El Efecto Oliver

33. EL DERRUMBE

OLIVER
Desperté con el sabor de su piel todavía en mis labios y una sensación de triunfo que no me cabía en el pecho.

Al verla dormir, creí que finalmente lo había logrado.

Había hackeado el sistema, sí; había forzado este viaje, cierto; pero el resultado había sido lo mejor de todo.

Sus gemidos, su confesión, ese "odio" que no era más que amor desesperado... Todo me decía que Cali volvía a ser mía.

Salí del cubículo con una sonrisa, listo para enfrentar a Leo y echarlo de mi vista para siempre. Pero cuando llegué al área común, la escena que encontré me detuvo en seco.

Cali estaba de pie frente a Leo. Él le hablaba en susurros, con una frialdad que me puso alerta. Cuando me vieron, Leo sonrió. Era la sonrisa de alguien que acaba de colocar la última carga de dinamita en los cimientos de un edificio.
-¿Qué está pasando aquí?- pregunté, mi voz resonando con una autoridad que, por primera vez, se sentía frágil.

Leo me miró con una piedad insultante, recogió su tablet y se encaminó a la salida.

-Te lo dije, Vega. Los castillos en el aire siempre terminan cayendo. Te dejo con tu socia-

Cuando la puerta se cerró, me acerqué a Cali. Quise tocarla, quise reclamar lo que creía que habíamos recuperado anoche, pero ella se apartó como si mi contacto la quemara.

-Oliver, no me toques- dijo. Su voz no era la de la mujer que me había besado con hambre bajo la tormenta. Era una voz metálica, vacía.

-¿Qué te ha dicho ese imbécil?- espeté, sintiendo un nudo de ansiedad apretándome la garganta. -Cali, lo de anoche... fue de verdad. Lo sentiste-

Ella soltó una carcajada seca, un sonido que me desgarró las entrañas.

Se giró hacia mí y, por primera vez en años, no vi ni un rastro de duda en sus ojos. Solo una determinación gélida.

-Lo de anoche fue una herramienta, Oliver- soltó ella. Cada palabra era un ladrillo cayendo sobre mi cabeza. -Leo tiene las pruebas de que manipulaste los datos. Sabía que ibas a jugar sucio para traerme aquí, así que simplemente seguí el juego-

-¿De qué estás hablando?-mi voz tembló. No podía ser.

-Necesitaba que bajaras la guardia. Necesitaba que te sintieras tan seguro, tan "dueño" de la situación, que no te dieras cuenta de que mientras tú me besabas, yo estaba descargando los registros de acceso de tu servidor desde tu propio teléfono-

Me llevé la mano al bolsillo. Mi teléfono no estaba.

-Lo que pasó en esa cama...- continuó ella, acercándose a mí con una crueldad que nunca imaginé que poseyera, -fue solo el precio que tuve que pagar para asegurarme de que nunca vuelvas a molestarme. Te usé, Oliver. Usé ese ego tuyo que te hace creer que soy incapaz de resistirme a ti para conseguir lo que necesitaba para hundirte-

-Mientes- susurré, sintiendo que el aire se volvía irrespirable. -Dijiste que me odiabas porque no podías dejar de amarme-

-Dije lo que necesitabas oír para que te quedaras dormido y satisfecho- me espetó, y vi cómo se colocaba un anillo de compromiso en el dedo. -He aceptado el trato de Leo. Nos vamos a Londres, nos vamos a casar y vamos a fusionar las firmas. Y tú... tú vas a desaparecer-

-¡Cali, por Dios! ¡Él no te quiere! ¡Te está usando para vengarse de mí!- le grité, dando un paso hacia ella, pero ella levantó la mano, deteniéndome.

-Él me ofrece respeto y poder. Tú solo me ofreces una jaula hecha de recuerdos y manipulaciones. Me voy con él, Oliver. No porque lo ame, sino porque estar con él es la única forma de asegurarme de que tú pases el resto de tu vida viendo desde lejos cómo triunfo en el lugar que tú mismo me ayudaste a construir-

Se dio la vuelta y caminó hacia la salida sin mirar atrás.

Me quedé allí, de pie en medio del desierto, rodeado de planos que ya no valían nada y de un silencio que me pesaba como el plomo.

La vi subir al transporte con Leo. Vi cómo él le rodeaba los hombros con el brazo y cómo ella, por un segundo, miraba hacia el refugio antes de subir.

No hubo adiós. Solo el rugido de los motores y una nube de arena que me cegó.

Me dejé caer en el suelo, golpeando el metal con los puños hasta que mis nudillos sangraron.

Había perdido. No solo el contrato, no solo la firma. Había perdido la única parte de mí que todavía era humana.

Me había humillado, me había mentido y me había usado de la misma forma en que yo lo hice una vez.

Cali no era la víctima de mi diseño. Ella era la arquitecta que acababa de demoler mi vida entera, y yo me quedaba allí, entre los escombros, sabiendo que tenía razón: ella ya no sentía nada. Y eso era mucho peor que su odio.

***

Regresar a Londres fue como caminar hacia mi propio funeral.

El frío de la ciudad se me colaba bajo la piel, pero no era nada comparado con el vacío que sentía en el pecho.

No había ido a la oficina. No podía.

La imagen de Cali subiendo a aquel transporte con Leo se repetía en mi mente como una cinta de video rayada, torturándome en cada parpadeo.

Fui directamente a su apartamento. Tenía que verla. Tenía que suplicar, o gritar, o morir allí mismo, pero necesitaba saber que no todo lo de anoche había sido una mentira.

Cuando llegué, la puerta estaba entornada. Entré sin llamar, con el corazón martilleando contra mis costillas.

Pero no fue su perfume el que me recibió, sino el olor a café cargado y el silencio de una casa que se sentía extrañamente vacía.

En el salón, sentado en el sofá con una elegancia que me resultó irritante incluso en mi estado, estaba Julian.

-Llegas tarde, Oliver- dijo sin levantar la vista del libro que tenía entre las manos. Su voz era tranquila, desprovista de la animosidad que esperaba. Era algo peor: era lástima.

-¿Dónde está?- mi voz salió ronca, quebrada.

Me veía demacrado, con la misma ropa de Dubai y la herida de la ceja apenas cerrada.

Julian cerró el libro y se levantó lentamente. Me escaneó de arriba abajo, y por un segundo, vi un destello de desprecio en sus ojos.




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