es lo único que te mantiene conectada a mí-

-No puedo olvidarte- confesé, y sentí que las paredes de mi resistencia se derrumbaban. -El odio es la única forma que tengo de no volver a amarte, Oliver. Es mi única defensa. Si dejo de odiarte un solo segundo... estoy perdida-

Sus manos soltaron mis muñecas para enredarse en mi nuca, tirando de mí hacia él.

Me besó con una urgencia que sabía a sangre, a sudor y a una verdad dolorosa que ninguno de los dos quería admitir.

En medio de la tormenta de arena, atrapados en una estructura que amenazaba con caerse, me di cuenta de que mi libertad en Londres era una ilusión.
Seguía encadenada a él, no por sus contratos ni por sus acciones, sino por un incendio que ninguna distancia había logrado apagar.

El sol de Dubai se filtraba por las rendijas del refugio como cuchillas de luz.

Me dolía todo el cuerpo, pero lo que más me pesaba era el vacío en el pecho tras la confesión de anoche.

Me puse la camisa con las manos temblorosas mientras veía a Oliver dormir; por un segundo, su rostro golpeado parecía el de aquel chico del que me enamoré en el observatorio de la universidad, antes de que la ambición lo pudriera todo.

Salí al área común buscando aire, pero lo que encontré fue a Leo.

Estaba de pie junto a la cristalera, observando cómo la arena se asentaba tras la tormenta.

Al oírme, se giró. Su labio estaba partido y tenía un hematoma oscuro en el pómulo, pero sus ojos... sus ojos no tenían ni rastro de la calidez que me había mostrado en Londres. Eran fríos, calculadores. Eran los ojos de un hombre que ha venido a cobrar una deuda.

-Así que al final, el odio era solo una máscara para el deseo- dijo Leo, y su voz sonó como el roce de dos piedras. -¿Valió la pena, Cali? ¿Valió la pena romper tu estructura por una noche con el hombre que te destrozó?-




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